Una mujer se rasura y yo observo.
En el charco que usa como espejo llora
y me hace pensar que el agua no es llovizna cautiva
sino lágrimas de una estrella que perdió su trabajo.
Cae la rizada barba y la piel muestra
un azul radiante que pide las caricias.
El filo de la navaja me da miedo,
un miedo que descubren las ranas
porque croan un arrullo sin calmarme
sin suspender el temblor que me recorre
como vivo vestigio de mi infancia.
Ella dice –no iré más a la carpa.
No iré más a la carpa– repite
con gorjeo de canario que le cortan las alas
y le abren la jaula hacia una libertad inexistente.
El miedo cabalga por mi sangre
hace sudor mis manos
me crece la nariz y las orejas
emite una voz ronca que desde adentro grita
-Pinochio, Pinochio é oscura
la tua pancia di briaco-.
Ella se abraza a un olmo
después orina un tronco y al sacudirse dice
-la última gota siempre queda en la trusa–
y marcha cabizbaja con paso de elefanta huérfana
sin importarle que un gnomo como yo
descubra su secreto.
Me deja boquiabierto
con mi asombro por lo grotesco roto
y quedo como testigo idiota
de la ronda fraterna del miedo y el engaño, de la
broma
y mi sed que reclama un barril de cerveza