Crimen en el estero

El cadáver flotaba en el canal oriental del estero y esa noche pasó un yate dos veces por allí. Los del casting encontraron en la tarde del primer día al viejo que representaría a Onetti y los de producción tenían un tiradero de maderas, plásticos y cables que parecía el último día de grabación más que el primero. Enrique me dijo que estaban atorados con las viejas, que tenían que ser bonitas y maduras, más que maduras, ya sabes, solteronas restiradas por lo menos dos veces, pálidas.

         Cuando el asistente del director vio el cuerpo, los del casting querían ahuyentar a medio mundo, porque estaban hartos. Alguien sugirió que le dijera a Rodolfo, el director, que hiciera retratos hablados para despedir de un vistazo a las que no podían ser, pero el asistente movía las manos hacia abajo como quien dice cálmate, baja la voz.

         Juan Javier y yo nos subimos a una lancha y con los remos fuimos empujando el cuerpo a la orilla. La policía nunca llegó. Allí cayó, allí quedó, hizo el asistente con las manos, como árbitro de futbol americano que estuviera alisando las sábanas de una cama chaparra. No había más que hacer, así que adelante, a trabajar.

         Yo no quería saber más del ahora famoso cuerpo apestoso. Allí junto estaban las mujeres más hermosas del puerto. No sabían que la estrella había sido contratada en Guadalajara un mes antes. Eso era secreto y la esperanza muere al último. El galán había llegado el día anterior, en un coche cuya marca no puedo decir. Ya traía los pantalones de la época puestos y una camisa arrugada y mojada de sudor, como las que debe haber gastado Graham Greene en Tabasco. Raúl, aferrado a su grabadora con Pavarotti, veía desde la terraza a los pescadores de la otra orilla. Un día me había dicho que en el fondo del Jamapa, donde el río se une al mar, se podían pescar unos mariscos deliciosos, medio dulces, medio salados.

         Luego fue desapareciendo la gente y a los dos días la penumbra de este rincón de la costa fue matizada con los reflectores de primera que el director, ausente, había conseguido.

         Onetti contaba en España las peripecias de su salida de Montevideo. Vivía en una posada rodeada de pinos y palmeras. Bueno, la gente no se fija mucho y, por mi parte, no miento. Qué tal que antes no había nada, sólo médanos, casi el desierto, porque el estero fue creación no de sacerdotes ni soldados sino de acaudalados peninsulares que hace unos cincuenta años pusieron pinos, almendros y palmeras como barreras contra el viento del norte.

         Onetti recordaba y sus palabras se volverían un libro y podíamos decir que estaba en España cuando andaba por Veracruz. Y lo que debía destacarse era casi nada. El puerto de Santa María podía ser este, en el Golfo de México, o en Cartagena, incluso en Nueva Orleans. Cuando habla el señor que parece Onetti todos nos quedamos callados, como si de verdad fuera el uruguayo en el exilio.

         La noche del primer día de grabación hubo bronca. Regresó el yate que habíamos visto unas noches antes y tres jóvenes se bajaron, subieron a la casa vecina a través del jardín y empezaron a tirar piedrecillas a las ventanas. Sin ser gritos, decían el nombre de una mujer. La mujer no estaba, más bien, no había nadie. Días después, Armando me contó el chisme completo. Ellos eran la clave del cadáver flotante.

         Armando, Gabriel y Jesús habían entrado al club de yates y, luego de una platicada con el vigilante, se subieron al yate del papá de Jesús. El Diana III es famoso por su bar sin cerraduras, así que cuando Armando cayó al mar no fue raro. Manuel giró y a la primera pescaron a Armando, que estaba furioso, como es él.

         Ellos no sabían que en la casa de junto estábamos un montón de personas. Llegaron como locos,  buscando a Rocío. Luego se fueron, sin ver a la perra de la mamá de Rocío. Manuel dio marcha atrás y ninguno oyó el golpe de la proa en el cráneo de esa legendaria bestia marina, perra campeona de nado libre, una pastor inglés que murió enseguida, como me dijo Armando, enojado como siempre.

         Rocío estaba en el mismo bar de donde había salido la comisión buscadora, y cuando regresaron los tres desesperados Gabriela les dijo “qué están ciegos, allá está”.

         El cadáver de La Huesos se quedó allí en la orilla, donde la dejamos. Cuando llegó el director, con otras fotos de Onetti, tuvimos que despedir al buen señor que con paciencia había estado fingiendo que entendía lo que queríamos que hiciera, que representara a Onetti, a quien sólo una vez habíamos visto, en Xalapa, en una reunión de escritores.

         El segundo día de grabación decidimos romper el guión y cambiar todo. Le pedí a Armando que invitara a Rocío y en la tarde vimos por qué esos tres locos la andaban buscando, era hermosa como una novela de Onetti. Te lo cuento porque hoy se cumplen cuarenta años y, no voltees, pero aquella señora, la de vestido verde que está sentada junto a la ventana, ella es Rocío.

Jaime Velázquez Arellano

 

 

 

 

 

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