La Valkiria

 (De la novela Susana Ortega de Fuentes)

 

Opuesto al Mario Antonio insensible que el raciocinio hacía desprender de los pesares de Susana, existía el otro Mario Antonio seductor de presencia varonil, con canas prematuras que le servían como pase de abordar entre cierto sector femenino, ameno y con ímpetus sensuales, quien guardaba como prenda preciosa en lo más íntimo de sus recuerdos un encuentro amoroso en Bogotá en el que se mostraba experto en el arte del galanteo y en la improvisación; prácticas a las que al decir de Susana era refractario.

 

Eran pasadas las doce de la noche. Al llegar al hotel apeteció una copa en el bar antes del baño tibio. Habría como veinte juerguistas en grupos pequeños situados cerca de la barra donde Mario Antonio tomó asiento. Un conjunto de piano, trompeta, batería y saxofón tocaba un “jazz” lento que lo atrapó de inmediato. Seguía el ritmo con ligeros movimientos del cuerpo mientras paladeaba el escocés en las rocas cuando sintió la necesidad de voltear hacia la parte más oscura del bar, al fondo, donde en una mesa apartada se perfilaba una cabellera rubia sobre un rostro femenino de formas indefinidas.

Un haz de luz daba un toque misterioso a la figura que se adivinaba bella e interesante. Estaba sola. Se quedó mirándola y ella se inclinó en un leve saludo-invitación al que Mario Antonio respondió de inmediato. Cruzó entre las mesas pero antes de llegar ella se irguió dejando entrever un rostro afilado y una figura de guitarra que le entusiasmaron. No mediaron palabras. Se le ajustó al cuerpo, ciñó la frágil figura y se dejaron llevar por la cadencia. «Olía a rosas» El contacto con su cuerpo duro y tibio avivó los perros dormidos de Mario Antonio, pero la penumbra, el total abandono de la desconocida en sus brazos y el ritmo cansino los mantuvo acurrucados en la mullida y confortable anatomía femenina, siempre al acecho. Terminada la melodía siguió otra y otras más, hasta la una y media de la mañana sin que hubieran dejado de sentirse unidos sin hablarse. No era necesario hacerlo, habían respondido al instinto animal sin proponérselo. Mario Antonio le preguntó al oído: «¿vamos?» Ella asintió con un leve movimiento.

 

A la luz del vestíbulo quedó asombrado de su belleza: ojos de intenso azul, nariz respingona, labios finos delineados y barbilla hendida. Veintiocho años cuando más y un ligero dejo de cansancio en la mirada.

 -No puedo ir más allá. -Se detuvo ella al llegar al  ascensor-. No me lo permiten. Has sido muy generoso. Gracias.

-Pero… ¿Por qué no?, -Preguntó intrigado Mario Antonio-. No me dirás que… Se detuvo justo antes de pronunciar la palabra denigrante.

-¿Si soy prostituta?, -completó ella divertida-. No, no lo soy. No me dejan otras personas ajenas al hotel. Te agradezco el interés pero no puedo seguir. -Y se dio media vuelta.

-Oye, -insistió Mario Antonio-. ¿Te podré ver mañana?

-Aquí estaré. -Dijo la enigmática mujer y regresó al bar a ocupar de nuevo su semi oscuro sitial.

Mario Antonio no pudo conciliar el sueño. Su mente evocaba indiscriminada la nariz respingona, el “jazz” inacabable, la negativa, el olor a rosas, la imagen fantasmagórica de la cabellera en penumbra, la afirmación, el cansancio de aquellos ojos azules, la excusa, la trompeta, los parroquianos indiferentes, la invitación, la promesa de mañana… «Sí, mañana… allí estaré».

 

Imposible que en la oficina pasara inadvertido el mal talante de Mario Antonio. Su ceño adusto, la mueca informe que sustituía su sonrisa habitual y la prisa no acostumbrada en él manifestada en el ‘sí, ¿qué más?’; ‘eso es todo’; ‘abreviemos’, inhibía a sus clientes habituados a su trato afable y los apuraba a concluir lo antes posible sus negociaciones. Mal disimulaba su ansiedad por el paso lento de las horas y por el desahogo de una agenda en apariencia interminable.

A las seis de la tarde, al fin, logró concluir la jornada y se encaminó a la barbería del hotel para el retoque que, según su experiencia, sería apreciado por la enigmática desconocida: corte de pelo, manicura, rasura y un masaje ligero en los músculos trapezoides y pectorales, así como en los parietales que sentía tensos. Pensó en una siesta para reponer energías pero la descartó por su creciente ansiedad y optó mejor por un baño tibio de tina que prolongó por una hora, con ensueños intermitentes distorsionados de su experiencia nocturna, en los que seducía implacable a la huidiza valkiria.

