El pájaro Toh

«Treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis…» se escuchaba en el segundo piso de la desfibradora de henequén, la voz atiplada de Gabriel Dávalos, quien con los ojos cerrados, vuelto hacia una de las paredes del cuarto de máquinas, contaba hasta cincuenta para después tratar de encontrar a sus siete compañeros de juego, antes que tocaran la columna central habilitada como base.

Oscurecía y apenas eran visibles las imágenes en movimiento de los muchachos, entre diez y doce años, que se escondían en armarios, en los quicios de las puertas, entre los rollos de pencas de henequén diseminados en el piso, o detrás de las columnas de madera que sostenían la techumbre de lámina del viejo edificio.

Al terminar de contar, Gabriel se volvió rápido hasta la columna central desde donde escudriñó los rincones y los lóbregos pasillos que desembocaban al amplio vestíbulo. Todo permanecía en silencio. Asido a la columna, giraba en torno a ella, aguzando los sentidos. Nada se movía. Pasaron dos largos minutos sin que escuchara sonido alguno, salvo el de los grillos que acentuaba su desesperante soledad.

Inquieto, sin despegarse de la columna, se escuchó gritar: «¿Dónde están? Los estoy esperando» Y continuó esforzándose por distinguir a sus amigos entre la oscuridad que se volvía más densa por momentos.  Nada los delataba y Gabriel comenzó a preguntarse qué pasaría. Sintió temor de la soledad, de las sombras, del silencio. Con la voz quebrada insistió: «¿Dónde están? Salgan» Pero no recibió respuesta.

Gabriel frisaba los diez años. Era delgado de complexión. Destacaba entre sus compañeros por su tez blanca, sus ojos aceitunados y su despierta imaginación que concebía escenarios fantásticos para ubicar sus aventuras que a todos cautivaban. Pero en aquel momento de soledad inesperada se sentía angustiado. Un sudor frío brotaba de su frente. ¿A dónde habían ido sus amigos?

Tenía la sensación que las sombras distorsionaban y volvían fantasmagóricos los objetos a su alrededor. Escudriñaba los sonidos que se amplificaban en su mente hasta desesperarlo. Escuchaba con especial lucidez el canto de los grillos, el leve y ocasional crepitar del edificio, el siseo apenas perceptible de la brisa. De pronto, como surgido de una magistral partitura, le pareció escuchar un sonido fuerte y grave de prolongada duración: -toooooooh- que le enchinó el cuerpo y le puso los pelos de punta. Se repitió dos, tres, hasta cinco veces el gutural sonido que lo dejó pasmado.

La soledad, la oscuridad, el sonido inesperado aunado al recuerdo de cuentos de aparecidos relatados por Juan Ihuit la noche anterior, lo hicieron bajar despavorido los escalones y correr sin detenerse hasta transponer las puertas de su casa. Llegó pálido, sudoroso, palpitante hasta la cocina donde su madre preparaba la cena y se sentó a la mesa sin delatar su presencia. Sentía como si fuera a salírsele del pecho el corazón agitado. Las sombras de la noche eran apartadas apenas por la luz amarillenta de la lámpara de petróleo, y Gabriel las escudriñaba angustiado, temiendo la aparición entre ellas del causante del estruendoso sonido. La voz tranquila de su madre lo sacó de sus meditaciones.

-¿Desde cuándo estás aquí? No te sentí llegar. Vienes sudoroso y pareces angustiado. ¿Qué tienes? –Lo interrogó ansiosa.

-No me pasa nada. –Respondió apresurado, tratando de mostrarse sereno. Ella, sin embargo, intuyó una nueva travesura de Gabriel. Su ánimo alterado la puso sobre aviso, predispuesta a una mortificación más. «¿Por qué será tan inquieto?» Se preguntó, y sin llegar a ninguna conclusión se dijo preferirlo así, lleno de vida y entusiasmo que pasivo o mediocre.

– Jugábamos a los encantados y corrí mucho, por eso vengo sudando.

