Abrigo azul junto al cascarón de lodo

Cecilia retrocede hacia una de las esquinas de la habitación. Se desliza lentamente hacia abajo y estira sus piernas. De pie, Antonio es un gigante que lleva un papel arrugado en su mano izquierda. Él insiste en preguntar quién es Carlos. Ella fija la mirada en las hojas secas que entran por la ventana, pero Antonio se inclina y gira el rostro de Cecilia. Lo acerca al suyo: dime quién es ese imbécil. El hombre se desespera y lleva sus manos a la cabeza. Puta madre, le grita. La joven dobla sus piernas y agacha la vista. Su cuerpo es un embrión que ha envejecido veinte años fuera del útero. Los párpados son cortinas que se cierran pausadamente, mientras lo mira caminar de un lado a otro. Él la bombardea con preguntas que ella no escucha. Cecilia se desvanece y sueña en azul cobalto.

 

Un cascarón de lodo flota sobre el agua verdosa de un arroyo. Se atora con la raíz de un árbol en la orilla. El cascarón se despedaza y del interior surge una mujer desnuda. Ella arranca las capas de piel morada que le ha cubierto por siglos y se inunda en el arroyo. Al emerger corre entre sembradíos de girasoles. Ríe a carcajadas. El sol de media tarde evapora las gotas de agua sobre los poros. Su cabello juega carreras con el viento. Bajo la sombra de un nogal encuentra un abrigo y se viste con él.

 

La mujer se reincorpora y busca temerosa la mirada del joven. Las pupilas de Antonio son antorchas que incendian los muebles de la recámara. Cecilia quiere reconocer los ojos de botón de abrigo que la conquistaron años atrás, cuando él era otro. Intenta con todas sus fuerzas ver al hombre dulce que se derretía ante sus piernas y deseaba compartir el futuro junto a ella. Reencontrarse en su banca favorita y darles migajas a las palomas. Explicar que el tal Carlos es nadie y tranquilizar a Antonio, ya que ella inventó ese destinatario para sentirse amada por alguien. Y amarlo, aunque fuera ficticio. Pegar las cartas y fotografías rotas por ambos. Reconstruir su relación con cinta adhesiva. Pero no es así.  ¿Quién es ese Carlos? Dímelo de una maldita vez. Cecilia no pronuncia palabra, si acaso un quejido minúsculo que se incrusta en su corazón junto a los de mayor antigüedad.

 

Antonio patea con fuerza a Cecilia vuelta embrión. Una. Dos. Tres. Cuatro. Pierde la cuenta. Sin embargo ella, la de piel amoratada que es presa del gigante y de sí misma, ya no estrangula sus lágrimas en el suelo. Ahora es la mujer descalza, envuelta en un abrigo azul cobalto, que se pierde entre los troncos de los nogales para marcharse con el viento.

 

Lorena Tristán

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