¿Quién era la misteriosa mujer? ¿Por qué permanecía sola en un bar a tan altas horas de la noche sin que nadie la importunara? ¿Sería la dueña del bar o la administradora? ¿Por qué le daría entrada durante casi dos horas de ensueño inolvidable para detenerse abruptamente en el último momento? ¿Quiénes le impedirían subir a las habitaciones, el reglamento interno del hotel o la advertencia de alguien que tuviera derechos sobre ella? Sea quien fuere la hermosa desconocida lo cierto era que había demostrado más que interés por Mario Antonio al permanecer unida a él gran parte de la noche.

Era una mujer de mundo, no le cabía duda, humanizada por aquel extraño dejo de tristeza.

Se acicaló con esmero sin poder apartar de su mente la mirada triste que desentonaba en aquel semblante bello que lo había atrapado. Escogió un traje de lino blanco y una corbata discreta en vivos violáceos. Aprobó la figura impoluta, esbelta y distinguida que le devolvió el espejo y salió radiante de la habitación. A las once de la noche llegó al bar que estaba lleno a su capacidad y en vano buscó a la rubia misteriosa.

-Tenemos una convención de vendedores de seguros de vida en el hotel y hoy es su último día. Nuestros clientes habituales nos disculpan en ocasiones como ésta pero mañana estarán aquí. -Fue la respuesta del barman entre el parloteo interminable de los parroquianos.

-¿Recuerdas a la señora rubia que estuvo anoche en aquella mesa? -Gritó para hacerse oír.

-¿A Viky? ¡Cómo no! Es nuestro talismán pero hoy no vino. Cuando tenemos eventos grandes ella desaparece. Mañana de seguro estará de nuevo con nosotros. -Y lo dejó de una pieza.

Se sintió ridículo con su elegancia inmaculada en medio de tanto currutaco advenedizo que parecían reír del plantón que le habían infligido. Salió apresurado hasta el vestíbulo y, dominando su primer impulso de regresar a su habitación (desvestirse, acostarse para sufrir alguna comedia televisiva de acedo humor gringo doblada al español), pidió al botones más cercano le consiguiera un taxi.

-Llévame a un buen bar. -Se escuchó decir.

-Con gusto, patrón, vamos al ‘Pepe’s, -contestó el chofer.

«No puedo creer lo que me está sucediendo, reconoció molesto. Que me ilusione con una cara bonita y decida conquistarla para llevarla a la cama, pasa. Pero violentarme y buscar un escape, algo que la sustituya al no encontrarla, está fuera de orden» Pero no rectificó. Llegó al Pepe’s, un bar pequeño, elegante, de alfombra roja y muros claros recamados en dorado, barra discreta, piano y de nueve a diez parroquianos. Tomó asiento junto a la barra y pidió ‘chivas en las rocas’. Uno, otro, otro y otro hasta perder la cuenta y empezar a navegar en el azul plúmbago de unos ojos tristes, enredado en una cabellera rubia que se desmadejaba hasta formar, con él en medio, un ovillo que se convertía luego en capullo, en crisálida, en mariposa azul triste de nariz respingona y barbilla hendida.

 

Le despertó de pronto el sonido insistente del teléfono que descolgó y contestó en automático. Oyó su voz ronca, lejana, desconocida.

-Son las siete de la mañana, Señor Fuentes -escuchó una voz melosa por el auricular-. Tenemos un día espléndido con 18 centígrados a la sombra. Esperamos lo disfrute. Baay…

«¿Qué ha pasado?» Se preguntó Mario Antonio al incorporarse en el lecho que aún no reconocía y tentar a su lado el trasero desnudo de una mujer dormida. Todo en su entorno parecía dar vueltas. Cerró los ojos para tratar de encontrar a su yo interno que creía perdido. Sentía náusea, sed y un fuerte dolor de cabeza. Se levantó para ir al baño y tuvo que volver a sentarse porque no se podía mantener en pie. ¿Qué había pasado? «¿Quién es esta mujer? Ayúdame a recordar, Dios mío, y haz que se me quite este mareo insoportable» Puso todo su empeño en forzar su memoria y no llegó más allá del nombre del barman, Ramón, que le aconsejaba prudente: «Las chivitas son muy buenas, patrón, pero hay que saber pastorearlas» Después sólo la mirada azul y la cabellera… volteó como impulsado por un resorte hacia la dormida desconocida y apreció entre las sábanas una cabellera oscura revuelta.

