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El pájaro Toh

August 3, 2008

«Treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis…» se escuchaba en el segundo piso de la desfibradora de henequén, la voz atiplada de Gabriel Dávalos, quien con los ojos cerrados, vuelto hacia una de las paredes del cuarto de máquinas, contaba hasta cincuenta para después tratar de encontrar a sus siete compañeros de juego, antes que tocaran la columna central habilitada como base.

Oscurecía y apenas eran visibles las imágenes en movimiento de los muchachos, entre diez y doce años, que se escondían en armarios, en los quicios de las puertas, entre los rollos de pencas de henequén diseminados en el piso, o detrás de las columnas de madera que sostenían la techumbre de lámina del viejo edificio.

Al terminar de contar, Gabriel se volvió rápido hasta la columna central desde donde escudriñó los rincones y los lóbregos pasillos que desembocaban al amplio vestíbulo. Todo permanecía en silencio. Asido a la columna, giraba en torno a ella, aguzando los sentidos. Nada se movía. Pasaron dos largos minutos sin que escuchara sonido alguno, salvo el de los grillos que acentuaba su desesperante soledad.

Inquieto, sin despegarse de la columna, se escuchó gritar: «¿Dónde están? Los estoy esperando» Y continuó esforzándose por distinguir a sus amigos entre la oscuridad que se volvía más densa por momentos.  Nada los delataba y Gabriel comenzó a preguntarse qué pasaría. Sintió temor de la soledad, de las sombras, del silencio. Con la voz quebrada insistió: «¿Dónde están? Salgan» Pero no recibió respuesta.

Gabriel frisaba los diez años. Era delgado de complexión. Destacaba entre sus compañeros por su tez blanca, sus ojos aceitunados y su despierta imaginación que concebía escenarios fantásticos para ubicar sus aventuras que a todos cautivaban. Pero en aquel momento de soledad inesperada se sentía angustiado. Un sudor frío brotaba de su frente. ¿A dónde habían ido sus amigos?

Tenía la sensación que las sombras distorsionaban y volvían fantasmagóricos los objetos a su alrededor. Escudriñaba los sonidos que se amplificaban en su mente hasta desesperarlo. Escuchaba con especial lucidez el canto de los grillos, el leve y ocasional crepitar del edificio, el siseo apenas perceptible de la brisa. De pronto, como surgido de una magistral partitura, le pareció escuchar un sonido fuerte y grave de prolongada duración: -toooooooh- que le enchinó el cuerpo y le puso los pelos de punta. Se repitió dos, tres, hasta cinco veces el gutural sonido que lo dejó pasmado.

La soledad, la oscuridad, el sonido inesperado aunado al recuerdo de cuentos de aparecidos relatados por Juan Ihuit la noche anterior, lo hicieron bajar despavorido los escalones y correr sin detenerse hasta transponer las puertas de su casa. Llegó pálido, sudoroso, palpitante hasta la cocina donde su madre preparaba la cena y se sentó a la mesa sin delatar su presencia. Sentía como si fuera a salírsele del pecho el corazón agitado. Las sombras de la noche eran apartadas apenas por la luz amarillenta de la lámpara de petróleo, y Gabriel las escudriñaba angustiado, temiendo la aparición entre ellas del causante del estruendoso sonido. La voz tranquila de su madre lo sacó de sus meditaciones.

-¿Desde cuándo estás aquí? No te sentí llegar. Vienes sudoroso y pareces angustiado. ¿Qué tienes? –Lo interrogó ansiosa.

-No me pasa nada. –Respondió apresurado, tratando de mostrarse sereno. Ella, sin embargo, intuyó una nueva travesura de Gabriel. Su ánimo alterado la puso sobre aviso, predispuesta a una mortificación más. «¿Por qué será tan inquieto?» Se preguntó, y sin llegar a ninguna conclusión se dijo preferirlo así, lleno de vida y entusiasmo que pasivo o mediocre.

– Jugábamos a los encantados y corrí mucho, por eso vengo sudando.

Doña Laura sonrió y retornó a su interminable trajín. Gabriel permaneció intranquilo, absorto ante la oscuridad densa, escudriñándola con el morboso recelo (acaso también deseo) de ver aparecer tangible y horrible (porque forzosamente debería ser feo, abominable) el ser capaz de producir tan impresionante sonido. Nunca había escuchado algo similar ni recordaba que sus compañeros hubieran relatado asunto parecido. Cuando escuchó el impactante sonido en la desfibradora de henequén, le fue imposible ubicar su procedencia para identificar a su autor y nadie podría quitarle de la cabeza que quien fuera capaz de emitir semejante sonido, tendría que ser necesariamente algún ser enorme y deforme, una criatura sobrenatural, horrible, parecida tal vez a los monstruos de los relatos de Juan Ihuit.

Al establecer la referencia recordó a sus compañeros de juego, quienes al parecer habían desaparecido misteriosamente y no sabía de ellos. Se estremeció al pensar que pudieran haber sido presa del monstruo aquel que tan sonoramente se manifestara.  «¿Se los habrá comido?»  Su fantasía daba forma a los momentos dramáticos cuando el ser enorme (lo imaginaba ya de cinco metros y medio de altura, con piel rugosa y ojos flamígeros) moviéndose como en cámara lenta, caminaba detrás de sus amigos a quienes apresaba uno a uno con sus manazas y les masticaba la cabeza o algún otro miembro, descuartizándolos. Lo veía saboreándose y escurriendo sangre entre las comisuras de sus colmillos.

-¡Noooo! –Gritó horrorizado sin poderse contener, propiciando que doña Laura volteara presurosa y lo abordara apremiante.

-¿Qué sucede, Gabriel? ¿Te duele algo?

-No, mamá, -contestó de inmediato-. Imaginaba que un monstruo se comía a Juan y a Mario, y grité sin darme cuenta.

-¡Qué ocurrencias las tuyas! ¡Mírate, estás empapado… y tienes fiebre! –Dijo al tocar su frente llena de sudor-. ¿Qué te sucede, hijo? –Preguntó preocupada.

