Pancho Reyes León… tres tiros y al panteón.

Como homenaje póstumo a mis abuelos:

Francisco Reyes León y Antonia Azpeitia Vázquez.

-Don Pancho, a ver diríjanos unas palabras- turnándole el micrófono dijo unos de los organizadores del baile popular, celebrado en el salón que habían adaptado para tal fin, pero que fue construido con la finalidad de servir como juzgado y cárcel del pueblo. – Muy bien, yo sólo quiero decirles que estas “oficinas” son para tratar asuntos de importancia, no para venir a mover el culo…- No, Don Panchito, ¡ya está bien!, ¡ya está bien!-, lo interrumpió el bromista maestro de ceremonias confundido y a la vez arrepentido, ante las risas de todos los concurrentes, ahora sí que al pobre conductor “le había salido el tiro por la culata”.

Así era el carácter de Francisco Reyes León, alias “Don Pancho”, cuyo oficio de albañil, artista y bohemio en sus ratos de ocio, le habían creado cierta fama de “personaje divertido”, por eso también era respetado, aunque para algunos de los vecinos del pueblo de conducta conservadora les resultaba “incomodo” por su claridad de expresión en ciertos puntos de vista sobre la vida y las costumbres de la localidad. Don Pancho nunca fue un “buscapleitos”, aunque tampoco un “alma de la caridad”, más bien fue sencillo en su forma de ser y actuar y un poco ensimismado, aunque creo que sentía cierta incomprensión social por la época y ambiente que en el que vivió.

Don Pancho aseguraba que había nacido en 1910 y haber atestiguado algunas acciones bélicas de los “tiempos de la revolución”, siendo un niño de poco más de siete años, según recordaba que fue cuando comenzó a tener noción del tiempo. Contaba que los revolucionarios pasaban por el pueblo, armados con sus carabinas 30-30, en busca de víveres y de uno que otro poblador que se resistiera a sus ideales para romper con su rutina y tener un rato de entretenimiento. A los niños los aventaban hacia un lado junto con sus perros cuando estorbaban su paso y ellos asustados corrían a esconderse creyendo que los matarían, por haberlos hecho enojar.

Cuando en alguna ocasión algún familiar le comentaba de alguna disputa en la que se había visto inmiscuido, Don Pancho con mucha seriedad argumentaba –¡No tengas miedo, estás en tu pueblo!.

Don Pancho fue el mayor de cuatro hermanos que fueron producto de un matrimonio campirano que se había asentado en las áridas tierras de aquel poblado semi- habitado llamado “San Juan” en el Estado de Hidalgo. Según recuerda siempre le llamaron “Pancho” sus familiares y amigos. Sus hermanos menores, respondían al nombre de Feliciano, Prisciliana y Juan, en orden de mayor a menor. Con su hermano Juan protagonizó la mayoría de sus correrías “chuscas” siendo algunas plagadas de originalidad, y otras incluso llegaron a ser muy trágicas.

De su hermano Feliciano, se refería como aquel que falleció después de haber caminado mas de un mes de regreso a su pueblo, siendo aún adolescentes los tres hermanos, después de haberse unido a una cuadrilla de trabajadores que “el gobierno” había ido dizque a contratarles para llevárselos a abrir carreteras a algún lugar del país del que nunca supieron como se llamaba, teniendo que huir de ahí después de un tiempo en el que los tuvieron trabajando y teniendo como alimento solamente arroz mal cocinado y agua, además de que nunca vieron paga alguna. –Feliciano llego enfermo de fiebre y cansancio y aguantó sólo dos días sin que pudieran curarlo.

Cuentan sus familiares que “Don Pancho” era muy solicitado para “destapar difuntos”, cuando en la misma tumba iban a dar cristiana sepultura a algún otro muertito. Era común que este trabajo fuera voluntario, como quien dice por amor al arte, aunque los deudos del muertito, en agradecimiento a su labor les invitaban a los trabajadores voluntarios al término del “entierro” a degustar algunos platillos caseros y unos cuantos litros de pulque, ahí mismo en el panteón del pueblo. Cuando sus hijos y nietos le preguntaban a “Don Pancho” que si no le daba miedo tomar en sus manos los huesos de los difuntitos, él entre risas contestaba – ¡Que va, a mí los muertos solo me pelan los dientes!.