Un dejo de nostalgia y desencanto se sumó a su caudal emocional. Titubeante fue al baño y hasta entonces se percató que permanecía vestido con su traje de lino manchado de carmín. Miró en el espejo su figura deprimente, humillada, y sintió un estallido de rabia que le fue devolviendo poco a poco la razón. Se desvistió y tomó una ducha fría que le hizo temblar hasta recobrar el equilibrio. No recordaba mayor cosa del Pepe’s pero se había recuperado. Era él nuevamente: Mario Antonio Fuentes Díaz.

Despertó  con delicadeza a la mujer desconocida quien permanecía ofuscada aún por los vapores etílicos, la pasó al baño, la ayudó a vestirse y la puso en la puerta con cien dólares en la mano. Bajó al restaurante. Pidió zumo de toronja frío que apuró de un solo trago, y, otro vaso más grande con la aprobación benévola del maitre d’hotel. «Es inconcebible que no recuerde nada», continuaba su martirio, ajeno al trajinar continuo de meseros y comensales. Veía y escuchaba como a través de filtros que parecían distorsionar la realidad, volviendo grotescas, deformes a las personas y los objetos así como los sonidos que le parecían todos ásperos y graves. Se sentía hinchado, deforme, maltrechos estómago, garganta y cabeza que amenazaban con estallar.

-Si el señor lo desea puedo traerle un remedio efectivo para evitar su malestar, -escuchó apenas la voz solícita del maitre, y, a poco, ingería a sorbos un brebaje verdoso y amargo. Pidió un teléfono para cancelar su agenda del día, dejó veinte dólares al servicial mesero y regresó a su habitación para dormir el resto del día.

 

Mario Antonio despertó a las ocho de la noche con ímpetus nuevos. Repasó los acontecimientos a partir de su encuentro con la rubia del bar y concluyó que lo invertido hasta entonces le facultaba a buscarla una vez más. A las once de la noche volvió a cruzar las puertas del bar Imperial enfundado en un traje deportivo claro. Los mismos músicos, tal vez quince clientes diseminados en torno a la minúscula pista de parqué y, al fondo, la misma figura enigmática emergiendo de la penumbra. Se dirigió a ella de inmediato y

tomó asiento a su lado.

-Lamento  no haberte  encontrado  ayer  como acordamos -dijo a manera de saludo, al entregarle una orquídea amazónica. En la penumbra adivinó la sonrisa de agradecimiento.

-Gracias, es un gesto delicado. -La aceptó y la prendió a su pecho-. No vine ayer, por el tumulto. Dispénsame.

– ¿Quieres bailar?

El conjunto iniciaba una melodía acariciante.

-Preferiría platicar antes un poco si no tienes inconveniente.

-¿Para interrogarme? -Preguntó ella coqueta.

-No precisamente, diría mejor que para compartir tu atmósfera de misterio y alimentar un poco mi ego maltrecho con la envidia que despierte entre los asistentes.

Los parroquianos, ensimismados en sus particulares asuntos, parecían sin embargo ajenos a la pareja.

-Si así lo prefieres -contestó ella indiferente.

-Ayer un taxista me llevó al bar Pepe’s. ¿Lo conoces?

-Sí -respondió ella al instante-, es un lugar tranquilo. ¡No me dirás que tuviste algún problema! -Se interesó vivamente.

-No, en absoluto -dijo él, dueño del momento-. El problema fui yo que por alguna razón incomprensible me afectó de más no haberte encontrado, y bebí como un estúpido hasta embrutecerme. Bueno… creo que lo bruto lo traía desde antes. -La hizo reír-. Mi preocupación es no saber qué pasó después del octavo jaibol. No supe qué hice ni dónde estuve y, me apena confesarlo, desperté junto a una dama desnuda que para mi infortunio no tenía el pelo rubio (aceptó ella de buen grado la alusión con una incipiente sonrisa.) No sé dónde la recluté ni cómo, ni qué hicimos. Ella tampoco me dijo porque la despedí medio dormida cuando la descubrí esta mañana a mi lado. Perdóname estas confesiones en aparente fuera de lugar pero fueron motivadas por tu ausencia.

-¿Ahora yo soy la culpable? -Preguntó divertida.