-Nada, mamá, no tengo nada. –Pretendió calmarla fingiendo una serenidad que no tenía.

Presa de la desesperación su madre no atinaba a comprender por qué su hijo parecía ausente y angustiado. ¿Qué le ocultaba? ¿Por qué sudaba copiosamente? En vano trataba de recordar algún indicio de enfermedad o dolencia con síntomas semejantes.

-¿Te mordió algún animal? ¡Dime, por Dios, qué te sucede! –Se desesperaba, mientras él buscaba en vano la excusa que pudiera tranquilizarla. Se resistía a decirle de sus aprensiones sobre el monstruo y menos de sus sospechas, hasta cierto punto fundadas, de que éste pudiera haber liquidado a sus compañeros.

-No tengo nada, no te preocupes. Corrí mucho y me siento muy cansado. -Pretendía actuar con indiferencia.  

-Hijo, sabes que puedo entender cualquier cosa, por grave que sea. Puedes confiar en mí. No me angusties con tu silencio. -Suplicaba doña Laura al borde de la desesperación. «¿Por qué las madres serán tan dramáticas e insistentes?» Se preguntaba incómodo Gabriel, al no saber qué contestarle. Él mismo no estaba seguro de lo acontecido. No le constaba nada, aparte del estruendo que creyó haber escuchado, y cualquier cosa que dijese podría enredar más su ya de por sí enredada percepción de los hechos. Sería, además, denigrante para él aceptar que actuaba por miedo. ¿Qué hacer? ¿Cómo dejar de sentir esa angustia y cómo explicarla sin salir tan mal librado?

-No tengo nada. No me pasa nada. ¿Me crees? -Se le acercó, le besó la mejilla como último recurso para convencerla, y logró su objetivo. Su madre lo atrajo hasta su regazo con la ternura única que sólo las madres saben prodigar en los momentos difíciles, y Gabriel se abandonó en ella hasta sentirse gratamente reconfortado.

 

 

Pasados aquellos primeros momentos de ansiedad y desasosiego, de pie en el umbral de su casa Gabriel observaba las escasas y dolientes luces que hendían la oscuridad, no más de diez, como luciérnagas trémulas atrapadas en los ventanales de las casas de el Chino, de Mario, de Don José Seba y de los demás vecinos que vivían en las inmediaciones del campo de béisbol. Eran las ocho de la noche. Nada se distinguía a más de diez pasos. Los contados transeúntes acostumbrados a los accidentes del camino, lo recorrían diligentes identificándose entre sí sólo por el sonido de sus pasos o por sus carraspeos repetidos para anunciar su presencia. Aparte de ellos y de los ocasionales mugidos del ganado, ningún sonido extraño interrumpía el interminable concierto de los grillos.

Todo parecía normal. Sin embargo la ansiedad se le agolpaba en el pecho pugnando por salir. Permanecía con la mirada fija en el horizonte repitiéndose mentalmente el sonido sordo que pretendía escuchar en el entorno y se confundía con sus palpitaciones cada vez más aceleradas: «toooooh, toooooh, toooooh» La imagen del gigante en movimiento con el que asociaba el sonido aparecía proyectada al fondo de la noche en ráfagas brillantes e intermitentes. Sudaba… Sabía que aquella proyección partía de su mente, pero se recreaba en ella con fascinación hasta fijarla por completo en la oscuridad.

Perdió la noción del tiempo y se entregó a su fantasía.  Imaginó ver cómo el monstruo llegaba hasta la casa de El Chino y penetraba en ella por la azotea de teja que se deshacía sin mayor resistencia debajo de sus pies. Buscaba entre los escombros hasta encontrar a los moradores maltrechos, los agarraba con sus manazas toscas y peludas, y saciaba con ellos su voraz apetito. Destruía a puntapiés las paredes y continuaba su marcha hasta la casa siguiente donde repetía su destructora actuación. ¿Cuándo cambiaría de rumbo para llegar hasta él, y cómo evadirlo?

No atinaba a responderse.  

¿Y si pudiera dominarlo? ¿Si lograra encontrar algún botón oculto en su cuerpo, una palanca, el interruptor que controlara sus pensamientos si los tuviera, y pudiera guiarlo para evitar que destruyera como hacía ahora? Tener un ser imponente como aquel a su servicio para realizar las agotadoras faenas de emparejar caminos, tender vías para los carruajes, transportar los fardos de henequén, pero sobre todo para pasearse montado en sus hombros y apreciar el paisaje desde esas alturas, ante el asombro y la envidia de sus compañeros… Tener en él a un amigo poderoso que le allanara sus dificultades, era una fantasía que se planteaba de pronto como posible y fascinante. ¿Quién otro podría tener un monstruo a su servicio? Nadie, sólo él. Y contempló cómo se desvanecía de entre las sombras la subyugante figura ennoblecida ya por su posible disposición a ayudarlo.

¿Habría en verdad un monstruo merodeando Kanachén o era un alma en pena quien produjo el estruendo? Juan Ihuit decía que los aparecidos gustaban de las noches oscuras como aquella para llamar la atención de los humanos, y se manifestaban de diferentes formas. Unas veces como personas enfundadas en túnicas blancas deshilachadas, flotando

entre los árboles, precedidos de gritos lastimeros. Aunque también en forma de animales salvajes como perros negros con intensos ojos rojos y fauces babeantes. Algunas veces era en la figura de Luzbel, con cuernos y cola puntiaguda, tratando de seducir a incautos con promesas de riquezas fabulosas. Otras más como repugnantes muertos en descomposición, deambulando sin rumbo, en continua pena.

¿Cómo se le podrían presentar esa noche? Se estremeció ante la posibilidad de verlos en cualquiera de las formas imaginadas. Una leve brisa fría agudizó su percep-ción del entorno. Su madre continuaba en la cocina y él se sentía más solo cuanto más se adentraba en sus ensueños.

 

 

«Lo que buscas no está en las sombras de la noche, cierra los ojos y lo tendrás de inmediato. Tu invocación ha sido escuchada. Déjate conducir… relájate» Se sorprendió de sus pensamientos que no atinaba a comprender si eran suyos de verdad o se los dictaban. ¿Pero quién? «Relájate» insistió la voz interior. Pero le era imposible hacerlo cuando todos sus sentidos estaban tensos, excitados de más.

 

Permanecía con la mirada fija al frente, taladrando la oscuridad, obsesionado en descubrir al ser aquel de quien sólo conocía la voz. ¿Lo había escuchado en verdad o sólo lo había

imaginado? «Relájate»  «¿Y qué sucederá si lo hago?» Se preguntó de inmediato al establecer una comunicación mental consigo mismo. ¿Era consigo mismo?  «Y con quién más habría de ser» Se contestaba.  «Conmigo, con quien soy y en quien te niegas a creer» «¿Eres el diablo acaso?» «Podría ser. ¿Te gustaría que lo fuera?»  «Nooo!» Lo interrumpió con vehemencia. «¿Por qué no? No cualquiera tiene el privilegio de escucharme ni la oportunidad de saber sobre las cosas ocultas que siempre han intrigado a los humanos»

 

¿Qué era aquello? ¿De dónde provenía la voz que sentía suya pero que no correspondía a sus pensamientos? Su escaso conocimiento de ‘cosas del más allá’ lo descalificaban para un diálogo semejante, y menos en su mente.

«No te martirices. No eres tú sino yo quien habla, escuchó nuevamente. Sé que anhelas conocer la ciudad pero tus padres no han podido cumplirte ese deseo. Yo podría volverlo realidad si quisieras»

«No, no, yo no puedo pensar ni en el diablo ni en cosa que se le parezca; Cruz, Cruz, que se vaya el diablo y venga Jesús» Repitió exaltado. Gabriel movió hacia todos lados la cabeza con intención de apartar de su mente aquellos pensamientos insanos. Estiró los brazos, dio pequeños saltos, parpadeó insistente y se sintió de nuevo en dominio de su persona.

Aquella voz no era más que una mala pasada que se hacía a sí mismo para tratar de explicarse los momentos de pánico sufridos minutos antes en la desfibradora, y que inexplicablemente se prolongaban de más. O al menos así era más conveniente creerlo. La vida no contenía, no podía contener ese tipo de experiencias que Juan Ihuit relataba de continuo y que parecían asaltarlo cuando más necesitaba tranquilidad para desentrañar el misterio.

¿Qué sucedía? Nunca antes había experimentado ansiedad semejante. Él era (al menos había sido hasta esa misma tarde) un niño feliz, espontáneo, a quien no preocupaban misterios ni embrujos. Pero ahora parecía embrujado.

Lanzó una última mirada a las luces distantes y regresó a su asiento en la cocina. Doña Laura permanecía en su inacabable labor, pero atenta a los movimientos de su hijo.

-¿Te sientes mejor? -Preguntó al reanudar el diálogo interrumpido.

-Sí, mamá, la brisa me ha refrescado. Ya no sudo.

-Me quitas un peso de encima. Llegaste muy alterado y supuse que te habrían golpeado o, peor aún, que te hubiera mordido algún animal.-

-No, mamá, venía sudando -se sinceró- porque oí un sonido fuerte y raro en la desfibradora que me asustó mucho.

-¿Un sonido raro? -Se interesó doña Laura- ¿Cómo era?

-Muy fuerte, y se repitió por todo el segundo piso de la desfibradora. Lo escuché hasta cinco veces en la oscuridad como si viniera de otro mundo. Se oía así: (Gabriel enlazó sus manos hasta formar con ellas un cono y las pegó a sus labios para amplificar el sonido) «toooooooh» «toooooooh» «toooooooh». -Imitó el sonido que lo había paralizado.

-¡Ah!, vamos, -exclamó divertida su madre-. Escuchaste el canto del pájaro Toh que vive en la noria del corral. Es un pájaro hermoso que siempre canta al alba, a medio día y al anochecer. Es del tamaño de un loro y su plumaje brillante, de color verde azuloso o azul verdoso. Tiene dos largas plumas en la cola, rematadas en un círculo blanco cada una de ellas, como si fueran dos ojos que mueve como el péndulo de un reloj. No es un pájaro malo, sólo misterioso y escurridizo. Su canto recuerda al hombre que debe agradecerle al dios Chac sus bendiciones cotidianas.

El semblante de Gabriel fue tranquilizándose conforme se adentraba en el relato de su madre y encontraba la explicación lógica al sonido que tanto le mortificara. Se sintió defraudado al pensar que llegó a imaginar a su autor como un monstruo de cinco metros de alto o como el diablo, cuando apenas era un pájaro insignificante, por lo que cuestionó de nueva cuenta a doña Laura.

-¿Estás segura? Yo no creo que un pájaro pueda hacer el ruido que escuché, tan fuerte y tan grave: «toooooooh» -volvió a producirlo.

-Sí, estoy segura. Pero no es tan estruendoso su canto, es más bien áspero, tal vez enigmático, inesperado, distinto a los trinos de los pajarillos, pero no tan impresionable como dices. Creo que estabas perturbado por alguna otra causa y por eso te pareció intenso. Si quieres, mañana podríamos escucharlo al amanecer, junto a la noria. ¿Despertarías?-

-¡Claro que sí! -Exclamó jubiloso-. ¿Tú lo has visto? -Volvió a preguntar.

-Sí, varias veces, cuando tu papá nos ha llevado al cenote Chel há.

-¿Por qué yo no lo he visto?

-La última vez que fuimos a ese cenote tú eras muy pequeño. No creo que recuerdes mayor cosa.

-¿Cómo es el cenote? -Preguntó interesado, y su madre comenzó la descripción de aquel lugar que se antojaba mágico a la fantasía del niño y disipaba su angustia que lo había hecho soñar con el monstruo y los aparecidos:

-En el principio, cuando los hombres aún no aprendían el arte de la alfarería y carecían de vasijas para guardar el agua que el dios Chac les enviaba desde el cielo, éste ordenó a la naturaleza a través de un conjuro, abrir oquedades en las piedras para formar las sartenejas donde pudiera almacenarse el líquido. Así se hizo y los hombres acudieron a ellas agradecidos, a calmar su sed.

