Archive for the ‘Cuento’ Category

Entrega a domicilio

August 3, 2008

Frente a la tienda donde trabajaba mi madre, en la calle Carlos Cuaglia, vivía Nicole Kline, una americana de 19 años que dejó la Universidad de Florida para venir a trabajar como traductora en Cuernavaca.
Yo tenía 10 años cuando la conocí, como parte de mis eventuales servicios de mensajero y repartidor de la tienda.
Una tarde de julio yo era la única persona disponible en la siempre ajetreada tienda “Chilpancingo”, por eso mi madre me mandó a la casa de Nicole, con dos litros de leche; despreocupada, como quien manda a su hijo a la parte baja de la alberca.
Yo estudiaba quinto de primaria en la Veinte de Noviembre, una escuela de gobierno ruda, por decirlo de algún modo. Algo que me distinguía de mis amigos era que yo sabía inglés porque una vecina, la señorita Porras, tenía un acuerdo económico con mis padres para darnos clases particulares a mí y a mi hermana Adriana, lunes, miércoles y viernes, con unos casetes y libros de los gemelos Castor y Pólux.
Cuento este detalle del inglés porque cuando llegué a la puerta de Nicole vi que había una frase escrita aproximadamente a un metro de altura. Algo que los adultos posiblemente no leían inmediatamente, pero que mis ojos captaron desde que me paré enfrente y que me hicieron pensar en el título de una película que estuviera por empezar.
“You are not your own fortune teller”
Primero me dio mucho gusto saber que podía entender completa la frase, por lo menos gramaticalmente. Después, cuando la leí por segunda y tercera vez, en mi mente infantil o prepuberta, apareció la imagen de que ahí vivía una gitana, por eso de la palabra “Fortune”.
Como ocurre con los pensamientos de los niños, la idea que ocupaba mi atención se desvaneció sin que me diera cuenta, se cortó de manera súbita porque me entró otro pensamiento inquietante. Concretamente me di cuenta de que me estaba ganando de la pipí, o sea que me estaba orinando.
Toqué la puerta con un poco de desesperación, temblando. Me urgía pasar al baño y no me había dado cuenta de esta presión hasta que se empezaron a poner frías mis costillas con un sudorcito inconfundible. Este tipo de olvidos urinarios me habían sucedido recientemente dos veces en la Veinte de Noviembre y por lo menos una maestra, Aranzazú, ya me había identificado por ese detalle.

Cuando la americana o gringa abrió la puerta traté de aparentar calma y le dije de manera muy formal “¿Me permite pasar a su baño, señora?”. Sin esperar respuesta estiré los brazos, prácticamente aventándole los dos litros de leche. 

Ella se quedó callada pero levantó la mano para apuntar en dirección a la puerta del baño. Todo lo demás me valió madres. “¿Quién puede pensar en Dios o la Virgen cuando sientes que te gana y no llegas”, me había dicho un día la maestra de quinto.

Entré corriendo, cerré la puerta y bailando—temblando me bajé la bragueta. El resultado no fue exitoso. La mitad de la pipí cayó en mi pantalón y el resto en el w.c. A mis costillas se les quitó el sudor frío, pero al mismo tiempo mi pecho se fue desinflando desilusionado y también, ahora lo sé, desmoralizado.
Recién empapado volví a despertar, es decir que sentí como si volviera a despertar. Tomé un pedazote de papel higiénico para secarme, me tallé y presioné la mezclilla pero no conseguí mucho. Entonces busqué un espejo para revisar cómo me veía.
Un espejo grande, detrás de la puerta, me devolvió la imagen con una mancha infame en mis jeans de rayas rojas y azules –bien setenteros, como me gustaban—. Me lamenté de no tener un sweater para amarrármelo a la cintura, aunque en mi escuela amarrarse el sweater era cosa de maricas.
Creo que tardé demasiado, pues Nicole tocó la puerta.
—¿Estás bien?— preguntó con su acento gringo.
—Sí, ya voy— contesté mientras trataba de recordar el camino que recorrí desde la puerta de entrada. Me senté en la tasa y comencé a observar el lugar donde estaba.

Era un baño grande, viejo, lleno de plantas y de muchos objetos raros: caracoles con semillas adentro, flores secas y pequeños cuadritos con dibujos a lápiz de mujeres desnudas. Había también dos relojes viejos y muchos frascos de vidrio empañado con líquidos de diferentes colores. En medio de todo eso estaba yo, orinado.

Me acerqué a la puerta para intentar escuchar dónde estaba la gringa y calculé que podría salir rápido hasta el vestíbulo sin que me viera.

Me tomó dos minutos decidirme. Tenía que salir sin bajarle a la palanca del baño para no hacer ruido. Aspiré y me moví superrápido.
Abrí la puerta, identifiqué rápidamente la salida y me apuré a cruzar un pequeño vestíbulo donde sólo había una mesa con un mantel que tenía soles pintados, unas sillas negras de madera y una lámpara de piso.
Llegué a la salida y abrí gritando una despedida: “Gracias señora”. Cerré rápido y comencé a bajar las escaleras cuando oí que ella abría su puerta detrás de mí.
Primero me hice buey sin voltear hacia atrás, pero luego ella me pidió detenerme y, de la manera más ilógica, sin sentido de lo que llaman instinto de supervivencia, paré mi carrera.
—Todavía no te pago— gritó Nicole con una voz que parecía de irritación.
—¡Ah! Sí. De veras— respondí mientras intentaba esconder mis piernas entre los barandales.