Doña Laura sonrió y retornó a su interminable trajín. Gabriel permaneció intranquilo, absorto ante la oscuridad densa, escudriñándola con el morboso recelo (acaso también deseo) de ver aparecer tangible y horrible (porque forzosamente debería ser feo, abominable) el ser capaz de producir tan impresionante sonido. Nunca había escuchado algo similar ni recordaba que sus compañeros hubieran relatado asunto parecido. Cuando escuchó el impactante sonido en la desfibradora de henequén, le fue imposible ubicar su procedencia para identificar a su autor y nadie podría quitarle de la cabeza que quien fuera capaz de emitir semejante sonido, tendría que ser necesariamente algún ser enorme y deforme, una criatura sobrenatural, horrible, parecida tal vez a los monstruos de los relatos de Juan Ihuit.

Al establecer la referencia recordó a sus compañeros de juego, quienes al parecer habían desaparecido misteriosamente y no sabía de ellos. Se estremeció al pensar que pudieran haber sido presa del monstruo aquel que tan sonoramente se manifestara.  «¿Se los habrá comido?»  Su fantasía daba forma a los momentos dramáticos cuando el ser enorme (lo imaginaba ya de cinco metros y medio de altura, con piel rugosa y ojos flamígeros) moviéndose como en cámara lenta, caminaba detrás de sus amigos a quienes apresaba uno a uno con sus manazas y les masticaba la cabeza o algún otro miembro, descuartizándolos. Lo veía saboreándose y escurriendo sangre entre las comisuras de sus colmillos.

-¡Noooo! –Gritó horrorizado sin poderse contener, propiciando que doña Laura volteara presurosa y lo abordara apremiante.

-¿Qué sucede, Gabriel? ¿Te duele algo?

-No, mamá, -contestó de inmediato-. Imaginaba que un monstruo se comía a Juan y a Mario, y grité sin darme cuenta.

-¡Qué ocurrencias las tuyas! ¡Mírate, estás empapado… y tienes fiebre! –Dijo al tocar su frente llena de sudor-. ¿Qué te sucede, hijo? –Preguntó preocupada.

-Nada, mamá, no tengo nada. –Pretendió calmarla fingiendo una serenidad que no tenía.

Presa de la desesperación su madre no atinaba a comprender por qué su hijo parecía ausente y angustiado. ¿Qué le ocultaba? ¿Por qué sudaba copiosamente? En vano trataba de recordar algún indicio de enfermedad o dolencia con síntomas semejantes.

-¿Te mordió algún animal? ¡Dime, por Dios, qué te sucede! –Se desesperaba, mientras él buscaba en vano la excusa que pudiera tranquilizarla. Se resistía a decirle de sus aprensiones sobre el monstruo y menos de sus sospechas, hasta cierto punto fundadas, de que éste pudiera haber liquidado a sus compañeros.

-No tengo nada, no te preocupes. Corrí mucho y me siento muy cansado. -Pretendía actuar con indiferencia.  

-Hijo, sabes que puedo entender cualquier cosa, por grave que sea. Puedes confiar en mí. No me angusties con tu silencio. -Suplicaba doña Laura al borde de la desesperación. «¿Por qué las madres serán tan dramáticas e insistentes?» Se preguntaba incómodo Gabriel, al no saber qué contestarle. Él mismo no estaba seguro de lo acontecido. No le constaba nada, aparte del estruendo que creyó haber escuchado, y cualquier cosa que dijese podría enredar más su ya de por sí enredada percepción de los hechos. Sería, además, denigrante para él aceptar que actuaba por miedo. ¿Qué hacer? ¿Cómo dejar de sentir esa angustia y cómo explicarla sin salir tan mal librado?

-No tengo nada. No me pasa nada. ¿Me crees? -Se le acercó, le besó la mejilla como último recurso para convencerla, y logró su objetivo. Su madre lo atrajo hasta su regazo con la ternura única que sólo las madres saben prodigar en los momentos difíciles, y Gabriel se abandonó en ella hasta sentirse gratamente reconfortado.

 

 

Pasados aquellos primeros momentos de ansiedad y desasosiego, de pie en el umbral de su casa Gabriel observaba las escasas y dolientes luces que hendían la oscuridad, no más de diez, como luciérnagas trémulas atrapadas en los ventanales de las casas de el Chino, de Mario, de Don José Seba y de los demás vecinos que vivían en las inmediaciones del campo de béisbol. Eran las ocho de la noche. Nada se distinguía a más de diez pasos. Los contados transeúntes acostumbrados a los accidentes del camino, lo recorrían diligentes identificándose entre sí sólo por el sonido de sus pasos o por sus carraspeos repetidos para anunciar su presencia. Aparte de ellos y de los ocasionales mugidos del ganado, ningún sonido extraño interrumpía el interminable concierto de los grillos.