-Pero allí bebían también las fieras y pronto las sartenejas resultaron lugares peligrosos, donde seguido encontraban la muerte los seres más débiles. Animales pequeños, hombres descuidados, niños y mujeres morían destrozados por los animales salvajes. No era eso lo que el dios Chac quería para sus hijos de la tierra. Él pretendía beneficiarlos y las sartenejas habían propiciado el fin de muchos de ellos.

-Entonces, en otro momento de inspiración, el dios Chac expresó un conjuro más prolongado y la tierra se abrió en algunas partes hasta exponer sus entrañas por las cuevas inmensas llamadas cenotes. Éstos ponían a disposición del hombre y sus familias manantiales subterráneos donde tendrían privacidad y estarían protegidos de las fieras y alimañas. El hombre vivió tranquilo, a salvo desde entonces, y pidió al dios Chac un recordatorio para agradecerle sus bondades.

-Éste ordenó entonces al pájaro Toh que hiciera sus nidos en las hendeduras de los cenotes y cantara al amanecer, a medio día y al ponerse el sol, para recordarle al hombre que a esas horas debería agradecerle por el agua.-

Gabriel estaba fascinado. Su despierta imaginación lo remontó de inmediato en el tiempo hasta situarlo como personaje central de una tribu que habitaba una caverna. Se vio de pie con los brazos cruzados ante un centenar de súbditos aborígenes, luciendo un penacho de plumas vistosas y una capa de piel atigrada. Al escuchar desde las profundidades de la caverna el canto del pájaro Toh, se hincó para rendir pleitesía al dios Chac y sus súbditos lo imitaron: «Somos tus hijos, venerable Chac, quienes te invocamos para cumplir tu mandato. Gracias te damos, ¡Oh, Gran Señor!, por habernos resguardado de las fieras y por entregarnos este manantial que sacia nuestra sed y nos mantiene limpios. Te prometemos cuidarlo siempre y venerarte por tu bondad» Juró solemne junto a la hoguera que mantenía cálido el ambiente y alejaba a las fieras y alimañas. Su rostro abstraído hizo sonreír a mamá Laura.

-¿Ya estás soñando de nueva cuenta, Gabriel? –Y lo volvió a la realidad con el beso de las buenas noches.

-Ya quedamos, mamá, me despiertas a las cinco de la mañana. Espero que no se te olvide. -Recordó al retirarse a su habitación, mientras doña Laura apagaba la luz del quinqué. La oscuridad de la noche los envolvió de nuevo en sus aposentos y el silencio se agigantó, acotado apenas por el canto de los grillos.

La noche se volvió más densa y cubrió el pequeño poblado de Kanachén. Desde las alturas, donde seguramente los observaba el dios Chac, sólo se percibían pequeños puntos amarillos, como luciérnagas fijas en cada uno de los hogares.

 

 

 

Acostado en su hamaca, Gabriel dio rienda suelta a sus ensueños prehistóricos. Se vio de nueva cuenta ante sus súbditos que no eran otros sino sus compañeros de juego: Juan Ihuit, el de mayor edad que recién había cumplido los trece años y relataba siempre cuentos de aparecidos y almas en pena, era el brujo de la cara blanquecina, ataviado con una piel negra de cabra y collares de guijarros de colores en el cuello, brazos y tobillos que (con un fémur humano en la diestra) describía círculos en el aire, alrededor del gran jefe, mientras emitía sonidos guturales ininteligibles.

Carlos, su mejor amigo, de su misma edad y similar estructura física, en ese sueño fantástico lucía avejentado pero noble, envuelto en una piel blanca de cabra. Era el padre de Azul (prima de Gabriel en la vida real, de apenas ocho años), la joven más agraciada del conglomerado. Ella vestía una túnica confeccionada de ayate y pétalos azul plúmbago. Era la sacerdotisa encargada de alimentar con copal los sahumadores, para aromar la gran caverna durante las ceremonias.

El Chino, su rival eterno en los juegos cotidianos de la hacienda, mocetón de once años, moreno, de pelo hirsuto y negro como sus ojos pequeños y agudos, de frente angosta y mandíbula prominente, era el rebelde del clan. En su fantasía, Gabriel lo identificaba con el nombre de Chon, quien se negaba a cumplir los mandatos del dios Chac. Se mantenía a distancia en el extremo opuesto del cenote, al frente siempre de seis seguidores incondicionales. Una piel negra enredada en la cintura cubría su desnudez y destacaba su incipiente musculatura.

Ernesto, Mario, Antonio, Pedro y Dionisio, los amigos más cercanos a Gabriel capitaneaban los guerreros del clan. Llevaban como distintivo una pluma de faisán sujeta a la cabeza con una diadema de cuero del mismo color de sus taparrabos.

Concluida la ceremonia, el jefe tomó asiento en el trono, una gran piedra plana situada en la parte superior de la caverna desde donde dominaba hasta las rendijas más ocultas. Llegó hasta él Mario (que respondía al nombre de Mar), quien después de hacer una reverencia le dijo unas palabras al oído.

El jefe volteó contrariado hacia el grupo capitaneado por Chon (que permanecía apostado a la entrada de la caverna), levantó su mano diestra empuñada y lanzando un grito estruendoso bajó corriendo a su encuentro, seguido de su séquito preparado para la contienda. Con el impulso que llevaba se abalanzó sobre Chon y rodaron ambos por el suelo, observados por los integrantes de los dos bandos que tomaron posiciones.

El jefe y Chon permanecieron luchando, golpeándose con manos, rodillas y pies, girando siempre, revolcándose tomados del cabello y mordiéndose, arañándose, tratando de dañarse lo más posible. Así permanecieron por varios minutos sin levantarse hasta que sus fuerzas mermaron y dejaron de moverse, pero sin soltarse.

