Para el poeta que nunca murió

Con un gesto taciturno premiabas a la melancolía en cada atardecer, desfalcando los tonos y matices que los días dejaron plasmados durante siglos en sublimes elegías, en cambio, yo me sujetaba en las balaústres de la razón para no enfrentarme contigo y tener que confesarte que tus sospechas eran ciertas: los tropiezos se había vuelto remisibles ante el petulante mofo del dolor, y la sangre ya no era tan apasionada para dejarla correr sobre las máculas de vino barato.
Sentí pena por ti cuando comenzaste a mutilar versos, nunca comprendiste que todo se lleva en los hombros, hasta las culpas, sin embargo, ya no me resultaba sencillo justificar tu idioma, porque cada beso en tus poemas terminaba por ser de sal. Inmaduro que eras; dilapido de versos burdos.
Debo dar cabida también a mis temores, admito que el sopor de la tarde me hacía crujir de rabia cuando faltaban tus frases mal hechas, siempre quise ser el espolón entre cada punto y coma de lo que por horas te robaba el sueño, porque te admiraba, pero dejé de hacerlo cuando me arrastraste a tu cobardía.
Seguiré susurrando la etopeya de tu vida, aunque sólo sea una triste viga que entre dos nudos terminó con las caricias de tinta que emanaban de tus manos; cobarde, por qué para acribillar palabras sólo me bastas tú, ya que el poeta carece de valor si sus versos no tienen vida.

Carolina Burboa; Hermosillo, Sonora

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