Todo parecía normal. Sin embargo la ansiedad se le agolpaba en el pecho pugnando por salir. Permanecía con la mirada fija en el horizonte repitiéndose mentalmente el sonido sordo que pretendía escuchar en el entorno y se confundía con sus palpitaciones cada vez más aceleradas: «toooooh, toooooh, toooooh» La imagen del gigante en movimiento con el que asociaba el sonido aparecía proyectada al fondo de la noche en ráfagas brillantes e intermitentes. Sudaba… Sabía que aquella proyección partía de su mente, pero se recreaba en ella con fascinación hasta fijarla por completo en la oscuridad.

Perdió la noción del tiempo y se entregó a su fantasía.  Imaginó ver cómo el monstruo llegaba hasta la casa de El Chino y penetraba en ella por la azotea de teja que se deshacía sin mayor resistencia debajo de sus pies. Buscaba entre los escombros hasta encontrar a los moradores maltrechos, los agarraba con sus manazas toscas y peludas, y saciaba con ellos su voraz apetito. Destruía a puntapiés las paredes y continuaba su marcha hasta la casa siguiente donde repetía su destructora actuación. ¿Cuándo cambiaría de rumbo para llegar hasta él, y cómo evadirlo?

No atinaba a responderse.  

¿Y si pudiera dominarlo? ¿Si lograra encontrar algún botón oculto en su cuerpo, una palanca, el interruptor que controlara sus pensamientos si los tuviera, y pudiera guiarlo para evitar que destruyera como hacía ahora? Tener un ser imponente como aquel a su servicio para realizar las agotadoras faenas de emparejar caminos, tender vías para los carruajes, transportar los fardos de henequén, pero sobre todo para pasearse montado en sus hombros y apreciar el paisaje desde esas alturas, ante el asombro y la envidia de sus compañeros… Tener en él a un amigo poderoso que le allanara sus dificultades, era una fantasía que se planteaba de pronto como posible y fascinante. ¿Quién otro podría tener un monstruo a su servicio? Nadie, sólo él. Y contempló cómo se desvanecía de entre las sombras la subyugante figura ennoblecida ya por su posible disposición a ayudarlo.

¿Habría en verdad un monstruo merodeando Kanachén o era un alma en pena quien produjo el estruendo? Juan Ihuit decía que los aparecidos gustaban de las noches oscuras como aquella para llamar la atención de los humanos, y se manifestaban de diferentes formas. Unas veces como personas enfundadas en túnicas blancas deshilachadas, flotando

entre los árboles, precedidos de gritos lastimeros. Aunque también en forma de animales salvajes como perros negros con intensos ojos rojos y fauces babeantes. Algunas veces era en la figura de Luzbel, con cuernos y cola puntiaguda, tratando de seducir a incautos con promesas de riquezas fabulosas. Otras más como repugnantes muertos en descomposición, deambulando sin rumbo, en continua pena.

¿Cómo se le podrían presentar esa noche? Se estremeció ante la posibilidad de verlos en cualquiera de las formas imaginadas. Una leve brisa fría agudizó su percep-ción del entorno. Su madre continuaba en la cocina y él se sentía más solo cuanto más se adentraba en sus ensueños.

 

 

«Lo que buscas no está en las sombras de la noche, cierra los ojos y lo tendrás de inmediato. Tu invocación ha sido escuchada. Déjate conducir… relájate» Se sorprendió de sus pensamientos que no atinaba a comprender si eran suyos de verdad o se los dictaban. ¿Pero quién? «Relájate» insistió la voz interior. Pero le era imposible hacerlo cuando todos sus sentidos estaban tensos, excitados de más.

 

Permanecía con la mirada fija al frente, taladrando la oscuridad, obsesionado en descubrir al ser aquel de quien sólo conocía la voz. ¿Lo había escuchado en verdad o sólo lo había

imaginado? «Relájate»  «¿Y qué sucederá si lo hago?» Se preguntó de inmediato al establecer una comunicación mental consigo mismo. ¿Era consigo mismo?  «Y con quién más habría de ser» Se contestaba.  «Conmigo, con quien soy y en quien te niegas a creer» «¿Eres el diablo acaso?» «Podría ser. ¿Te gustaría que lo fuera?»  «Nooo!» Lo interrumpió con vehemencia. «¿Por qué no? No cualquiera tiene el privilegio de escucharme ni la oportunidad de saber sobre las cosas ocultas que siempre han intrigado a los humanos»

 

¿Qué era aquello? ¿De dónde provenía la voz que sentía suya pero que no correspondía a sus pensamientos? Su escaso conocimiento de ‘cosas del más allá’ lo descalificaban para un diálogo semejante, y menos en su mente.