«Ha, ha, haaaaa» gritaba Gabriel, cuando de repente sintió a su madre que lo abrazaba y le decía con ternura:

-Cálmate, hijo, es sólo una pesadilla. Despierta, despierta… -Y lo acunaba en su regazo. Gabriel abrió los ojos rojos, exaltados, y se asombró de encontrarse en los brazos de mamá Laura y no enredado con el chino Chon.

-¿Qué soñabas? -Preguntó cariñosa mientras acariciaba los cabellos revueltos de su hijo, tratando de calmarlo.

-Peleaba con el Chino porque no quería hincarse ante el dios Chac cuando le dábamos las gracias por el agua y el cenote. -Respondió entornando los ojos y volviendo a sumirse en aquel agitado sueño. Doña Laura sonrió y lo arropó, segura que continuaría prendido a su fantasía.

«Aaahoooo, aho, aho; aaahoooo, aho, aho» Gritaban entusiasmados los integrantes del clan, levantando los brazos empuñados y danzando alrededor de los contendientes, sabedores que de ese encuentro surgiría un nuevo monarca o se consolidaría el mandato de Gabriel.

Perpetuados en aquel desesperado abrazo, jadeando, revolviéndose, con el último aliento el jefe logró soltarse de su adversario y tomándolo de los cabellos aporreó su cabeza contra el suelo una y otra vez, hasta dejarlo inconsciente.

Soltó el cuerpo exánime y dejó escapar un grito ensordecedor mientras sus partidarios lo imitaban, lo levantaban sobre sus cabezas en triunfo y lo paseaban por la caverna mientras los partidarios de Chon el Chino, cabizbajos, arrastraban a éste fuera de la cueva.

A partir de entonces, durante la noche, todos danzaron alrededor de la fogata festejando el triunfo de su jefe.

 

 

 

La mañana se anunciaba en el canto de los gallos y en el débil resplandor del horizonte, fresca, legañosa, cuando mamá Laura despertó a Gabriel minutos antes de las seis.

-Levántate, hijo, tenemos poco tiempo para escuchar el canto del pájaro Toh. Vístete pronto.-

Gabriel se incorporó de inmediato al escuchar el nombre del causante de sus miedos. El recuerdo de aquel sonido tosco y lacerante más asemejado al lamento de un alma en pena que a los trinos armoniosos de las aves, leves y frágiles, lo puso en movimiento. Se vistió presuroso, se despabiló con el agua fresca que se echó en la cara y llegó radiante hasta su madre.

-Ya estoy listo. ¿Vamos? -Preguntó animoso.

-Vamos. -Respondió doña Laura.

Tomados de la mano cubrieron los escasos cien metros que los separaban del corral. Llegaron al portón, levantaron la pesada aldaba, abrieron y penetraron topándose con cientos de reses de todos tamaños echadas en el suelo, resoplando y mugiendo algunas, pero las más calmadas y rumiando.

El fuerte humor del ganado y el estiércol los detuvo de momento. Era arriesgado aventurarse a pasar por en medio de los animales, no por su bravura sino porque al ser tantos fácilmente podrían tropezar con alguno y caer, y ser aplastados por aquellas imponentes moles de carne. Optaron por bordear hacia la izquierda, avanzando despacio a escasos centímetros de la barda, inclinándose a veces sobre alguna res echada, hasta llegar al muro blanco que circundaba la noria.

Aguardaron en silencio. Sus corazones latían agitados más por encontrarse a escasos centímetros de los cuernos puntiagudos del ganado, que los movían impensada-mente, que por el esfuerzo hecho para llegar.

Se recargaron en el muro y esperaron pacientes. Los ojos vivaces de Gabriel escudriñaban las ramas de los árboles que se perdían entre la penumbra, en busca del enigmático pájaro Toh. Volteaba también, inquieto, hacia uno u otro lado del corral, gozando el espectáculo del mar de testas puntiagudas y la morbosa emoción de verse situado entre ellas.

Poco a poco fueron definiéndose los objetos del paisaje y el ganado comenzó a inquietarse. Mamá Laura, sonriente, estoica, soportando los penetrantes humores, el pavor que le producían las enormes agujas cuatas de las astas en movimiento continuo, miraba con ternura el arrobamiento de su hijo y esperaba ansiosa que no le defraudara el alado morador de la noria.

Gabriel permanecía expectante, atento a todos los sonidos, cuando de pronto surgió de las entrañas de la noria el gutural sonido esperado: «tooooooh», que le iluminó el rostro y le hizo encaramarse de un salto sobre el muro contenedor, para tratar de ver en las profundidades al misterioso personaje alado.

-No, espera, -lo detuvo su madre-. No hagas ruido, déjalo cantar libremente, después saldrá a la luz del día. Ten paciencia y no te muevas.

El pájaro dejó escapar sus guturales lamentos ocho, nueve veces, y salió después majestuoso a posarse en una rama justo encima de la pareja. Los primeros rayos del sol se quebraron en su brillante plumaje verde azuloso, y el pájaro expandió el pecho para liberar una vez más su sonido peculiar.

Gabriel permanecía arrobado, hipnotizado por la majestuosidad de aquel pequeño ser mitológico que, ceremonioso, movía su larga y reluciente cola como el péndulo de un reloj.

Los minutos pasaban insensibles para el niño que permanecía estático, embelesado ante su nuevo descubrimiento, cuando desde el lado opuesto se escuchó otro canto gutural. Gabriel volteó el rostro y en su mente se dibujó una vez más la imagen tosca y terrible del monstruo de la noche anterior.

Mamá Laura dijo relajada:

-Es otro pájaro Toh que también saluda al sol esta mañana.

¿Sería?

 

Glosario

Henequén: Variedad de agave o sisal.

Penca de henequén: Hoja carnosa de la planta.

Dios Chac: En la mitología maya, dios de la lluvia, dios del agua.

Cenote: Cavidad subterránea, caverna, gruta con manantial.

Chel Há: Palabra maya; se traduce como “agua clara”.

Hamaca: Red que cuelga por los extremos y sirve de cama y columpio en ciertos países.

Ayate: Manta rala de maguey. 

Copal: Resina que se extrae de diversos árboles de las regiones tropicales. Sirve como incienso.

