El dios de la guerra

Vi al viejo dios de la guerra de pie en un lodazal, entre el precipicio y los peñascos.

Olía a cerveza y a alcohol y mostraba sus testículos a los adolescentes, pues había rejuvenecido gracias a sus diversos profesores. Con voz ronca de viejo lobo declaró que amaba a la juventud. Cerca de ahí estaba una mujer encinta, temblando.

Y sin vergüenza alguna siguió hablando y erigiéndose como el maestro del orden. Y describió cómo, en todas partes, al saquear los graneros, los dejaba en orden.

Y como quien arroja migajas a las golondrinas, alimentó a los pobres con migajas del pan que les había robado a los pobres.

A ratos subía la voz, a ratos la bajaba, pero su voz no dejaba de ser ronca.

En voz alta habló de las magníficas épocas por venir, y en voz baja les enseñó a las mujeres a cocinar cuervos y gaviotas. Mientras tanto, su espalda permanecía inquieta; miraba a su alrededor como si temiera ser apuñalado.

Y cada cinco minutos le aseguraba al público que no le robaría su tiempo.

Poema de Bertolt Brecht leído por Xavier Araiza

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