Su hermana Prisciliana, quién era mejor conocida como “Doña Pece”, hizo también su vida en el mismo pueblo llamado “San Juan” perteneciente al Municipio de Tepatepec y por ese motivo es conocido popularmente como “San Juan Tepa”. Doña Pece hacía gala de su domino de la lengua otomíe aprendida de sus antepasados pertenecientes a dicha etnia. Frecuentemente los nietos y curiosos la procuraban para que les tradujera palabras del español al otomié. Era una persona muy atenta a escuchar las novedades venidas de otras partes, sobre todo de “La Capital” –Ciudad de México-, a lo cual exclamaba siempre en tono de admiración: ¡Ah chi cho!, aunque a ciencia cierta nadie supo lo que quería decir con dicha frase, pero se suponía que a su estilo querría decir: ¿Así pasó?.

El pueblo de San Juan Tepa, como es clásico en la provincia mexicana fue bautizado así en honor al Santo de adoración de Aquel poblado: San Juan “El Bautista”, por cierto que “Don Pancho” contó alguna vez la anécdota de cuando “El santito” fue robado y recuperado por todo el pueblo. Resulta que en una ocasión representantes de Tepatepec, pueblo vecino y donde se encuentra la cabecera municipal, solicitaron a préstamo “El santito” para adorarlo ellos por unos días, pero que pasado el tiempo ya no querían devolverlo, entonces la gente de San Juan se organizaron, armados de palos y piedras y fueron en multitud hasta su iglesia -recorriendo a pie algunos 8 kilómetros de ida y vuelta- para recuperar a su “santito”. Argumentaba que no podían dejárselos, puesto que era lo que le daba nombre a su pueblo y resultaba más fácil tratar de recuperarlo que tener que buscar otro santo que adorar y tener además que cambiar el nombre al pueblo. Don Pancho decía en tono divertido y entre risas de quienes le escuchaban que él les había dicho a algunas personas del pueblo malhechor que si querían podía hacerles un “Sanjuanito”, pero que se los iba a hacer de madera de árbol de Pitol, la cual es una madera fofa y sin valor siquiera como leña para encender un fogón.

Don Pancho contó también que precisamente a partir de aquella disputa cuyo desenlace se inclinó a favor de los pobladores de San Juan, el precio de su victoria había sido que los habitantes del pueblo de Tepatepec los apodaron en forma despectiva y como venganza dialéctica “pueblo tejolotero”, debido a que habían usado piedras en la batalla y dado que se le llama tejolote a la piedra que se usa para moler la salsa en el molcajete.

Don Pancho contrajo nupcias ahí en San Juan con Antonia Azpeitia Vázquez quién era originaria de un pueblo vecino del sur llamado Tecomatlán y perteneciente al Municipio de Ajacuba, Hidalgo. Procrearon seis hijos, Rufina, Efigenio, Virginia, María del Refugio, Lidia y Francisco.

Su hermano Juan Reyes León, alias “Don Juan”, se casó y vivió en otro pueblo vecino de la parte este, conocido como “La Colonia Lázaro Cárdenas” y que al quedar viudo se fue a vivir con su hijo Martín a San Miguel de Allende, Guanajuato, válgame redundar que fue con quien protagonizó la mayor parte de sus aventuras anecdóticas. Don Juan decía sobre su hermano Francisco que estaba dotado de una inteligencia muy original, debido a que lo mismo labraba un metate, molcajete o figuras en piedra, que pudo llegar a ser un buen escultor de haber podido pulir y desarrollar sus habilidades artísticas, pero que las únicas escuelas en aquel tiempo se encontraban solamente en “La Capital”.