Sahumador: Perfumador, vaso para quemar perfumes.

 

Gregorio Sosa Sauri

La Valkiria

August 3, 2008

 (De la novela Susana Ortega de Fuentes)

 

Opuesto al Mario Antonio insensible que el raciocinio hacía desprender de los pesares de Susana, existía el otro Mario Antonio seductor de presencia varonil, con canas prematuras que le servían como pase de abordar entre cierto sector femenino, ameno y con ímpetus sensuales, quien guardaba como prenda preciosa en lo más íntimo de sus recuerdos un encuentro amoroso en Bogotá en el que se mostraba experto en el arte del galanteo y en la improvisación; prácticas a las que al decir de Susana era refractario.

 

Eran pasadas las doce de la noche. Al llegar al hotel apeteció una copa en el bar antes del baño tibio. Habría como veinte juerguistas en grupos pequeños situados cerca de la barra donde Mario Antonio tomó asiento. Un conjunto de piano, trompeta, batería y saxofón tocaba un “jazz” lento que lo atrapó de inmediato. Seguía el ritmo con ligeros movimientos del cuerpo mientras paladeaba el escocés en las rocas cuando sintió la necesidad de voltear hacia la parte más oscura del bar, al fondo, donde en una mesa apartada se perfilaba una cabellera rubia sobre un rostro femenino de formas indefinidas.

Un haz de luz daba un toque misterioso a la figura que se adivinaba bella e interesante. Estaba sola. Se quedó mirándola y ella se inclinó en un leve saludo-invitación al que Mario Antonio respondió de inmediato. Cruzó entre las mesas pero antes de llegar ella se irguió dejando entrever un rostro afilado y una figura de guitarra que le entusiasmaron. No mediaron palabras. Se le ajustó al cuerpo, ciñó la frágil figura y se dejaron llevar por la cadencia. «Olía a rosas» El contacto con su cuerpo duro y tibio avivó los perros dormidos de Mario Antonio, pero la penumbra, el total abandono de la desconocida en sus brazos y el ritmo cansino los mantuvo acurrucados en la mullida y confortable anatomía femenina, siempre al acecho. Terminada la melodía siguió otra y otras más, hasta la una y media de la mañana sin que hubieran dejado de sentirse unidos sin hablarse. No era necesario hacerlo, habían respondido al instinto animal sin proponérselo. Mario Antonio le preguntó al oído: «¿vamos?» Ella asintió con un leve movimiento.

 

A la luz del vestíbulo quedó asombrado de su belleza: ojos de intenso azul, nariz respingona, labios finos delineados y barbilla hendida. Veintiocho años cuando más y un ligero dejo de cansancio en la mirada.

 -No puedo ir más allá. -Se detuvo ella al llegar al  ascensor-. No me lo permiten. Has sido muy generoso. Gracias.

-Pero… ¿Por qué no?, -Preguntó intrigado Mario Antonio-. No me dirás que… Se detuvo justo antes de pronunciar la palabra denigrante.

-¿Si soy prostituta?, -completó ella divertida-. No, no lo soy. No me dejan otras personas ajenas al hotel. Te agradezco el interés pero no puedo seguir. -Y se dio media vuelta.

-Oye, -insistió Mario Antonio-. ¿Te podré ver mañana?

-Aquí estaré. -Dijo la enigmática mujer y regresó al bar a ocupar de nuevo su semi oscuro sitial.

Mario Antonio no pudo conciliar el sueño. Su mente evocaba indiscriminada la nariz respingona, el “jazz” inacabable, la negativa, el olor a rosas, la imagen fantasmagórica de la cabellera en penumbra, la afirmación, el cansancio de aquellos ojos azules, la excusa, la trompeta, los parroquianos indiferentes, la invitación, la promesa de mañana… «Sí, mañana… allí estaré».

 

Imposible que en la oficina pasara inadvertido el mal talante de Mario Antonio. Su ceño adusto, la mueca informe que sustituía su sonrisa habitual y la prisa no acostumbrada en él manifestada en el ‘sí, ¿qué más?’; ‘eso es todo’; ‘abreviemos’, inhibía a sus clientes habituados a su trato afable y los apuraba a concluir lo antes posible sus negociaciones. Mal disimulaba su ansiedad por el paso lento de las horas y por el desahogo de una agenda en apariencia interminable.

A las seis de la tarde, al fin, logró concluir la jornada y se encaminó a la barbería del hotel para el retoque que, según su experiencia, sería apreciado por la enigmática desconocida: corte de pelo, manicura, rasura y un masaje ligero en los músculos trapezoides y pectorales, así como en los parietales que sentía tensos. Pensó en una siesta para reponer energías pero la descartó por su creciente ansiedad y optó mejor por un baño tibio de tina que prolongó por una hora, con ensueños intermitentes distorsionados de su experiencia nocturna, en los que seducía implacable a la huidiza valkiria.

¿Quién era la misteriosa mujer? ¿Por qué permanecía sola en un bar a tan altas horas de la noche sin que nadie la importunara? ¿Sería la dueña del bar o la administradora? ¿Por qué le daría entrada durante casi dos horas de ensueño inolvidable para detenerse abruptamente en el último momento? ¿Quiénes le impedirían subir a las habitaciones, el reglamento interno del hotel o la advertencia de alguien que tuviera derechos sobre ella? Sea quien fuere la hermosa desconocida lo cierto era que había demostrado más que interés por Mario Antonio al permanecer unida a él gran parte de la noche.

Era una mujer de mundo, no le cabía duda, humanizada por aquel extraño dejo de tristeza.

Se acicaló con esmero sin poder apartar de su mente la mirada triste que desentonaba en aquel semblante bello que lo había atrapado. Escogió un traje de lino blanco y una corbata discreta en vivos violáceos. Aprobó la figura impoluta, esbelta y distinguida que le devolvió el espejo y salió radiante de la habitación. A las once de la noche llegó al bar que estaba lleno a su capacidad y en vano buscó a la rubia misteriosa.