-Total e irremediablemente culpable -Mario Antonio se puso solemne-. Y estás condenada a soportar en tiempo y forma al afectado y a ‘desfacer’ (como dicen los clásicos), las inconveniencias que tu ausencia me ha causado. Enumeremos: Primero, el mayor desencanto infligido a mi ego, quien al no poder soportar el desengaño se ha desquiciado actuando incoherente y se ha puesto una papalina de padre y señor mío. Segundo, eres culpable del malestar físico y mental sufrido por el afectado, al ingerir éste sin control bebidas espirituosas en exceso que en otras circunstancias no habría ingerido. Tercero, te es imputable también la distorsión de la libido del afectado al buscar por tu ausencia refugio en los brazos de una ‘Magdalena’ en ejercicio. Cuarto, eres culpable de mi falta laboral por este día y en consecuencia también de los posibles inconvenientes que me pudieran resultar por ello. En resumen, no tienes escapatoria posible esta noche. Has sido juzgada y sentenciada sin derecho a apelación.

-Podríamos convenir en que la ausencia de la acusada pudo ocasionarle dichos estropicios o más -le siguió ella la broma-, pero da la casualidad que ésta se ha presentado con un amparo de la autoridad judicial que mantiene en suspenso cualquier acción coercitiva en su contra. Por lo tanto, señor fiscal convertido en juez, jurado y afectado, son improcedentes sus argumentos y sanciones, lo conminamos mejor a la concertación pacífica de las partes si usted desea mantener alguna relación de entendimiento entre ellas.

Había empatado los cartones dando entrada de buen talante al galanteo de Mario Antonio. Éste, como perro de caza que olfatea la sangre de su presa, se aprestó de inmediato al ataque.

-Tiene usted toda la razón. Nada mejor que concertar. Distinguida dama -dijo solemne:- ¿Puedo llamarla Viky?

-No tengo inconveniente si así lo desea, aunque pudiera llamarme también Atenea, Melibea, Antonieta, Lucrecia, Juana o Domitila -prosiguió el juego.

-No, Viky es más propio, más cercano a la apócope de vikinga o de valkiria, que de cualquiera de ellas serías inmejorable embajadora. Viky, ¿sería mucho pedir que me destinaras la noche entera? -la acorraló con la pregunta directa.

El semblante hasta entonces relajado de la enigmática mujer se puso tenso, afilado, y se contrajeron sus arcos ciliares al aguzar la mirada. Sin perder compostura, ganada ya por la espontánea actitud de Mario Antonio, procuró sin embargo continuar el juego.

-Las concertaciones, señor, llevan siempre orden y método, no se vale quemar etapas. –Sentenció-. Su petición resulta prematura. ¿No le importaría bailar? –Se levantó decidida.

No admitía réplica su actitud y Mario Antonio la complació de inmediato. Se enlazaron los cuerpos moviéndose al ritmo de la melodía. Poco a poco se abandonó ella y descansó la cabeza en el hombro fuerte del varón. Algo en su actitud pasiva despertaba sentimientos de ternura en Mario Antonio. «¿Está tensa y temerosa o es sólo una falsa apreciación?» A una melodía siguieron otras… sus miembros se fueron amoldando como sus pensamientos al ritmo cansino que servía de pretexto para gozar los roces y el humor de sus cuerpos.

-¿Cuál es el número de tu habitación? -preguntó ella de improviso, al oído.

-El trescientos cuarenta y ocho, tercer piso. –Contestó él, también al oído.

-Déjame en la mesa y vete. Enseguida te alcanzo -dijo ella decidida.

Mario Antonio pagó la cuenta y salió. A los pocos minutos llegó ella presurosa. Sin mediar palabra le tendió los brazos y lo besó apasionada.

-No puedo hacer el amor. Sólo quiero disfrutar tus caricias -le advirtió al comenzar a desvestirse.

-Espera entonces. -La tomó por atrás apartándole el cabello para descubrir el fino cuello, mordisquear el lóbulo de sus orejas, aprisionar sus senos y bajar las manos hasta el pubis…

De improviso se abrió la puerta con violencia y entraron pistolas en mano dos hombres que lo apartaron con furia y lo encañonaron.

-¡No, déjenlo, él no tiene culpa! -Gritó la Valkiria, frenética.

-Está bien, -contestó uno de los gorilas-. Pero acompáñenos, por favor, señora. -Y se perdieron por el lóbrego pasillo.

Al día siguiente apareció una nota debajo de la puerta de la habitación de Mario Antonio: «Perdóname, soy la esposa de un poderoso traficante de drogas. Nunca te veré más. No me busques porque te harían daño. Recuérdame como yo te recordaré siempre. La Valkiria.»

Gregorio Sosa Sauri

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s


%d bloggers like this: