Carta para el Coronel

Con admiración y respeto a Gabriel García Márquez

 

CAPITULO I

 

 — Mierda— repitió el coronel sintiéndose puro, explícito, invencible, como pocas veces lo había experimentado en sus largos setenta y cinco años.   

— Comeremos mierda si no hay otra cosa, pero el gallo no se vende—, dijo.

 

En ningún momento de su vida había cruzado por la mente del coronel deshacerse del gallo, herencia de su hijo Agustín, y menos ahora, que restaban cuarenta y cinco días para la pela. Solamente flaqueó aquella mala hora en que su compadre lo deslumbró hablándole de mucha plata y le entregó un anticipo de sesenta pesos para comprometerlo, y ahora no hallaba la forma de romper el trato. Al coronel le palpitaba que el gallo no podía perder y que la tarde del veinte de enero, miércoles para mayores señas, cobraría el veinte por ciento de  las ganancias y con ello cubriría las deudas más apremiantes, aplazaría indefinidamente otras y todavía le quedaría una platita para irla pasando.

 

—Ten paciencia, dijo a su mujer con voz que sólo él pudo escuchar. El coronel sabía que serían cuarenta y cinco días de agonía sin tregua y aunque no dejaba traslucir su preocupación frente a la anciana, también él temía ante la certidumbre del futuro incierto.

 

«Si hemos vivido todos estos años sólo Dios sabe cómo, por qué no habríamos de sobrevivir unos cuantos días más. Dios aprieta pero no ahorca. Ya el veinte de enero será otra cosa», se dijo para sus adentros intentando convencerse a sí mismo de ello, tirado de espaldas en la hamaca, con la cabeza descansando sobre las palmas de las manos cuyos dedos permanecían entrelazados.

 

—Terco como una mula. Si. Siempre fuiste terco como una mula y no cambiarás ni con la muerte…—, repeló la anciana, pero el coronel ya no la escuchaba. —Hay veces que pienso que te importa más ese animal que yo misma.

 

Arrullado por sus propios pensamientos, con una sonrisa infantil dibujada en el rostro cincelado por el tiempo, apenas visible en la penumbra de la habitación, el coronel dormía plácidamente.

 

—Pero nomás amanezca te vas con Alvaro y le llevas el reloj o el cuadro, o los dos, a ver cuánto te da por ellos. Ya no podemos seguir un día más así—, añadió la anciana con su tono de voz de cascajo por el asma tras el mosquitero. Maldijo entre dientes al no obtener respuesta y se arrellanó desconsolada en la cama, disponiéndose a dormir a pausas, según se lo permitiera la enfermedad.

 

Era un domingo hermoso, día seis del mes de diciembre. Amanecía mientras la pareja de ancianos discutía sobre la suerte del gallo y su propia suerte. La verde claridad de la mañana llegó al hogar para instalarse cómoda y placenteramente sobre el patio, iluminando el interior de la casa a través de las ventanas. El fresco aroma de los tiestos de helechos y begonias del corredor invadió hasta el último rincón de la casa de paredes de cal desconchadas y techo de palma.

 

El coronel se levantó con el canto desvelado del gallo. Como era costumbre, la anciana, apenas si construida de cartílagos blancos sobre una columna vertebral hecha arco de piedra pura, no había podido conciliar el sueño sino hasta muy entrada la mañana, tosiendo y escupiendo maldiciones cada vez que lo hacía.

 

El coronel en retiro estaba habituado a levantarse el primero y también por costumbre se dirigió a la cocina, puso la olla en el fogón y una vez que el agua estuvo caliente vertió una poca en una taza. Tomó el tarro del café sólo para comprobar desalentado, una vez más, que estaba totalmente vacío.

 

—¡Bah!—, exclamó mientras sorbía un poco de agua tibia con el mismo movimiento mecánico que venía repitiendo en los últimos meses.

 —Como quiera el café ya me estaba cayendo mal—. dijo con la certeza que proporciona la espera permanente de nada.

 

El ruido que hacía el gallo en el cuarto de dormir llamó su atención. Fue por él para que permitiera descansar a la anciana, lo llevó a la cocina y lo ató de una pata al soporte de la hornilla.

 

El animal miraba fijamente al anciano mientras rascaba con sus patas el piso de tierra. Emitió un sonido gutural, incomprensible para el oído humano pero que el coronel entendió perfectamente.

 

—Tú también quieres comer, eh—, preguntó al gallo, que se limitó a observarlo. Introdujo la mano en el recipiente del maíz pero no había grano en él. Acercó un tarro con agua al animal.

 

—Ni modo, camarada. Hoy nos toca otra vez almuerzo de agua. Pero no te preocupes, ya verás que más temprano que tarde regreso con maíz para que comas hasta que te hartes o te reviente el buche.

 

El animal sólo acertó a mover de un lado hacia otro su diminuta y afilada cabeza y a dar pequeños sorbos de agua.

 

El coronel se dirigió a la sala. Desde la muerte de Agustín habían ido desapareciendo uno a uno los objetos de valor de la casa y ahora no quedaban sino el reloj de péndulo engarzado en un marco de madera tallada y, en la pared opuesta, el cuadro de una barca cargada de rosas con una mujer entre tules y rodeada de amorines. Cuatro mecedoras de fibra dispuestas en torno a una mesita cubierta con un tapete y un gato de yeso completaban la decoración de la salita, estrecha pero aún así más amplia que el cuarto de dormir.

 

Minutos más tarde el coronel salía silenciosamente de la casa, con un bulto bajo el brazo, mientras la anciana navegaba tranquilamente en las quietas aguas de la mar de su inconciencia.

 

Antonio Castro Manzano

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