-Tenemos una convención de vendedores de seguros de vida en el hotel y hoy es su último día. Nuestros clientes habituales nos disculpan en ocasiones como ésta pero mañana estarán aquí. -Fue la respuesta del barman entre el parloteo interminable de los parroquianos.

-¿Recuerdas a la señora rubia que estuvo anoche en aquella mesa? -Gritó para hacerse oír.

-¿A Viky? ¡Cómo no! Es nuestro talismán pero hoy no vino. Cuando tenemos eventos grandes ella desaparece. Mañana de seguro estará de nuevo con nosotros. -Y lo dejó de una pieza.

Se sintió ridículo con su elegancia inmaculada en medio de tanto currutaco advenedizo que parecían reír del plantón que le habían infligido. Salió apresurado hasta el vestíbulo y, dominando su primer impulso de regresar a su habitación (desvestirse, acostarse para sufrir alguna comedia televisiva de acedo humor gringo doblada al español), pidió al botones más cercano le consiguiera un taxi.

-Llévame a un buen bar. -Se escuchó decir.

-Con gusto, patrón, vamos al ‘Pepe’s, -contestó el chofer.

«No puedo creer lo que me está sucediendo, reconoció molesto. Que me ilusione con una cara bonita y decida conquistarla para llevarla a la cama, pasa. Pero violentarme y buscar un escape, algo que la sustituya al no encontrarla, está fuera de orden» Pero no rectificó. Llegó al Pepe’s, un bar pequeño, elegante, de alfombra roja y muros claros recamados en dorado, barra discreta, piano y de nueve a diez parroquianos. Tomó asiento junto a la barra y pidió ‘chivas en las rocas’. Uno, otro, otro y otro hasta perder la cuenta y empezar a navegar en el azul plúmbago de unos ojos tristes, enredado en una cabellera rubia que se desmadejaba hasta formar, con él en medio, un ovillo que se convertía luego en capullo, en crisálida, en mariposa azul triste de nariz respingona y barbilla hendida.

 

Le despertó de pronto el sonido insistente del teléfono que descolgó y contestó en automático. Oyó su voz ronca, lejana, desconocida.

-Son las siete de la mañana, Señor Fuentes -escuchó una voz melosa por el auricular-. Tenemos un día espléndido con 18 centígrados a la sombra. Esperamos lo disfrute. Baay…

«¿Qué ha pasado?» Se preguntó Mario Antonio al incorporarse en el lecho que aún no reconocía y tentar a su lado el trasero desnudo de una mujer dormida. Todo en su entorno parecía dar vueltas. Cerró los ojos para tratar de encontrar a su yo interno que creía perdido. Sentía náusea, sed y un fuerte dolor de cabeza. Se levantó para ir al baño y tuvo que volver a sentarse porque no se podía mantener en pie. ¿Qué había pasado? «¿Quién es esta mujer? Ayúdame a recordar, Dios mío, y haz que se me quite este mareo insoportable» Puso todo su empeño en forzar su memoria y no llegó más allá del nombre del barman, Ramón, que le aconsejaba prudente: «Las chivitas son muy buenas, patrón, pero hay que saber pastorearlas» Después sólo la mirada azul y la cabellera… volteó como impulsado por un resorte hacia la dormida desconocida y apreció entre las sábanas una cabellera oscura revuelta.

Un dejo de nostalgia y desencanto se sumó a su caudal emocional. Titubeante fue al baño y hasta entonces se percató que permanecía vestido con su traje de lino manchado de carmín. Miró en el espejo su figura deprimente, humillada, y sintió un estallido de rabia que le fue devolviendo poco a poco la razón. Se desvistió y tomó una ducha fría que le hizo temblar hasta recobrar el equilibrio. No recordaba mayor cosa del Pepe’s pero se había recuperado. Era él nuevamente: Mario Antonio Fuentes Díaz.

Despertó  con delicadeza a la mujer desconocida quien permanecía ofuscada aún por los vapores etílicos, la pasó al baño, la ayudó a vestirse y la puso en la puerta con cien dólares en la mano. Bajó al restaurante. Pidió zumo de toronja frío que apuró de un solo trago, y, otro vaso más grande con la aprobación benévola del maitre d’hotel. «Es inconcebible que no recuerde nada», continuaba su martirio, ajeno al trajinar continuo de meseros y comensales. Veía y escuchaba como a través de filtros que parecían distorsionar la realidad, volviendo grotescas, deformes a las personas y los objetos así como los sonidos que le parecían todos ásperos y graves. Se sentía hinchado, deforme, maltrechos estómago, garganta y cabeza que amenazaban con estallar.

-Si el señor lo desea puedo traerle un remedio efectivo para evitar su malestar, -escuchó apenas la voz solícita del maitre, y, a poco, ingería a sorbos un brebaje verdoso y amargo. Pidió un teléfono para cancelar su agenda del día, dejó veinte dólares al servicial mesero y regresó a su habitación para dormir el resto del día.

 

Mario Antonio despertó a las ocho de la noche con ímpetus nuevos. Repasó los acontecimientos a partir de su encuentro con la rubia del bar y concluyó que lo invertido hasta entonces le facultaba a buscarla una vez más. A las once de la noche volvió a cruzar las puertas del bar Imperial enfundado en un traje deportivo claro. Los mismos músicos, tal vez quince clientes diseminados en torno a la minúscula pista de parqué y, al fondo, la misma figura enigmática emergiendo de la penumbra. Se dirigió a ella de inmediato y

tomó asiento a su lado.

-Lamento  no haberte  encontrado  ayer  como acordamos -dijo a manera de saludo, al entregarle una orquídea amazónica. En la penumbra adivinó la sonrisa de agradecimiento.

-Gracias, es un gesto delicado. -La aceptó y la prendió a su pecho-. No vine ayer, por el tumulto. Dispénsame.

– ¿Quieres bailar?

El conjunto iniciaba una melodía acariciante.

-Preferiría platicar antes un poco si no tienes inconveniente.

-¿Para interrogarme? -Preguntó ella coqueta.