«No te martirices. No eres tú sino yo quien habla, escuchó nuevamente. Sé que anhelas conocer la ciudad pero tus padres no han podido cumplirte ese deseo. Yo podría volverlo realidad si quisieras»

«No, no, yo no puedo pensar ni en el diablo ni en cosa que se le parezca; Cruz, Cruz, que se vaya el diablo y venga Jesús» Repitió exaltado. Gabriel movió hacia todos lados la cabeza con intención de apartar de su mente aquellos pensamientos insanos. Estiró los brazos, dio pequeños saltos, parpadeó insistente y se sintió de nuevo en dominio de su persona.

Aquella voz no era más que una mala pasada que se hacía a sí mismo para tratar de explicarse los momentos de pánico sufridos minutos antes en la desfibradora, y que inexplicablemente se prolongaban de más. O al menos así era más conveniente creerlo. La vida no contenía, no podía contener ese tipo de experiencias que Juan Ihuit relataba de continuo y que parecían asaltarlo cuando más necesitaba tranquilidad para desentrañar el misterio.

¿Qué sucedía? Nunca antes había experimentado ansiedad semejante. Él era (al menos había sido hasta esa misma tarde) un niño feliz, espontáneo, a quien no preocupaban misterios ni embrujos. Pero ahora parecía embrujado.

Lanzó una última mirada a las luces distantes y regresó a su asiento en la cocina. Doña Laura permanecía en su inacabable labor, pero atenta a los movimientos de su hijo.

-¿Te sientes mejor? -Preguntó al reanudar el diálogo interrumpido.

-Sí, mamá, la brisa me ha refrescado. Ya no sudo.

-Me quitas un peso de encima. Llegaste muy alterado y supuse que te habrían golpeado o, peor aún, que te hubiera mordido algún animal.-

-No, mamá, venía sudando -se sinceró- porque oí un sonido fuerte y raro en la desfibradora que me asustó mucho.

-¿Un sonido raro? -Se interesó doña Laura- ¿Cómo era?

-Muy fuerte, y se repitió por todo el segundo piso de la desfibradora. Lo escuché hasta cinco veces en la oscuridad como si viniera de otro mundo. Se oía así: (Gabriel enlazó sus manos hasta formar con ellas un cono y las pegó a sus labios para amplificar el sonido) «toooooooh» «toooooooh» «toooooooh». -Imitó el sonido que lo había paralizado.

-¡Ah!, vamos, -exclamó divertida su madre-. Escuchaste el canto del pájaro Toh que vive en la noria del corral. Es un pájaro hermoso que siempre canta al alba, a medio día y al anochecer. Es del tamaño de un loro y su plumaje brillante, de color verde azuloso o azul verdoso. Tiene dos largas plumas en la cola, rematadas en un círculo blanco cada una de ellas, como si fueran dos ojos que mueve como el péndulo de un reloj. No es un pájaro malo, sólo misterioso y escurridizo. Su canto recuerda al hombre que debe agradecerle al dios Chac sus bendiciones cotidianas.

El semblante de Gabriel fue tranquilizándose conforme se adentraba en el relato de su madre y encontraba la explicación lógica al sonido que tanto le mortificara. Se sintió defraudado al pensar que llegó a imaginar a su autor como un monstruo de cinco metros de alto o como el diablo, cuando apenas era un pájaro insignificante, por lo que cuestionó de nueva cuenta a doña Laura.

-¿Estás segura? Yo no creo que un pájaro pueda hacer el ruido que escuché, tan fuerte y tan grave: «toooooooh» -volvió a producirlo.

-Sí, estoy segura. Pero no es tan estruendoso su canto, es más bien áspero, tal vez enigmático, inesperado, distinto a los trinos de los pajarillos, pero no tan impresionable como dices. Creo que estabas perturbado por alguna otra causa y por eso te pareció intenso. Si quieres, mañana podríamos escucharlo al amanecer, junto a la noria. ¿Despertarías?-

-¡Claro que sí! -Exclamó jubiloso-. ¿Tú lo has visto? -Volvió a preguntar.