Don Juan contaba de manera sarcástica que en alguna ocasión invitó a Don Pancho a trabajar con él levantando unas cercas de madera en unos de los ranchos propiedad de un sacerdote, conocido popularmente como el “Padre Nato” –a quien por cierto se le señala como el responsable de haber mandado cambiar las campanas de oro que tenía la iglesia de Tepatepec por unas de hierro más común que corriente-. En aquella ocasión al término de su jornada laboral ambos hermanos se encaminaron a sus casas, no sin antes haberse “hechado unos pulques”, razón por la cual y ante la oscuridad de las calles de terracería Don Juan se cayó golpeándose en la cabeza y al verlo sangrante, aunque no de manera abundante, le dijo: -Vente hermanito, vamos a ver al “Nato”- y ya estando en presencia del sacerdote se dirigió a él encarándolo así: Padrecito venimos a que nos de dinero para las curaciones de mi hermanito, ¡mírelo como viene sangrando como “santo cristo”!, estábamos trabajando en su rancho y se le cayó un palo encima-, entonces el padrecito conmovido de pies a cabeza, fue por dinero y se los entregó no sin antes darles la venia para que fueran con dios.

Don Juan contaba en tono divertido aquella ocasión en que Don Pancho encontró al Padre Nato y a Don Juan intercambiando golpes a manera de los boxeadores profesionales, sobre todo los golpes en el vientre y pecho, y entonces Don Pacho que venía llegando apenas intervino en la disputa creyendo que esta era de a de veras tal y como aparentaba. –¡Que pasó padrecito porque le está pegando a mi hermanito, yo le voy a enseñar como se pega de a de veras!-, empuñando ambas manos en tono amenazador. Acto seguido y sorprendidos ambos contendientes, Don Juan lo abordó diciéndole, -¡Cálmate manito, si no es de a de veras, el padrecito y yo solo estamos jugando!.

Por su oficio de albañil Don Pancho era conocido por casi todo el pueblo de San Juan, incluso su fama de buen albañil llegaba allende las fronteras del pueblo a donde era invitado a trabajar. Él mismo decía que fue de los primeros albañiles del pueblo y la región, que había aprendido ese oficio en sus correrías por otros pueblos, porque por esos rumbos los oficios más comunes eran los de campesino y pastor y él había escogido el de constructor por resultarle más interesante.

Es una característica casi inamovible del albañil que sea muy afecto a la “bebedera” como le llaman ellos en su jerga profesional a entrarle duro a beber pulque o cerveza. Algunas personas de los pueblos aun ahora se dedican a la manufactura artesanal así como a la venta del pulque. Por lo tanto es común encontrar lugares donde los albañiles al término de sus jornadas laborales se reúnen para beber lo que llaman bebidas espirituosas y platicar sus vivencias o jugar a la baraja o rayuela hasta la hora de cierre que es cuando el dueño de la pulquería que algunas veces participa del ambiente activamente, tiene ganas de irse a dormir, debido a que la pulquería es el patio o un cuarto de su casa.

Algunos otros personajes típicos del pueblo, comúnmente gente mayor que aun a pesar de su edad siguen siendo económicamente activos, acostumbran madrugar como a eso de las cinco o seis de la mañana y frecuentar expendios donde consumen “copitas” de tequila o aguardiente dizque para entrar en calor antes de iniciar sus actividades laborales. Don Pancho decía cuando recurría a echarse unas copas mañaneras: -Ahorita vengo, voy echarme unas “prodigiosas”.

Los albañiles de pueblo al volver de la “bebedera” nocturna y con los ánimos encendidos caminan con el brazo apoyado en el hombro del compañero, casi siempre entonando alguna que otra canción favorita o acorde a sus estados de animo sentimental, a lo cual los vecinos que les escuchan suelen decir: oí, ahí vienen unos borrachos.

Don Pancho camino de vuelta a su casa frecuentemente entonaba la estrofa: “Pancho Reyes León, chiquito como un ratón, más fuerte que un león, carga las llantas de un camión, tres tiros y al panteón”.

Nunca se supo porque el mismo se inventó ese verso que es muy peculiar por destacar a la vez sus fortalezas físicas y también declararse vulnerable ante las armas de fuego.

También el humor de Don Pancho algunas veces fue sarcástico, pues cuentan quienes lo acompañaban que alguna vez, cuando encontraba por la calle a un conocido que le decía en plan de saludo ¡Manito! Diminutivo de hermanito y término empleado por los adeptos del culto religioso “evangelismo”, él muy cortésmente respondía ¡Manito! y cuando ya se había alejado un poco se decía asimismo, ¿Manito? ¡Quién sabe que madre te parió!.

Saltillo, Coahuila. Enero de 1998

José Antonio Torres Reyes

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