-No precisamente, diría mejor que para compartir tu atmósfera de misterio y alimentar un poco mi ego maltrecho con la envidia que despierte entre los asistentes.

Los parroquianos, ensimismados en sus particulares asuntos, parecían sin embargo ajenos a la pareja.

-Si así lo prefieres -contestó ella indiferente.

-Ayer un taxista me llevó al bar Pepe’s. ¿Lo conoces?

-Sí -respondió ella al instante-, es un lugar tranquilo. ¡No me dirás que tuviste algún problema! -Se interesó vivamente.

-No, en absoluto -dijo él, dueño del momento-. El problema fui yo que por alguna razón incomprensible me afectó de más no haberte encontrado, y bebí como un estúpido hasta embrutecerme. Bueno… creo que lo bruto lo traía desde antes. -La hizo reír-. Mi preocupación es no saber qué pasó después del octavo jaibol. No supe qué hice ni dónde estuve y, me apena confesarlo, desperté junto a una dama desnuda que para mi infortunio no tenía el pelo rubio (aceptó ella de buen grado la alusión con una incipiente sonrisa.) No sé dónde la recluté ni cómo, ni qué hicimos. Ella tampoco me dijo porque la despedí medio dormida cuando la descubrí esta mañana a mi lado. Perdóname estas confesiones en aparente fuera de lugar pero fueron motivadas por tu ausencia.

-¿Ahora yo soy la culpable? -Preguntó divertida.

-Total e irremediablemente culpable -Mario Antonio se puso solemne-. Y estás condenada a soportar en tiempo y forma al afectado y a ‘desfacer’ (como dicen los clásicos), las inconveniencias que tu ausencia me ha causado. Enumeremos: Primero, el mayor desencanto infligido a mi ego, quien al no poder soportar el desengaño se ha desquiciado actuando incoherente y se ha puesto una papalina de padre y señor mío. Segundo, eres culpable del malestar físico y mental sufrido por el afectado, al ingerir éste sin control bebidas espirituosas en exceso que en otras circunstancias no habría ingerido. Tercero, te es imputable también la distorsión de la libido del afectado al buscar por tu ausencia refugio en los brazos de una ‘Magdalena’ en ejercicio. Cuarto, eres culpable de mi falta laboral por este día y en consecuencia también de los posibles inconvenientes que me pudieran resultar por ello. En resumen, no tienes escapatoria posible esta noche. Has sido juzgada y sentenciada sin derecho a apelación.

-Podríamos convenir en que la ausencia de la acusada pudo ocasionarle dichos estropicios o más -le siguió ella la broma-, pero da la casualidad que ésta se ha presentado con un amparo de la autoridad judicial que mantiene en suspenso cualquier acción coercitiva en su contra. Por lo tanto, señor fiscal convertido en juez, jurado y afectado, son improcedentes sus argumentos y sanciones, lo conminamos mejor a la concertación pacífica de las partes si usted desea mantener alguna relación de entendimiento entre ellas.

Había empatado los cartones dando entrada de buen talante al galanteo de Mario Antonio. Éste, como perro de caza que olfatea la sangre de su presa, se aprestó de inmediato al ataque.

-Tiene usted toda la razón. Nada mejor que concertar. Distinguida dama -dijo solemne:- ¿Puedo llamarla Viky?

-No tengo inconveniente si así lo desea, aunque pudiera llamarme también Atenea, Melibea, Antonieta, Lucrecia, Juana o Domitila -prosiguió el juego.

-No, Viky es más propio, más cercano a la apócope de vikinga o de valkiria, que de cualquiera de ellas serías inmejorable embajadora. Viky, ¿sería mucho pedir que me destinaras la noche entera? -la acorraló con la pregunta directa.

El semblante hasta entonces relajado de la enigmática mujer se puso tenso, afilado, y se contrajeron sus arcos ciliares al aguzar la mirada. Sin perder compostura, ganada ya por la espontánea actitud de Mario Antonio, procuró sin embargo continuar el juego.

-Las concertaciones, señor, llevan siempre orden y método, no se vale quemar etapas. –Sentenció-. Su petición resulta prematura. ¿No le importaría bailar? –Se levantó decidida.

No admitía réplica su actitud y Mario Antonio la complació de inmediato. Se enlazaron los cuerpos moviéndose al ritmo de la melodía. Poco a poco se abandonó ella y descansó la cabeza en el hombro fuerte del varón. Algo en su actitud pasiva despertaba sentimientos de ternura en Mario Antonio. «¿Está tensa y temerosa o es sólo una falsa apreciación?» A una melodía siguieron otras… sus miembros se fueron amoldando como sus pensamientos al ritmo cansino que servía de pretexto para gozar los roces y el humor de sus cuerpos.

-¿Cuál es el número de tu habitación? -preguntó ella de improviso, al oído.

-El trescientos cuarenta y ocho, tercer piso. –Contestó él, también al oído.

-Déjame en la mesa y vete. Enseguida te alcanzo -dijo ella decidida.

Mario Antonio pagó la cuenta y salió. A los pocos minutos llegó ella presurosa. Sin mediar palabra le tendió los brazos y lo besó apasionada.

-No puedo hacer el amor. Sólo quiero disfrutar tus caricias -le advirtió al comenzar a desvestirse.

-Espera entonces. -La tomó por atrás apartándole el cabello para descubrir el fino cuello, mordisquear el lóbulo de sus orejas, aprisionar sus senos y bajar las manos hasta el pubis…

De improviso se abrió la puerta con violencia y entraron pistolas en mano dos hombres que lo apartaron con furia y lo encañonaron.

-¡No, déjenlo, él no tiene culpa! -Gritó la Valkiria, frenética.

-Está bien, -contestó uno de los gorilas-. Pero acompáñenos, por favor, señora. -Y se perdieron por el lóbrego pasillo.

Al día siguiente apareció una nota debajo de la puerta de la habitación de Mario Antonio: «Perdóname, soy la esposa de un poderoso traficante de drogas. Nunca te veré más. No me busques porque te harían daño. Recuérdame como yo te recordaré siempre. La Valkiria.»

Gregorio Sosa Sauri