Creo que esa fue la primera vez que la miré detenidamente. Era rubia, lacia, delgada, tenía brazos largos, caderas bien marcadas y tetas que se dibujaban claramente, a pesar de la poca luz de la escalera. En conjunto, era una amenaza.
Me pidió subir para pagarme y yo le dije que no porque mi madre no me había dicho cuánto era.
El pantalón comenzaba a picarme cuando me di cuenta de que ella ya venía bajando la escalera. De un brinco me separé del barandal y me senté en un escalón con las piernas juntas.
—¿Qué tienes? – dijo mientras se flexionaba y sentaba junto a mí. Yo me quería ir corriendo, pero no me levantaba y sólo esquivaba su mirada. —¡Ah! Eso.
Cuando dijo la frase supe que me había visto el pantalón manchado. Me paré como un resorte e iba a abalanzarme corriendo escaleras abajo.
—Espera, espera, no te vayas – Con sus brazos largos me alcanzó y jaló, sujetándome contra su pecho. Me quedé temblando de nervios. –No tengas miedo. Vamos a llamar a tu mamá para decirle que te quiero enseñar unas fotos de Estados Unidos ¿Quieres?—
La verdad es que yo tampoco quería volver a la tienda con los pantalones mojados y que me vieran mi mamá y todos los clientes. Me daba pena pensar en las caras que pondrían.
No respondí nada. Nicole me soltó y luego rodeó mis hombros con su brazo.
—Ven. Sube. Algo se nos va a ocurrir.
A los dos minutos estaba yo sentado frente a la mesa del mantel de soles. Vi que su decoración era muy diferente a la de mi casa. Era algo así como hippie, cortinas con estrellas estampadas, algunas imágenes hindúes con varios brazos y otras figuritas talladas en madera.
Me preguntó mi nombre, se lo dije y me pidió esperar a que llamara a mi madre.
Se paró cerca para hablar por teléfono, entonces la vi por segunda vez. Era muy bonita. Diferente a todas las mujeres con las que yo normalmente trataba.
Piel rosa, nariz delgadita, ojos verdes muy claritos y dedos como dulces suaves. También tenía unos aretes que me parecieron demasiado gruesos para el resto del cuerpo.
—Creo que voy a adoptarte las próximas dos horas— Dijo sonriendo mientras volvía a la mesa.
—¿Tú eres gitana?— Le pregunté porque fue lo primero que se me ocurrió. Me acababa de acordar del letrero de la puerta.
Ahora que pienso en mi pregunta me doy cuenta que, en ese tiempo, no sabía nada de gitanos, pues el físico de Nicole no coincide con el de aquellas mujeres de poderosa mirada.
—No soy gitana. Soy una gringa que escribe poesía. Pero si tú quieres te leo las cartas, ahora estoy aprendiendo.
Yo pensaba que eso era pecado, pero mi curiosidad era más fuerte, así que le dije que sí quería.
Trajo una baraja y me pidió sacar 56 cartas con la mano derecha. “Sólo saca una carta cuando sientas calor al pasar la mano sobre ella porque si no la lectura no sirve”, dijo.
Yo no estaba poniendo mucha atención al juego porque seguía mojado y el pantalón me picaba, pero además ella me ponía nervioso. Era muy bonita y yo no podía dejar de pensar en eso. Me le quedaba viendo a la nariz y en cómo se movía suavemente mientras respiraba.
—Creo que no te estás concentrando. Mejor te traigo unos pantalones para secar los tuyos junto al boiler—
Obviamente yo no quería quitarme los pantalones, y menos frente a ella, pero acepté cuando me trajo un pants y me dijo que yo podía poner a secar mi propia ropa.

Me fui al baño y me desvestí mirando a la puerta del espejo. Puse mi pantalón en un gancho junto al boiler y la ropa interior en una bolsa, porque esa no quise tenderla.

Al regresar al comedor ella estaba barajando de nuevo las cartas y me preguntó si me gustaba alguna niña de la escuela. Le dije que sí y cómo era. Saqué las cartas y, después de unos minutos me dijo que desafortunadamente no salía en la lectura.

Me preguntó si había otras niñas que me gustaran y cómo eran, pero ninguna salió en sus diferentes lecturas.