-Sí, varias veces, cuando tu papá nos ha llevado al cenote Chel há.

-¿Por qué yo no lo he visto?

-La última vez que fuimos a ese cenote tú eras muy pequeño. No creo que recuerdes mayor cosa.

-¿Cómo es el cenote? -Preguntó interesado, y su madre comenzó la descripción de aquel lugar que se antojaba mágico a la fantasía del niño y disipaba su angustia que lo había hecho soñar con el monstruo y los aparecidos:

-En el principio, cuando los hombres aún no aprendían el arte de la alfarería y carecían de vasijas para guardar el agua que el dios Chac les enviaba desde el cielo, éste ordenó a la naturaleza a través de un conjuro, abrir oquedades en las piedras para formar las sartenejas donde pudiera almacenarse el líquido. Así se hizo y los hombres acudieron a ellas agradecidos, a calmar su sed.

-Pero allí bebían también las fieras y pronto las sartenejas resultaron lugares peligrosos, donde seguido encontraban la muerte los seres más débiles. Animales pequeños, hombres descuidados, niños y mujeres morían destrozados por los animales salvajes. No era eso lo que el dios Chac quería para sus hijos de la tierra. Él pretendía beneficiarlos y las sartenejas habían propiciado el fin de muchos de ellos.

-Entonces, en otro momento de inspiración, el dios Chac expresó un conjuro más prolongado y la tierra se abrió en algunas partes hasta exponer sus entrañas por las cuevas inmensas llamadas cenotes. Éstos ponían a disposición del hombre y sus familias manantiales subterráneos donde tendrían privacidad y estarían protegidos de las fieras y alimañas. El hombre vivió tranquilo, a salvo desde entonces, y pidió al dios Chac un recordatorio para agradecerle sus bondades.

-Éste ordenó entonces al pájaro Toh que hiciera sus nidos en las hendeduras de los cenotes y cantara al amanecer, a medio día y al ponerse el sol, para recordarle al hombre que a esas horas debería agradecerle por el agua.-

Gabriel estaba fascinado. Su despierta imaginación lo remontó de inmediato en el tiempo hasta situarlo como personaje central de una tribu que habitaba una caverna. Se vio de pie con los brazos cruzados ante un centenar de súbditos aborígenes, luciendo un penacho de plumas vistosas y una capa de piel atigrada. Al escuchar desde las profundidades de la caverna el canto del pájaro Toh, se hincó para rendir pleitesía al dios Chac y sus súbditos lo imitaron: «Somos tus hijos, venerable Chac, quienes te invocamos para cumplir tu mandato. Gracias te damos, ¡Oh, Gran Señor!, por habernos resguardado de las fieras y por entregarnos este manantial que sacia nuestra sed y nos mantiene limpios. Te prometemos cuidarlo siempre y venerarte por tu bondad» Juró solemne junto a la hoguera que mantenía cálido el ambiente y alejaba a las fieras y alimañas. Su rostro abstraído hizo sonreír a mamá Laura.

-¿Ya estás soñando de nueva cuenta, Gabriel? –Y lo volvió a la realidad con el beso de las buenas noches.

-Ya quedamos, mamá, me despiertas a las cinco de la mañana. Espero que no se te olvide. -Recordó al retirarse a su habitación, mientras doña Laura apagaba la luz del quinqué. La oscuridad de la noche los envolvió de nuevo en sus aposentos y el silencio se agigantó, acotado apenas por el canto de los grillos.

La noche se volvió más densa y cubrió el pequeño poblado de Kanachén. Desde las alturas, donde seguramente los observaba el dios Chac, sólo se percibían pequeños puntos amarillos, como luciérnagas fijas en cada uno de los hogares.

 

 

 

Acostado en su hamaca, Gabriel dio rienda suelta a sus ensueños prehistóricos. Se vio de nueva cuenta ante sus súbditos que no eran otros sino sus compañeros de juego: Juan Ihuit, el de mayor edad que recién había cumplido los trece años y relataba siempre cuentos de aparecidos y almas en pena, era el brujo de la cara blanquecina, ataviado con una piel negra de cabra y collares de guijarros de colores en el cuello, brazos y tobillos que (con un fémur humano en la diestra) describía círculos en el aire, alrededor del gran jefe, mientras emitía sonidos guturales ininteligibles.

