A esta desconocida la he llamado Priscila, para que aunque sea tenga un nombre en estas líneas.
Se ha levantado del asiento con el objetivo de bajar y debido a su corto short ha dejado en la silla plástica la marca sudorosa de sus piernas, muy coqueta ella desde la puerta del transporte colectivo quizá ignora lo mojado de sus nalgas o pretende no darle importancia.
Mientras tanto Joaquín, que sale de mi (de mi ser más retorcido) mientras todavía esta fresca la huella de sensualidad, se dirige a la silla, acerca su rostro lo más posible y cerrando los ojos se regocija al oler profundamente el resbaladizo sudor que en el asiento dibuja una figura femenina que por cierto, ya ha bajado del camión y se dirige con paso seguro hacia su destino.
Joaquín juguetea con sus dedos sobre el mojado asiento.
El camión va casi vacío y quizá por eso la gente ignora estos hechos como si fueran sólo fantasmas que respiran las ajenas presencias de otros.
Son las 3 de la tarde y a pesar de que el aire ha secado casi por completo los mojados trazos de la cadera de Priscila, Joaquín dispone a hacer suyos los restos de humedad, tratando de alinear cómodamente su trasero sobre las sutiles líneas de salitre que desaparecen al compás de una mujer a lo lejos.
Comprendo estos hechos, mi silla esta caliente, 35 o 40º de temperatura hace que a cualquiera le suden sus partes, así que es mi turno de bajar no sin antes cerciorarme no haya evidencia, rastros de mi existencia en la Ruta.
Laura Alicia Fernández Cruz