Capítulo 4.- Se desgrana la mazorca

Los domingos el abuelo José se levantaba temprano, había mucho quehacer.  Cientos de botellas de cerveza, tiradas por todas partes, esperaban la mano que las pondría en su caja. Estaban en el suelo, debajo de las mesas de billar, en los estantes de la pared, entre las plantas de la entrada, debajo de las mesas de dominó en el portal de atrás. Quien viera aquel tiradero imaginaría que por ahí habían pasado los carrancistas, pero no: veinte o treinta lugareños habían gastado las horas jugando billar, tomando y cantando al compás del acordeón.  Pablo conocía bien las rutinas del abuelo y un domingo se presentó. Está cerrado, dijo el abuelo José cuando lo vio parado en la puerta. No, si no vengo a jugar, vengo a echarle una manita, si le parece, claro. Pos, esto no es novedad pa mí, ya estoy acostumbrado pero, no estorbas, pásale. Pablo quería aprovechar que el abuelo estaba solo para hablar con él, exponer lo que tiempo atrás venía madurando. A lo lejos, tras las lomas, cuando el sol asomaba sus primeros rayos, Pablo lo sentía encima como si fuera mediodía. Se quitó el sombrero. Gruesas gotas de sudor humedecían su frente. Se pasó el paliacate y el sudor desapareció. Don José destapó una cerveza para él y otra para Pablo.

Tómatela, te caerá bien. Pablo comprendió la indirecta y se defendió. No es lo que está pensando, ando bien; pero de todos modos, muchas gracias. No lo desairo. Siéntate un rato, no hay apuro, reflexionó el abuelo, nadie nos va correteando. Cada uno eligió su banca en una de las esquinas del billar. Quedaron casi de frente. Mudos por un rato.

Pablo no encontraba acomodo. Se recargaba en la pared, cogía su sombrero, lo jugaba un rato entre sus manos y lo volvía a poner a un lado, sobre la banca. Encendía un cigarro y a la mitad lo apagaba restregándolo en el piso con la suela del zapato. El abuelo José lo conocía bien. Sabía que algo le mortificaba y con disimulo preguntó: ¿Pos qué brete traes? Apacíguate, todo en esta vida tiene arreglo, menos la muerte. Es que uste no sabe. Ya lo creo que no, pero, te vuelvo a repetir, todo tiene arreglo. A veces uno se ahoga en un vaso de agua. Es que uste tiene que saber. ¿Qué es lo que tengo que saber?, preguntó el abuelo José mirando a Pablo con extrañeza. Es que ya me anda por casarme. ¿Y diai?, ¿Quieres que vaya a pedir a la muchacha o qué jodidos te apura? Es que.. la muchacha…es Flor, ¿cuál Flor?  Flor, su hija. ¿mi hija? Adio chingado pos cómo, cuándo, no puede ser ¿Y tú de ónde la conoces?, si haces el favor de decirme. La he visto cuando viene a verlo. ¿Y por qué no me habías dicho nada? Esperaba hacerme de unos centavitos pa tener algo que ofrecerle a su hija. ¿Y qué es lo que puedes ofrecerle? Pos, tengo una labor dónde sembrar y un techo dónde vivir. Lo demás déjelo de mi cuenta, estos brazos no me han de hacer quedar mal. Con razón, ya me extrañaba que anduvieras tan acomedido, cabrón.

Esta vez fue la frente amplia del abuelo José la que se cubrió de sudor. Se quitó el sombrero y lo puso en una de sus rodillas, secó su frente con el pañuelo blanco que siempre llevaba en la bolsa trasera del pantalón. Aprovechó para rascarse la cabeza. Su fino pelo rubio y entrecano, respetando la naciente calva, se acomodó con solo acariciarlo.

