Isabella tiene dedos de Maquech

La noche del domingo 1 de junio la crucé escribiendo, sin dormir, en el cuarto 4416 de este hotel que está frente al Millenium Park. Lo puedes ver como a 200 metros del Museo de Arquitectura y a medio pulmón de la lujosa calle Magnificent Mile.

A la mañana siguiente sólo reuní fuerzas para llegar a tiempo al vuelo 1521 de American Airlines, útil para viajar de Chicago a San Luis Missouri y aterrizar a tiempo para desayunar.

El caso es que me desplomé junto a la ventanilla 19A y me disolví en un sueño sobre cebras y guepardos antes de despegar.

Estaba todo envuelto en mi sueño africano cuando algo de afuera me empezó a jalar; era el sonido de un chasquido tan suave que no sabía si era escuchado o imaginado.

No quería abrir los ojos, pues estaba muy muy muy cansado, de verdad, pero registraba cada medio minuto ese delicadísimo sonido “cick-click”… “cick-click”… “click-click”… Creo que no hay palabra en castellano para decir exactamente qué era, pero sonaba como cuando alguien tiene las uñas medio largas y las hace tronar una con otra, es un sonido muy específico, sólido pero suave.

Me resistía a abrir los ojos, pero sabía que el sonido venía del asiento al lado mío. Me quedé pensando mucho, escuchando cada cierto tiempo ese “click-click”…”click-click”… y entonces le di al clavo… Ese es el sonido que hace el escarabajo de Yucatán que se llama el Maquech. No se si lo conocen, es un escarabajo color madera que venden vivo en las tiendas de artesanías, le ponen en la espalda piedritas brillantes de fantasía y una cadenita, de modo que se cuelga –vivo– como prendedor. Antes decían que era símbolo de longevidad, que se alimentaba de aire y que vivía un siglo. La verdad, se alimenta de madera. Una vez, cuando éramos chicos, mi papá le regaló uno a Zuzú.

Era exactamente ese ruido extravagante, suavecito pero sólido, el que yo percibía dentro del avión, volando hacia esa ciudad junto al río Missisippi. Era el ruido del Maquech cortando la corteza delgada de madera que le sirve de alimento. Me sorprendí tanto que abrí los ojos y ¡¡¡pazzzz!!! ví este rostro, nunca imaginado antes, aceitunado, geométrico, con pestañas gigantes y cejas de un tono canela imposible de comparar. Era una mujer.

Me ardían los párpados por el desvelo y disimulé la inquietud que me trajo esta visión, pero el sonido se repitió una vez más. Entonces miré descaradamente. Busqué la fuente del chasquido y ví las dos manos de mi compañera de vuelo sosteniendo un libro de Kafka y ocasionalmente flexionando con tensión uno u otro dedo, tronando sus delgados huesos y provocando ese sonido singular.

La ví y me vio en un segundo perturbador. Tiene los ojos color café decafeindo. Pensé que se estaba encabronando por mi irrupción. Levanté mis dos manos y repetí el mismo movimiento que ella. Para mi sorpresa, el sonido de Maquech salió de mis huesos. Luego nos reímos y le conté en inglés la historia de esta joya maya, aprovechando cada segundo para aspirar su perfume –por cierto, es lo mejor que me ha pasado desde que recuperé el olfato–. Luego de hablar del escarabajo entramos a hablar del miedo al vacío u Horror vacui.

Ella se llama Isabella, es italiana, de Taormina, Sicilia, tres años menor que yo. Licenciada en filosofía y en periodismo. Viste mezclilla azul y botines color marfil, blusa de seda color perla, manga larga, botones al frente y cuello triangular; sueter negro y lentes para sol marca Carrera, aferrados a su cabello castaño. Hoy la voy a ver.

Isabella tiene dedos de Maquech y ella dice que yo también.

Antimio Cruz

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