Yo, el otro

Hace tres días, las espadas flamígeras del sol me hicieron bajar la guardia y desistir del trabajo de vender enciclopedias. Después de varias negativas recordé una película que llamaba mi atención por su violencia extrema y la sangre que, según decían, corría como río desbordado, casi salpicando a los espectadores.

Entré y la primera parte me dejó satisfecho. Al llegar a cien muertos se me fue la cuenta. Llegó el intermedio en el que el público corre a la dulcería a aprovisionarse. No me moví. Estaba a dieta.

Con la sala en penumbra, me pareció reconocer a un amigo dos filas adelante. Estaba como yo en medio de la sala y como yo lo hacía a veces, contaba los asientos de un lado y del otro. Traía un suéter similar al que yo usaba, y su corte de pelo se asemejaba al mío. ¿Quién será?, me pregunté. En eso volteó a donde estaba el proyector y comencé a temblar.

Ese hombre era yo. Pero no podía ser yo, porque yo era yo, y no podía haber otro yo más que yo mismo. ¿O es que yo no era yo? Me toqué los brazos, la cabeza, los hombros. La luz se apagó y comenzó la película. No satisfecho con haberme palpado, extraje del saco mi billetera y de ésta mi identificación. Encendí un cerillo y leí mi nombre. No cabía duda. Era yo. Pero entonces, ¿ese otro?

Estuve decidido a no quitarle la vista e interrogarle al finalizar la función, pero la violencia del filme ganó mis sentidos y me distraje del plan. Cuando se prendieron las luces no lo vi por ninguna parte y razoné que todo había sido meras figuraciones; que no había otro yo más que yo, y que en la penumbra todos los gatos son pardos y otros dichos que no recuerdo.

Salí del cine muy satisfecho y arribé a la cafetería de siempre. Platiqué con amigos sobre diversos temas y después de mis tres tazas me retiré  a la parada donde, corriendo, alcancé a tomar el camión. Pagué y me fui hasta atrás, donde logré un buen asiento. Estaba por arrancar y entonces se subió el otro. Me asusté. Se sentó adelante y sacando un libro de su portafolio se puso a leer, como es mi costumbre. ¿Cuántas cosas pasaron por mi mente esa noche? ¿En que parte la realidad nos muestra su lado oscuro?  Esto y mil preguntas más me formulaba sin tener respuesta, tanto que olvidé bajarme en la parada cerca de casa. Cosa que él sí hizo. Bajé en la cuadra siguiente sólo para ver cómo introducía la llave en mi domicilio. Corrí a detenerle, pero cuando llegué, observé por la ventana cómo los niños lo recibían abrazándose a sus piernas. Mi esposa le daba un beso y le sonreía. Yo, sin saber qué hacer, me alejé de ahí a la cafetería de la esquina que estaba abierta las 24 horas.  Tomé café y fumé sin quitar la vista de mi casa.

Muy de mañana salió el otro y abordó el camión para ir al trabajo. Aproveché para entrar a mi casa pretextando un dolor de estómago. Aquí he permanecido dos días sin reportarme a la empresa. Hoy es el tercero y me dispongo a salir. Abro la puerta. ¡No puedo creerlo! El otro se encuentra a unos pasos con la llave en la mano. Me mira confundido y con seguridad se pregunta ¿qué está pasando aquí? 

Juan Manuel Carreño

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s


%d bloggers like this: