Pato especial

Bajé del auto cerca de la esquina que forman la avenida Madero y la calle México. Caminé unos pasos y a mi derecha ubiqué el Golden China.

El sofocante calor mexicalense tiene a todo mundo maldiciendo. Las avenidas se cruzan corriendo, y cualquier sombra es refugio peatonal. No me gusta dejar el auto en el estacionamiento del restaurante. El joven que cuida el parking de los comensales suda mares. Y la coca cola, seguro, ya está caliente. Le dio un trago profundo, se enjuagó la boca y escupió.

Me dio asco.

Ya dentro, me recibió Yuki. La seguí hasta una de las mesas centrales. -¿Cuánta pelsona? – me preguntó. – Sólo yo, gracias.- Respondí. Me dejó el menú y se retiró.

Dejé el sombrero sobre la mesa y me quité las gafas. Estaba cansado y tallé los ojos con furia. Espero unos segundos a que se me pasara el calor y abrí la carta. Se acercó el capitán y me dijo: – Le sugiero el Pato especial. – Lo miré de reojo. – Es un pato asado, sin hueso. Cubierto con salsa de ciruela y acompañado de brócoli chino. No es el mismo brócoli que usted conoce, es otro. – “Ah”, le dije. “Me encanta que la gente me asuma ignorante”, pensé mientras aceptaba la orden.

Salió Yuki de la cocina con una bandeja enorme. O bueno, enorme para su estatura y complexión. Debía medir 1.57m. Delgada, de tez blanca y cabello lacio, recogido. Sus ojos rasgados acentuaban la raza milenaria que le predecía aunque, debo decirlo, a diferencia de sus compañeras Yuki era hermosa. Sus cejas gruesas acentuaban perfectamente la simetría de sus ojos. De nariz pequeña, labios finos y quijada cuadrada, sobresalía del resto de las meseras. Alzaba la charola con gracia. Sus hombros rectos y su andar tranquilo me hacía pensar en una pasarela asiática. El uniforme a de camisa blanca y pantalón negro, ajustados ambos, acentuaban su delgadez y, a cada paso, me robaba un suspiro. Mi mente divagaba en ella y, perdido en su rostro, me pregunté su edad ¿tendría 15 ó 30? Es difícil saberlo. Su piel lisa y estirada, su estatura y complexión, me impedían ubicar sus años. Se acercó Yuki con su bandeja, por fin, y en rápido acomodo me dejó instalado con el pato, el arroz y una jarrita de té de Jazmín. Me preguntó si se me ofrecía algo más y yo, no queriendo desaprovechar la oportunidad, le pregunté su edad. Sonrió. Dio media vuelta, rumbo a la cocina. La seguí con la mirada hasta perderla. Bajé la mirada al plato y, con el rabillo del ojo, pude ver la silueta de un hombre grueso entrando al local. Sonreí. Justo llegaba el hombre que me pagaría las cuentas de este mes.

Me acerqué la bandeja del arroz blanco. Tomé una cuchara grande y me serví dos porciones, al centro del plato. Con la mano empuño, aplané la Poacea hasta formar una cama delgada y bien definida, cubriendo el fondo del plato. Tomé algunos trozos de pato y los coloqué al centro, bañándolos con algo del jugo de ciruela. Un pequeño bodoque llorón dejó de hacerlo al observarme. Alcé el rostro y le saqué la lengua, regresándolo al llanto. Las cosas tienen su orden natural, pensé, mientras mis labios rozaban el primer bocado. Yuki regresó a preguntarme si todo estaba bien y yo, con la boca llena, asentí con un guiño que la sonrojó. Dio medio vuelta y se alejó brincoteando a la cocina.

Pasaron algunos minutos y emergió ella con otra gruesa charola sobre los hombros. Se acercó a la mesa de mi obeso adversario y con gracia ordenó el pedido frente a la mirada voraz del comensal. Pude distinguir sendas porciones de pollo cantonés, kai ping, lo mein, fo young, arroz frito, carnitas coloradas y kung pao. Tomaba de un plato y de otro, lo revolvía sin gracia ni estilo. Se atragabantaba. Mezclaba, sin saberlo, sabores de Szechuan, Cantón y Hunan. Y hasta no sé qué me irritaba más: su pobre conocimiento culinario, y las mirada lasciva para Yuki, aún más hambrienta que su boca.

Yuki se acercó a la mesa del hombre. Pude leer en sus labios “¿algo más que se le ofrezca?” y él, con la boca llena de arroz, le espetó una estupidez. Yo seguí disfrutando de mi pato y el hombre de su mescolanza. Yuki entró de nuevo a la cocina y yo me perdí en el brócoli chino.

Pasaron algunos minutos y una señora empezó a gritar, pidiendo auxilio. Escuché el sonido de un rostro que se estrellaba en un plato, primero, y el de un cuerpo que golpeaba el suelo, después. Me pasaron varios meseros. La encargada tomó el teléfono y marcó a emergencias. Un caballero canoso, a quien le escuché ser médico, corrió hacia el herido en son de ayudarlo. Yo seguía comiendo a mis anchas, despacio. Chismoso nunca he sido y no empezaría hoy.

Yuki traía siete rodajas de naranjas, cuando los paramédicos cruzaron el umbral, derribando al maneki neko de la puerta. Tomé la sal y me fui comiendo la fruta poco a poco, despacio. Yuki regresó con mi cuenta y una galletita china. Las colocó frente a mi, dio un paso atrás, esperó hasta que saqué la billetera y me miró a los ojos fijamente. Tomé la galleta china y la partí en dos sin sacarla del empaque. Abrí la bolsa plastica y retiré mi suerte: “Con él fuera, ya no te debo nada.” Contuve la respiración un segundo. Puse sobre la mesa más dinero del que debería y Yuki seguía inmóvil, aguardando una respuesta: te equivocas, le dije, aun me debes tu edad.

Ella sonrió y yo me puse de pie. Salí detrás del paramédico que le indicaba al forense en qué mesa recoger el cuerpo envenenado del gordo.

Marvin Durán

 

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