De día duermen

Entra al café. Un mesero con camisa arrugada le dice que tome asiento. Elige una mesa cerca del rincón. No conoce a nadie. Varios lo miran desde lejos, tal vez lo confunden con alguien más.  El lugar es oscuro y más pequeño de lo que imaginó. Hay unas veinte mesas frente a un pequeño escenario. En unos minutos él se parará y tomará el micrófono. Pero eso será más tarde, cuando llamen su nombre. El siguiente autor es Maikel Garza, dirán. ¿Alguien conoce a Maikel?

Le hace una seña al mesero de antes. Pide un whiskey en las rocas. Siente una picazón en el tobillo derecho, no sabe por qué. Llega el whiskey. El vaso está caliente, como recién lavado, eso le molesta, no mucho, pero sí lo suficiente como para pensar que quizá la noche será un desperdicio. Revuelve el trago, y luego usa el agitador para rascarse el tobillo. Lo mete entre el calcetín y la piel velluda. La comezón cesa por unos instantes, luego vuelve. Ya no se rasca.

En el centro de la mesa hay una vela blanca. Usa el encendedor que guarda dentro de la cajetilla de cigarros para encenderla. No voy a fumar, todavía no. Pero la promesa sólo hace que el antojo crezca. Prende el cigarro, y recuesta la cabeza en el respaldo de la silla cuando siente los pulmones llenos de humo, luego sopla con fuerza para expulsarlo. Da un trago al whiskey. Hubiera pedido una cerveza, piensa arrepentido.

Un hombre sube al escenario. Llama a un tal Ramiro. Todos aplauden. Ramiro anuncia que su poema se llama Elongación. Maikel escucha que una mujer de pelo rubio critica al poeta, dice que recita haciendo ademanes innecesarios. Maikel no lee mucha poesía. Ramiro termina la lectura. Hay risas y aplausos. Ramiro hace una reverencia y baja del escenario.

Maikel da otro trago al whiskey y apaga el cigarro. Se pregunta cuándo será su turno. Desde la mañana le duelen las piernas. Corrió cinco kilómetros y luego hizo una hora en la fila del banco. Le viene a la mente una palabra inventada que leyó en un cuento hace mucho años. Pero no recuerda la palabra, sólo que la leyó mientras una mujer de senos grandes le cortaba el pelo. El libro se lo prestó Juan Pablo, un amigo de la adolescencia que ahora vive en Aguascalientes. El libro se llamaba Elongación. No, es era el poema del tal Ramiro. No recuerda ni la palabra ni el nombre del libro. Menos al autor. No se puede sacar elongación de la cabeza. Le duelen las piernas. Se hace un masaje en los muslos. Da otro trago al whiskey.

Hay aplausos. Una mujer gorda sube al escenario. Dice que leerá un cuento. Da una explicación sobre cómo un día le llegó la idea mientras se cortaba las uñas de los pies. Los que son amigos ríen, los que le tienen envidia sólo inclinan la cabeza. El cuento se llama Uñas de los pies. Maikel termina el whiskey y pide una cerveza. No escucha el cuento de la mujer, sólo la última frase: “… el cuchillo no era de acero inoxidable”. Recibe una ovación modesta. Un hombre chifla fiu fiu, como si la gorda fuera atractiva. Tal vez es el esposo, piensa Maikel.

Un hombre con gabardina café se sienta junto a Maikel. ¿Qué tal?, dice el extraño. Maikel asiente. Es un hombre joven, de unos treinta años, como de la edad de Maikel.

–¿Quién te invitó? –pregunta el hombre.

–Recibí una carta.

El extraño mueve la cabeza en aprobación, pide una cerveza, y no vuelve a hablar. Maikel lo mira de reojo cuando siente que el hombre desvía la cabeza en otra dirección. Tiene un bigote que ocupa todo el espacio entre la nariz y la boca. Es lo único que alcanza a ver. No entiende por qué se sentó junto a él habiendo varias mesas desocupadas.

Pasa otro poeta. Cuando termina la lectura, el desconocido se pone de pie para aplaudir. Después se sienta, y dice con el rostro metido entre las manos: es sobrenatural, no sabía que… Maikel no escucha el resto porque otro hombre sube al escenario y anuncia que leerá un cuento llamado Pieles de Marruecos. El cuento trata de una pareja de ancianos que recibe en el correo, por equivocación, unos boletos de avión a Marruecos. El autor no explica cómo pudieron cobrarlos si estaban a nombre de los vecinos, pero aún así la gente lo vitorea cuando termina de leer. El hombre del bigote se vuelve a levantar y aplaude al mismo tiempo que grita bravo, bravo. Luego esconde la cara en el hueco de las manos entrelazadas y dice: magnífico, qué manejo de…

–El siguiente es Maikel Garza –interrumpe el moderador–. ¿Está por ahí Maikel Garza?

El público repite el nombre con entonación de pregunta, y el sonido viaja hasta los oídos de Maikel como el eco en una casa abandonada. Se pone de pie y camina entre las mesas. Llega al escenario y el moderador le entrega el micrófono. La gente escucha atenta.

–Mi cuento se llama De día duermen. –dice Maikel, pero la voz sólo la escucha él.

El moderador se acerca y le dice que encienda el micrófono.

–Mi cuento se llama De día duermen.

Maikel saca unas hojas dobladas del bolsillo trasero del pantalón. Mira al hombre de bigote oscuro. Está tomando cerveza y parece distraído. Maikel comienza la lectura. La boca se le reseca de inmediato. Piensa en un vaso de agua con hielos. La primera página la lee sin cuidar la entonación, se traba seguido, tartamudea cuando una palabra empieza con T o con M. A la mitad de la segunda página escucha un murmullo en el público, pero lo ignora. Maikel sigue leyendo.

–Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito.

Maikel alza la mirada. Sigue leyendo, ahora con más cuidado, da énfasis en las que, él sabe, son las mejores partes del cuento.

–Cuando siento que voy a vomitar un conejito, me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas.

El murmullo regresa. Maikel continúa hasta el último enunciado. Termina, y dobla las páginas en cuatro partes iguales.

–Gracias –dice Maikel y pasa el micrófono al moderador.

Maikel regresa a la mesa y se sienta junto al hombre del bigote. La gabardina que porta tiene manchas de cloro.

Los delgados labios bajo el bigote dicen algo que Maikel no logra escuchar.

–¿Qué dices?

–Que ese cuento es de Cortazar –dice el hombre–. Se llama Carta a una señorita en París.

–Lo sé. Pero yo le cambié el título.

–Pero el cuento era exactamente igual –dice el hombre.

–Yo le cambié el título –insiste.

Maikel intenta mirarlo a los ojos, pero el desconocido evita el contacto. Una mujer en el escenario lee un cuento que a Maikel le recuerda uno que él escribió el año pasado en un taller literario.

Maikel da un último trago a la cerveza caliente, paga la cuenta y sale del lugar. La ciudad duerme. Varias palomillas vuelan torpemente cerca de un farol. Se estrellan contra el vidrio de vez en cuando. Camina seis cuadras y se detiene frente a un carro verde. El ruido del café quedó atrás. Maikel enciende un cigarro, el último de la cajetilla. Se recarga en la puerta del conductor. Saca el cuento y lee en silencio unos pasajes subrayados. Le gusta mucho la descripción de los conejitos en el armario. De día duermen, repite Cortazar varias veces durante el relato. Aplasta el cigarro con la punta del zapato. Empieza a amanecer. Maikel bosteza. Le pica el tobillo derecho y no sabe por qué.

Carlos Calles

 

 

 

 

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