Encaje para gatos

Desde el primer instante, Kurt  formó parte del decorado en la casa de Eugenia. Era esbelto y de aspecto elegante. Excesivamente seguro de sí mismo. Tenía manchas ocres por doquier, ojos brillosos endulzados y pelo delicado. Con rapidez se adaptó al descanso matutino y al paseo sobre las azoteas, como los otros cuatro gatos de mayor antigüedad. Huía y regresaba a la casa sin avisar ni pedir permiso, solo atento a la hora de la comida en lata y al vuelo de los pájaros en el jardín.

 

Sucedió una tarde de esas en que el vapor cubre las habitaciones y trastoca los cerebros de personas y animales, haciéndoles actuar de manera atolondrada. Después de bañarse, Eugenia entró a su recámara y colocó el seguro a la puerta. Se recostó sobre los grandes cojines de su cama y comenzó a releer algunas tarjetas con corazones dorados. Al leer la última frase, cerró los ojos y respiró profundo. Comenzó a girar su cuello, recorrer el vientre con sus manos y avanzar despacio hacia su boca. Mientras rozaba sus senos sintió un cosquilleo en su pierna al contacto con un cuerpo blando y suave, que se deslizaba con imperceptibles sonidos agudos acercándose a su rostro. Lo atrajo hacia ella frotando su piel y pelos erizados, en tanto que el animal mordisqueaba sus dedos ocasionando minúsculas incisiones. Kurt se dejó conducir aunque no dejaba de arañar manos y torso. La lengua rasposa y diminuta lamía los pezones ya erectos. Eugenia no olvidaría su reflejo en esos ojos acuosos encima de su ombligo.

 

Pero llegaría el game over, pues es bien sabido que los gatos sólo tienen siete vidas. Kurt amaneció muerto frente a la puerta del dormitorio de Eugenia. Lo enterraron en un lote baldío con su respectiva cal y flores silvestres. La vecina de enfrente estaba harta de los gatos que penetran por las ventanas queriendo adueñarse de alimentos y pájaros en cautiverio. Entretanto, Eugenia se convencía de la existencia de un cielo para mascotas. Pronto encontró consuelo en un compañero de escuela de ojos rasgados y brillantes. Se llamaba Oliverio que ciertamente guardaba parecido con Kurt, aunque rubio, también delicado y muy amable. Pero el rostro de Eugenia ya no fue el mismo, ni tampoco su piel. A partir de la muerte de Kurt, le brotaron unas manchas ocres por todo el cuerpo, que ocultó bajo blusas y vestidos de cuello alto.

 

A Eugenia le inquietaba que al mirar los ojos de su novio, no podía verse reflejada como en los ojos de Kurt. Pasaba las horas escudriñando las pupilas de Oliverio sin obtener resultados satisfactorios. Para entonces, Eugenia emanaba un aroma dulce y nostálgico que se impregnaba en los rincones y en la piel de las personas. Mientras avanzaba la relación, ella se daba cuenta que ningún alma de gato había en el cuerpo del muchacho. En cambio él, estaba cada vez más impaciente por tener sexo con Eugenia, pues el origen de las manchas ocres, era un asunto que le excitaba cada vez con mayor fuerza.

 

 Pero Oliverio no tuvo la oportunidad de descubrir ningún origen de manchas que salen quién sabe por qué, ni de hacer planes de boda a muy-muy largo plazo. Eugenia decidió alejarse de él, porque por más que se buscaba en los ojos de Oliverio, jamás vio su rostro en ellos.

 

Desde entonces, cada fin de semana ella pasea sonriente por los centros comerciales. Con calma recorre los amplios pasillos y compra ropa interior a su gusto. Saborea helado de chocolate y visita las tiendas de mascotas. Curiosea entre hombres y gatos miradas que reflejen ojos suaves y cristalinos, pues siempre habrá una taza extra de leche para compartir.

 

Lorena Tristán

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