La alameda

Un airecillo suave arrastraba en sus ondas, el perfume sutil de los naranjos y limoneros en flor. En la copa de los viejos álamos que ostentaban un nuevo follaje, gorjeaban la multitud de pequeñas aves canoras, pajaritos de los llamados “carrancistas”, tórtolas que parecían viejecitas juguetonas y a veces se oía el estentóreo grajido de un cuervo pasajero.

En el polvo de los senderos se dibujaban las sombras dadas por grandes y pequeños árboles y arbustos que inclinando sus ramas, se abrazaban cariñosamente. La risa fresca y jovial de los niños se mezclaba alegre con el rumor de la fuente, donde nadaban los patos, jugando al amor.

Así era, es y será esta alameda, que tantos recuerdos dio y dará a mi vida entera, recuerdos de mi niñez, de mi adolescencia aventurera y de los recuerdos más dulces, cuando al lado de mi niña, de mi niña tan morena, de la mano nos paseábamos por la fuente y las veredas.

Héctor González Reyes

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