Sigilo

El mal disimulado olor a formol invade la silenciosa penumbra de la funeraria. Antes de que se retirara, un militar de alto rango le hizo recomendaciones de sigilo al embalsamador agregando advertencias contra cualquier indiscreción.

Al aproximarse, el maquillista y su asistente reciben instrucciones semejantes en voz baja pero autoritaria. Como panal de abejas, del conciliábulo escapan zumbidos de objeción.

–Pero el rigor mortis, mi general…

–¡No estoy preguntando si se puede, es una orden!

–Pero el tiempo… mire usté…

–Cuentan con media hora. Hay que cumplir el protocolo, la velación, las guardias, ceremonias y todo lo demás. Se les compensará bien.

Había dicho las palabras mágicas.

–¡Sí señor, no faltaba más! ¡Estamos pa’ servirle!

–Esperaré en la sala. No habrá interrupciones –contesta el militar rumbo a la puerta.

Comprobando lo dicho, una guardia apostada en el perímetro del establecimiento impide el paso a personas no autorizadas. Impotente, la prensa se mantiene a distancia, esperando la oportunidad de tomar fotos y declaraciones.

Apresurada pero serenamente, los maquillistas colocan el contenido de su maletín en una mesita cercana a la plancha; pero al descubrir el cadáver no pueden contener su asombro.

–¡Uta madre!

–¡A la chin, pos si es el meritito General Agüero! Yo lo vi en un desfile.

–¡Qué madriza le pusieron!

–¡Esta loca salió del closet en serio!

–¡Ay compadre, caras vemos! Fíjese, en mi pueblo… –y así siguen, intercambiando chismes y anécdotas a la vez que cumplen ágilmente su misión.

Con una foto del muerto a la vista, comienzan por el cabello, teñido de rubio rojizo.

–¡Mayativo, el colorcito!

–Pues a teñirlo se ha dicho!

–Y cortarlo… mejor lo cortamos primero.

Sin más dilación, comienzan a oírse tijeretazos seguidos por el zumbido de la maquinilla. Cuando el difunto tiene un corte militar intachable, preparan el tinte adecuado y lo aplican con una pequeña brocha.

Mientras se fija el color, proceden a borrar los moretones con cloro y maquillaje. Las suturas, en cambio, exigen una gruesa base de cera. Después tapan y maquillan los orificios de las orejas y el pabellón de la nariz, ya desprovistos de alhajas.

Dando un paso atrás para ver el resultado, los artesanos intercambian gestos de satisfacción.

–¡Como nalga de princesa! –exclaman a coro.

Llega el momento al paso más difícil: poblar la fina línea tatuada con que el ex militar había substituido sus cejas depiladas. Toman un mechón de la nuca y tras lavarlo le dan el tamaño preciso. Luego van adhiriendo pelo por pelo meticulosamente, agregando acá, quitando allá, hasta lograr su propósito.

Por la premura, cuando llega el turno a las pestañas postizas arrancan algunas originales y tienen que restituirlas, entre risas y cuchicheos.

Una vez que le lavan y secan el cabello, peinan al difunto, y cuando ya viste su uniforme el asistente va a avisarle al general, que espera teléfono en mano mirando al reloj.

Tras minucioso examen, el oficial retrocede unos pasos y mira la obra con gesto de aprobación. Entre los tres colocan el cuerpo en un lujoso féretro y lo empujan hasta la capilla al ritmo apagado y fúnebre de los rodillos.

Tras recibir sus sobres con la “compensación”, los artesanos dan las gracias y se retiran discretamente cuando el militar indica a un guardia que los deje pasar. Ya afuera, corriendo en sentido opuesto a la avalancha de periodistas, logran trepar al auto antes de ser alcanzados y huyen sin detenerse hasta llegar a un bar alejado de ahí. Necesitan una copa.

Frente al televisor, en cuya pantalla se difunde la noticia, beben el primero de muchos tragos que compartirían lamentando su suerte: no poder ser partícipes de la fama del ilustre fallecido y, sobre todo, de las ganancias que habrían significado unas cuantas entrevistas en los medios.

–¡Chin, compadre, habríamos salido de pobres un buen rato!

–¡Ya no chille y échese otra! ¡Por el finado, pues!

Leticia Damm

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