A dos manos

—Dime una cosa: de poder hacerlo, ¿Crees que me estarías cogiendo ahora?

—¿Tú crees que no? Uy, mija… si te tuviera aqui un lado, no sabes las cosas que te estaría haciendo.

—No, no lo sé.

—No lo sabes.

—No. Pero si me lo dices lo sabría.

—¿Ah, si?

—Sí. A ver, dime… dime cómo me estarías cogiendo.

—Bueno, la cosa no sería tan sencilla como cogerte y ya, mi vida.

—¿No?

—No. Con ese culito que te cargas. ¡Ay! no sabes las ganas que le traigo a ese culito tuyo. A ese culito redondo, a ese culito amplio y apetecible.

—A ver, dime más…

—”Más” será lo que me pidas cuando llegue a media noche y te encuentre dormida entre las sábanas y te despierte de un soplido caliente entre las nalgas.

—Más…

—Más será lo que grites cuando lentamente recorra tu espalda desnuda con mi manos rasposas. Te encontraré dormida y bocabajo, desnuda, como duermes en verano. Sin que lo notes, retiraré despacio la sábana de seda que te cubre y aguardaré un minuto para contemplar el zurco que te une desde la nuca hasta las nalgas.

—Más…

Fingirás dormir, porque tu sueño ligero te despierta al menor silencio, cuando mi lengua te susurre que he llegado. Con una gota de saliva en la lengua humedezco tu lóbulo derecho y un ligero crujidito me confirma que aceptas mi presencia. De nuevo humedezco mi lengua para recorrerte la nuca, y bajar por tu espalda, despacio, lento, mientras uno de mis dedos se zambulle entre tus piernas, buscando el origen del calor que humedece el cuarto entero. Tu sigues inmóvil, y yo compruebo la humedad que sé que me esperaba desde hace horas.

—Más.

Apoyo mis manos en tus hombros y los presiono, frotando suavemente, buscando relajarte para el momento en que quieras recibirme. Froto, empujo, froto de nuevo tus hombros, tu espalda y tu sigues bocabajo, aumentando el ritmo de tu respiración. Intentas voltearte y no te lo permito. Así te quiero, le susurro a tus nalgas, mientras con la nariz separo tus piernas, saciando mi sed de ti en tu entrepierna.

—Más.

La humedad de mi lengua bebe de tus labios dilatados. Quieres girar y verme de frente. Quieres que te bese, que te frote los senos y yo me niego a ceder la posición. Otro poquito, te susurro caliente mientras tus piernas se tensan al roce de mi cuerpo. De nuevo mis manos recorren tu espalda y te tomo de la cadera, apretando con fuerza. Tiro hacia mi para que tus nalgas me miren de nuevo, besándolas con furia, respirando el calor de tu cuerpo, tu humedad, tu deseo.

—Más, mi amor.

Mi miembro se alza allí, rozándote y sientes como la punta de mi glande se humedece contigo. Quieres pedirme que te coja y no te dejo. No te lo permito. Acerco la pelvis a tus nalgas y empujo, pero sin penetrar. Empujo y golpeo mi cuerpo contra el tuyo, reboto en tus nalgas, ¿así? te pregunto, ¿así quieres que te coja, vida mía? si, amor, así quiero ¿así? si, ¿asi? si, ¿y así? si, mi amor, cógeme. Y no te cojo hasta no ver lo rosa de tus labios ardientes, deseosos de recibirme.

—¡Más!

Y tus manos abrazan la almohada, y tu culito al aire que me mira, y yo hincado tras de ti, sigo prendido de tu cadera voluptuosa y tu, esperando agitada, cógeme, me gritas, cógeme cabrón, me dices, y yo te penetro, despacio. Despacito. sientiendo poco a poco como tu vulva se expande y se contrae, rodeándome todo y yo sigo empujando y tu salivas, respirando por la boca.

—¡Ay! ¡Más !

Y yo estoy todo en ti, todo dentro de ti, jugando el pene en tu cavidad caliente, en un vaivén, en un choque de carne tibia y humeda. Pudiente, jadeante, respirando frenéticamente por minutos que parecen horas. Tu que me conoces te mueves de arriba a abajo, provocándome aun más. Ahora soy yo quien te pide que te detengas y no quieres. No quieres, y no me sueltas y empujas, y doblas más tus rodillas para inclinarme al frente y yo con un brazo sobre la cama y otro rodeando tu cintura.

Más, me dices. Más te doy. Más te quiero, más empujas, más te cojo y rodeo y doy y pido y grito y sudo y no dejo de respirar y ver al cielo. Grito tu nombre en vano, bocabajo y tu mordiendo la silueta de mi sombra, empujándome con fuerza y el corazón brincándome del pecho al pene y mi grito sofocado le lleva una sonrisa a tus labios.

Suelto el cuerpo. Pierdo la tensión y me recargo en ti porque mis rodillas no responden. Estiras las piernas, sonriente aún y yo cansado descanso sobre tu espalda, secándote el sudor con el pecho y tu, satisfecha, te saldrás de allí para mirarme a los ojos y decirme:

A ver dime ¿quién se cogió a quién, papito?

Marvin Durán

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