Carlos, su mejor amigo, de su misma edad y similar estructura física, en ese sueño fantástico lucía avejentado pero noble, envuelto en una piel blanca de cabra. Era el padre de Azul (prima de Gabriel en la vida real, de apenas ocho años), la joven más agraciada del conglomerado. Ella vestía una túnica confeccionada de ayate y pétalos azul plúmbago. Era la sacerdotisa encargada de alimentar con copal los sahumadores, para aromar la gran caverna durante las ceremonias.

El Chino, su rival eterno en los juegos cotidianos de la hacienda, mocetón de once años, moreno, de pelo hirsuto y negro como sus ojos pequeños y agudos, de frente angosta y mandíbula prominente, era el rebelde del clan. En su fantasía, Gabriel lo identificaba con el nombre de Chon, quien se negaba a cumplir los mandatos del dios Chac. Se mantenía a distancia en el extremo opuesto del cenote, al frente siempre de seis seguidores incondicionales. Una piel negra enredada en la cintura cubría su desnudez y destacaba su incipiente musculatura.

Ernesto, Mario, Antonio, Pedro y Dionisio, los amigos más cercanos a Gabriel capitaneaban los guerreros del clan. Llevaban como distintivo una pluma de faisán sujeta a la cabeza con una diadema de cuero del mismo color de sus taparrabos.

Concluida la ceremonia, el jefe tomó asiento en el trono, una gran piedra plana situada en la parte superior de la caverna desde donde dominaba hasta las rendijas más ocultas. Llegó hasta él Mario (que respondía al nombre de Mar), quien después de hacer una reverencia le dijo unas palabras al oído.

El jefe volteó contrariado hacia el grupo capitaneado por Chon (que permanecía apostado a la entrada de la caverna), levantó su mano diestra empuñada y lanzando un grito estruendoso bajó corriendo a su encuentro, seguido de su séquito preparado para la contienda. Con el impulso que llevaba se abalanzó sobre Chon y rodaron ambos por el suelo, observados por los integrantes de los dos bandos que tomaron posiciones.

El jefe y Chon permanecieron luchando, golpeándose con manos, rodillas y pies, girando siempre, revolcándose tomados del cabello y mordiéndose, arañándose, tratando de dañarse lo más posible. Así permanecieron por varios minutos sin levantarse hasta que sus fuerzas mermaron y dejaron de moverse, pero sin soltarse.

«Ha, ha, haaaaa» gritaba Gabriel, cuando de repente sintió a su madre que lo abrazaba y le decía con ternura:

-Cálmate, hijo, es sólo una pesadilla. Despierta, despierta… -Y lo acunaba en su regazo. Gabriel abrió los ojos rojos, exaltados, y se asombró de encontrarse en los brazos de mamá Laura y no enredado con el chino Chon.

-¿Qué soñabas? -Preguntó cariñosa mientras acariciaba los cabellos revueltos de su hijo, tratando de calmarlo.

-Peleaba con el Chino porque no quería hincarse ante el dios Chac cuando le dábamos las gracias por el agua y el cenote. -Respondió entornando los ojos y volviendo a sumirse en aquel agitado sueño. Doña Laura sonrió y lo arropó, segura que continuaría prendido a su fantasía.

«Aaahoooo, aho, aho; aaahoooo, aho, aho» Gritaban entusiasmados los integrantes del clan, levantando los brazos empuñados y danzando alrededor de los contendientes, sabedores que de ese encuentro surgiría un nuevo monarca o se consolidaría el mandato de Gabriel.

Perpetuados en aquel desesperado abrazo, jadeando, revolviéndose, con el último aliento el jefe logró soltarse de su adversario y tomándolo de los cabellos aporreó su cabeza contra el suelo una y otra vez, hasta dejarlo inconsciente.

Soltó el cuerpo exánime y dejó escapar un grito ensordecedor mientras sus partidarios lo imitaban, lo levantaban sobre sus cabezas en triunfo y lo paseaban por la caverna mientras los partidarios de Chon el Chino, cabizbajos, arrastraban a éste fuera de la cueva.

A partir de entonces, durante la noche, todos danzaron alrededor de la fogata festejando el triunfo de su jefe.

 

 

 

La mañana se anunciaba en el canto de los gallos y en el débil resplandor del horizonte, fresca, legañosa, cuando mamá Laura despertó a Gabriel minutos antes de las seis.

