Archive for the ‘Guillermo Meléndez’ Category

Donnona barbuta

July 9, 2008

Una mujer se rasura y yo observo.

En el charco que usa como espejo llora

y me hace pensar que el agua no es llovizna cautiva

sino lágrimas de una estrella que perdió su trabajo.

 

Cae la rizada barba y la piel muestra

un azul radiante que pide las caricias.

El filo de la navaja me da miedo,

un miedo que descubren las ranas

porque croan un arrullo sin calmarme

sin suspender el temblor que me recorre

como vivo vestigio de mi infancia.

 

Ella dice –no iré más a la carpa.

No iré más a la carpa– repite

con gorjeo de canario que le cortan las alas

y le abren la jaula hacia una libertad inexistente.

 

El miedo cabalga por mi sangre

hace sudor mis manos

me crece la nariz y las orejas

emite una voz ronca que desde adentro grita

-Pinochio, Pinochio é oscura

la tua pancia di briaco-.

 

Ella se abraza a un olmo

después orina un tronco y al sacudirse dice

-la última gota siempre queda en la trusa–

y marcha cabizbaja con paso de elefanta huérfana

sin importarle que un gnomo como yo

descubra su secreto.

 

Me deja boquiabierto

con mi asombro por lo grotesco roto

y quedo como testigo idiota

de la ronda fraterna del miedo y el engaño, de la

broma

y mi sed que reclama un barril de cerveza

 

Fratelli siamesi

July 9, 2008

Nos liga la misma carne

y este tiempo

de faros que fulminan las palomas.

Unidos cruzamos ya el otoño

odiándonos hasta en el sueño

y lo único que logra congeniarnos

es una jarra de cerveza.

Cascodeoro –es nuestro nombre

pero en lugar de yelmo

cubre nuestra cabeza una melena lacia

más risible

que la bacía que usa Don Quijote.

-Señor Meléndez– dice uno

-eres carcoma burocrática

el 13 77 63 con quince años de reseñar

intrigas de lo sótanos.

-Licenciado Guillermo– continúa

-tus compañeros de escuela

cambiaron a Montesquieu por parabólicas,

viven en residencias propias,

tienen hijos y tú a medianoche

te aturdes con el crujido de la hojas

y en lugar del beso de la esposa

lenguetea tu mejilla un perro dócil.

-Pigmeo– responde el otro

-escribir no quita lo pendejo,

eres a veces una erinia o un sátiro

que discute como sofista loco

con la muerte, la luna o el espejo,

lloras y pides a Spinoza

que pula consternado tus lágrimas,

ríes con el gesto despectivo

de un borracho elogiado por Alceo-.

Yo soy Tú, Tú eres Yo,

musgo y muro, sombra y viajero

humedecidos por la misma copa.

Urge la cirugía que nos divorcie,

el filo que dé fin a esta contienda

del que busca en el eco la evidencia

y el que acude puntual cada mañana

a guardar el recelo entre gavetas.

-Escribe tus himnos a las piedras-.

-Haz tu informe, baboso-.

Guillermo Meléndez