Por la puerta de la calle entreabierta. Una oleada de aire caliente arrastró hasta ellos el murmullo de gente que pasaba. Don José se levantó a cerrarla al tiempo que comentaba: va a estar bueno el calor jijo de la guayaba. De regreso a su banca dirigiéndose a Pablo con mirada maliciosa recalcó: pos como antes dije Pablo, ora sí que no hay apuro, ahi luego te resuelvo. Pos no hay apuro pero, al que madruga Dios lo ayuda. No pos sí, y pa uno que madruga otro que no se acuesta. Ya ve, ¿que tal si me madrugan allá? Tate sosiego muchacho, no comas ansias. Más vale paso que dure y no trote que canse. ¿Y qué tan luego me resuelve? Yo te aviso uno de estos días. No le haga, de perdido déme una fecha, una hora. Una hora, una hora llevamos en dimes y diretes. Si ya se te quitó lo acomedido, Dios que te bendiga, no me quites más el tiempo que tengo que seguir con mi quehacer. ¿Cómo cree?  Claro que le voy a ayudar hasta que termínemos. Bueno pos, mucho ruido y pocas nueces.

El billar no lució limpio hasta después del mediodía. Fue Entonces que Pablo consideró prudente retirarse. Dio la mano al abuelo, éste la apretó diciendo: sabes, Pablo, ya lo pensé bien. Tienes mi permiso, mañana mismo vamos a Monterrey. ¿Mañana?, ¡ah fregado! no sé si pueda. Pues si no puedes, te jodiste, dijo el abuelo soltando la mano de Pablo y abanicando la suya en señal de negación. No, no, yo veo cómo le hago, pero de que puedo, puedo. No me quiero arriesgar, pensó el abuelo en voz alta, te conozco bien, sé que eres de  trabajo, madrugador, conozco a tu familia, tu madre te ha formado pa que seas un buen hombre. Puede quedarse tranquilo, lo interrumpió Pablo, no lo voy a defraudar. Ya lo creo que no, de eso me encargo yo. Puedes estar seguro. ¿Qué edad tienes? Veinticuatro, contestó Pablo. Muy buena edad para sentar cabeza, Flor tiene o anda pisando los diecisiete, no me acuerdo, pero ya es hora de que vaya pensando en formar un hogar, si no, se va a quedar pa vestir santos; o te la ganan por allá, dicen que son muy lángaras. Nada vale, dicen que no respetan ni a su madre, aseveró Pablo. Adió.

Al día siguiente, Pablo vistió su mejor ropa como pensando en Flor, salieron muy temprano rumbo a Monterrey donde los recibieron muy gustosos la tía Luz y el tío Román, quienes no se imaginaban el propósito de la visita. Les ofrecieron café caliente y gorditas de harina de azúcar que los recién llegados aceptaron encantados. Platicaron un rato de situaciones cotidianas: que si llovía, que si habría helada, que cómo había amanecido el tiempo en el pueblo.

De pronto, la plática se agotó, el ambiente se puso tenso, incómodo. Pablo no sabía qué hacer. Ya había repasado varias veces con su vista los cuadros de la familia en la pared. Miró al abuelo José,  pero éste no tenía para cuándo hablar del motivo de su visita. La tía Luz rompió el silencio y,  como presintiendo el asunto preguntó:

¿y este milagro de que nos visites, José? ¿Qué te trae por esta tu casa?  No seas curiosa, mujer y agradece la visita, intervino el río Román. Sí claro, claro que me da gusto que estén aquí pero, como nunca viene pues me da pendiente. No, no te mortifiques, es que este muchacho que viene conmigo…Pablo Cavazos para servirles, se apresuró a decir el acompañante, levantándose y extendiendo la mano para saludar. Mucho gusto, pero siéntese, siéntese, no se levante, le contestaron  los tíos. Gracias. Pablo volvió a sentarse,  más relajado. Pues como les decía, prosiguió el abuelo José, este muchacho, Pablo, viene, bueno, venimos porque quiere casarse con Flor. Yo ya le di mi consentimiento. Es un buen muchacho. Los tíos de Flor se miraron asombrados sin saber qué contestar. No podían creer lo que acababan de oír. Al recobrar el aliento, la Tía Luz respondió.