-Levántate, hijo, tenemos poco tiempo para escuchar el canto del pájaro Toh. Vístete pronto.-

Gabriel se incorporó de inmediato al escuchar el nombre del causante de sus miedos. El recuerdo de aquel sonido tosco y lacerante más asemejado al lamento de un alma en pena que a los trinos armoniosos de las aves, leves y frágiles, lo puso en movimiento. Se vistió presuroso, se despabiló con el agua fresca que se echó en la cara y llegó radiante hasta su madre.

-Ya estoy listo. ¿Vamos? -Preguntó animoso.

-Vamos. -Respondió doña Laura.

Tomados de la mano cubrieron los escasos cien metros que los separaban del corral. Llegaron al portón, levantaron la pesada aldaba, abrieron y penetraron topándose con cientos de reses de todos tamaños echadas en el suelo, resoplando y mugiendo algunas, pero las más calmadas y rumiando.

El fuerte humor del ganado y el estiércol los detuvo de momento. Era arriesgado aventurarse a pasar por en medio de los animales, no por su bravura sino porque al ser tantos fácilmente podrían tropezar con alguno y caer, y ser aplastados por aquellas imponentes moles de carne. Optaron por bordear hacia la izquierda, avanzando despacio a escasos centímetros de la barda, inclinándose a veces sobre alguna res echada, hasta llegar al muro blanco que circundaba la noria.

Aguardaron en silencio. Sus corazones latían agitados más por encontrarse a escasos centímetros de los cuernos puntiagudos del ganado, que los movían impensada-mente, que por el esfuerzo hecho para llegar.

Se recargaron en el muro y esperaron pacientes. Los ojos vivaces de Gabriel escudriñaban las ramas de los árboles que se perdían entre la penumbra, en busca del enigmático pájaro Toh. Volteaba también, inquieto, hacia uno u otro lado del corral, gozando el espectáculo del mar de testas puntiagudas y la morbosa emoción de verse situado entre ellas.

Poco a poco fueron definiéndose los objetos del paisaje y el ganado comenzó a inquietarse. Mamá Laura, sonriente, estoica, soportando los penetrantes humores, el pavor que le producían las enormes agujas cuatas de las astas en movimiento continuo, miraba con ternura el arrobamiento de su hijo y esperaba ansiosa que no le defraudara el alado morador de la noria.

Gabriel permanecía expectante, atento a todos los sonidos, cuando de pronto surgió de las entrañas de la noria el gutural sonido esperado: «tooooooh», que le iluminó el rostro y le hizo encaramarse de un salto sobre el muro contenedor, para tratar de ver en las profundidades al misterioso personaje alado.

-No, espera, -lo detuvo su madre-. No hagas ruido, déjalo cantar libremente, después saldrá a la luz del día. Ten paciencia y no te muevas.

El pájaro dejó escapar sus guturales lamentos ocho, nueve veces, y salió después majestuoso a posarse en una rama justo encima de la pareja. Los primeros rayos del sol se quebraron en su brillante plumaje verde azuloso, y el pájaro expandió el pecho para liberar una vez más su sonido peculiar.

Gabriel permanecía arrobado, hipnotizado por la majestuosidad de aquel pequeño ser mitológico que, ceremonioso, movía su larga y reluciente cola como el péndulo de un reloj.

Los minutos pasaban insensibles para el niño que permanecía estático, embelesado ante su nuevo descubrimiento, cuando desde el lado opuesto se escuchó otro canto gutural. Gabriel volteó el rostro y en su mente se dibujó una vez más la imagen tosca y terrible del monstruo de la noche anterior.

Mamá Laura dijo relajada:

-Es otro pájaro Toh que también saluda al sol esta mañana.

¿Sería?

 

Glosario

Henequén: Variedad de agave o sisal.

Penca de henequén: Hoja carnosa de la planta.

Dios Chac: En la mitología maya, dios de la lluvia, dios del agua.

Cenote: Cavidad subterránea, caverna, gruta con manantial.

Chel Há: Palabra maya; se traduce como “agua clara”.

Hamaca: Red que cuelga por los extremos y sirve de cama y columpio en ciertos países.

Ayate: Manta rala de maguey. 

Copal: Resina que se extrae de diversos árboles de las regiones tropicales. Sirve como incienso.

Sahumador: Perfumador, vaso para quemar perfumes.

 

Gregorio Sosa Sauri

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