Leporino

Acaricio la cajetilla de cigarros. Pincho mi dedo en sus cuatro esquinas y decido fumar el último en toda mi vida. Lo clavo entre mis labios y al encender el cerillo veo, como en carrusel, las mejores estampas de nuestra fallida relación. Me detengo en la más luminosa: baño de baldosas verdes con dos tragaluces que lo cruzan por lo largo; Citlali saca el envuelto de papel aluminio que escondía en el dobladillo de su falda, analiza los dos cigarros y me da el menos maltratado. Me explica que primero debo pasar mi lengua por el filtro, o de lo contrario, puedo padecer la carraspera flemosa del maestro de historia. La cortina de su labio se abre y una serpiente sale a tocar la punta del cigarro, luego se dobla hacia atrás y desaparece. La imito torpemente. Ella ríe. Observo su boca con el asombro de la primera vez. Guarda el cigarro en su puño, se acerca a mí. Cuando siente el reflector del tragaluz iluminarle el rostro se detiene cerrando los ojos. El labio superior parece estar enganchado a un hilo invisible que lo levanta como holán sobre sus dos dientes frontales. Espera a que mi inspección termine mientras su gesto se frunce trágicamente, veo de pronto un rostro leporino, me espanto. Enciendo un cerrillo, abre sus ojos, me sonríe. Chupa su cigarro y saca el humo lentamente contra las franjas de luz. Estoy fascinada con el olor de las volutas al desenroscarse. Fumo. Al terminármelo pienso, igual que entonces, que no puede ser el último. Acaricio la cajetilla.

Ximena Peredo

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