Pero José, qué ocurrencias las tuyas, si ni siquiera se conocen. ¿Y eso qué?  Ya se conocerán al paso del tiempo, cuando vivan juntos. No sabes lo que dices José, así no se hacen las cosas. Tu muchacha está bien aquí, con nosotros, no tiene por qué apresurar el matrimonio.

Ya lo decidí, se casa con Pablo. Si ustedes quieren, seguirá viviendo aquí por un tiempo, pero con la condición de que la cuiden como sus propios ojos, no quiero salirle con cuentas mochas a Pablo.  Qué cosas se te ocurren José, murmuró la Tía Luz. Están enterados, este muchacho puede visitar a Flor cuando quiera, tiene mi permiso. Bueno, si tú ya lo decidiste, pues no hay nada qué hacer. Ya está en edad de casarse y Pablo es una buena persona, no quiero que se vaya a casar acá con sabrá Dios quién, alguien que no sepamos qué mañas tiene ni cual es su proceder. Y ya que hablamos de ella, ¿dónde está esa muchacha que no ha venido a saludar? Anda con mi hija en la carnicería, dijo la tía Luz. ¿Y se irán a entretener mucho?  No creo, tiene rato que se fueron y la carnicería no está muy lejos. Pues estaría bueno que  se conocieran de una vez ella y Pablo, para que sepa con quién va a casarse pronto. ¿Qué tan pronto?, preguntó el tío Román. Tan pronto como fíjenos fecha Doña Margarita y yo. Doña Margarita es mi mamá, intervino Pablo. ¡Ah!, comprendo, dijo la tía Luz. Y agregó con voz apenas audible ¿Te podemos ayudar en algo? Pues yo les aviso, si hace falta llegado el momento, de todas maneras, muchas gracias.

Como el asunto que se iba a tratar estaba arreglado  y, según el abuelo José  ni falta hacía la presencia de Flor, consideró que la visita había terminado y optó por despedirse. Bueno, no los entretenemos más, ay le dicen a Flor que estuvimos por aquí y a lo que vinimos, si me hacen favor. Vete sin cuidado. Recibirá tus recuerdos y tu encargo, aseguró el tío.

Al poco rato llegaron las dos primas y, después de comer, tan pronto estuvieron todos tranquilos, los tíos aprovecharon para decirle a Flor la trayectoria que tomaría su vida. Para ella fue una sorpresa.  Como lo suponía la tía Luz, Flor ni siquiera conocía al muchacho  pero sí a su padre y sabía que aunque se negara, no lo haría cambiar de parecer, todo el tiempo había decidido por ella.

Pablo y Flor iniciaron su noviazgo al estilo de aquella época o de aquel pueblo. En cada visita, en su afán de agradarla, Pablo traía consigo algún utensilio para la casa; para los tíos compraba un bote de conserva o de miel de abeja. Flor correspondía con un pañuelo que lucía una “P” bordada por ella en una esquina; Todos los domingos, después del mediodía, Pablo acudía con puntualidad a su compromiso con Flor. Ella lo esperaba en la sala de la casa en compañía de los tíos y primos. En cada visita, los futuros contrayentes, escuchaban atentos los consejos de sus familiares y hacían planes para enfrentar la vida que les esperaba. Antes de oscurecer, Pablo se despedía.

Tenían poco tiempo de tratarse cuando sus padres, José y Margarita, ya estaban fijando fecha para la boda. Será en marzo, dijo ella, porque ya no hace tanto frío. Como ustedes digan, agregó él, nomás que sea con seguridad pa irme preparando.

Las amonestaciones corrieron. Todo el pueblo se enteró del día y la hora en que Pablo y Florentina se desposarían.

Aidé Cavazos

 

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