Al final, Nicole torció la boca, hizo los ojos bizcos y dijo que no era muy buena con las cartas, así que guardó su baraja.
Me ofreció un té con hielos y me comenzó a platicar de su ciudad, Clearwater, rodeada por el Golfo de México y la Bahía de Tampa. Creo que también dijo que vivía cerca de un parque con lago, o algo así.
Luego me dio unas fotos y me preguntó si quería que me tejiera una pulsera. Como le dije que sí sacó unos mecatitos y comenzó a tejer tres hilos, con nudos, a los cuales le iba intercalando piedras negras y azules.
En eso estábamos cuando se puso a llorar despacito. Se limpió la cara y sonrió diciendo que se había acordado de su novio, “bueno, ex novio”. Un chavo mexicano, de Michoacán, con el que había terminado meses atrás. Él se quedó en Estados Unidos, dijo.
Lo que más me impresionó fue que, hablando para sí misma, comenzó a decir que ella lo iba a esperar, que no importaba qué hiciera él o a dónde fuera, ella siempre lo iba a querer y a esperar que él regresara y que iba a cambiar todas las cosas que tuviera que cambiar para que pudieran volver a estar juntos.
Yo la estaba escuchando y comencé a sentir algo muy raro por ella, por una parte pensaba que su ex novio seguramente era un pendejo que no se daba cuenta que la estaba haciendo llorar. Luego pensé que a mí me gustaría que alguna vez alguna mujer tan bonita me llegara a querer así, a toda prueba, sin rendirse. Y al final algo en todo eso me dio lástima, porque tuve la certeza de que no iba a regresar con el chavo que tanto quería. No sé por qué pensé eso, pero así de clarito lo pensé.
Estiré la mano y se la puse en el hombro para que se tranquilizara. Quería darle un beso, pero no me atreví.
Ella se volvió a frotar los ojos y sonriendo me dijo que ya estaba la pulsera. Me la midió y me dijo que la muñeca de mi mano era bastante gruesa para mi edad y que seguramente iba a ser un hombre muy fuerte. Me puso tres nudos y, mientras yo estaba revisando el adorno, me agarró la cara con las dos manos abiertas y me dio un beso en la mejilla.
Me espanté un poco y le dije que ya tenía que irme. Fui por mis pantalones y salí dándole la mano y las gracias. Esa noche tuve un sueño con ella. Fue un poco cursi porque la veía embarazada, sentada en un sillón, y escuchaba una canción en francés que no puedo recordar por más que me esfuerzo.
Nicole regresó a Estados Unidos seis meses después. Yo no volví a su casa más, pero a veces contestaba el teléfono y ella me saludaba con mucho cariño y me preguntaba por mis novias, antes de pedir algún encargo de la tienda.
Cuando se me rompió la pulserita la guardé en un pequeño costalito que siempre traigo en la bolsa. Entre los 15 y los 23 años mi deporte favorito fue cortejar turistas extranjeras, aprovechaba el inglés, pero nunca volví a sentir ese sentimiento combinado de deseo y compasión que sentí con Nicole Kline.
Tuve muchas aventuras, hasta que una noche, como si el genio de un frasco me hubiera escuchado, cobré conciencia de que estaba en un cuarto de hotel, en Guanajuato, con Nicole desnuda en mi cama, apenas dos horas después de encontrarnos, algo ebrios.
—¿Cómo debemos llamar a esto?— le pregunté hechizado por su cara.
— Hope— respondió antes de la tormenta de besos.

Desde entonces y hasta ahora estamos juntos, por fortuna.

Antimio Cruz

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Isabella tiene dedos de Maquech

August 3, 2008

La noche del domingo 1 de junio la crucé escribiendo, sin dormir, en el cuarto 4416 de este hotel que está frente al Millenium Park. Lo puedes ver como a 200 metros del Museo de Arquitectura y a medio pulmón de la lujosa calle Magnificent Mile.

A la mañana siguiente sólo reuní fuerzas para llegar a tiempo al vuelo 1521 de American Airlines, útil para viajar de Chicago a San Luis Missouri y aterrizar a tiempo para desayunar.

El caso es que me desplomé junto a la ventanilla 19A y me disolví en un sueño sobre cebras y guepardos antes de despegar.

Estaba todo envuelto en mi sueño africano cuando algo de afuera me empezó a jalar; era el sonido de un chasquido tan suave que no sabía si era escuchado o imaginado.

No quería abrir los ojos, pues estaba muy muy muy cansado, de verdad, pero registraba cada medio minuto ese delicadísimo sonido “cick-click”… “cick-click”… “click-click”… Creo que no hay palabra en castellano para decir exactamente qué era, pero sonaba como cuando alguien tiene las uñas medio largas y las hace tronar una con otra, es un sonido muy específico, sólido pero suave.

Me resistía a abrir los ojos, pero sabía que el sonido venía del asiento al lado mío. Me quedé pensando mucho, escuchando cada cierto tiempo ese “click-click”…”click-click”… y entonces le di al clavo… Ese es el sonido que hace el escarabajo de Yucatán que se llama el Maquech. No se si lo conocen, es un escarabajo color madera que venden vivo en las tiendas de artesanías, le ponen en la espalda piedritas brillantes de fantasía y una cadenita, de modo que se cuelga –vivo– como prendedor. Antes decían que era símbolo de longevidad, que se alimentaba de aire y que vivía un siglo. La verdad, se alimenta de madera. Una vez, cuando éramos chicos, mi papá le regaló uno a Zuzú.

Era exactamente ese ruido extravagante, suavecito pero sólido, el que yo percibía dentro del avión, volando hacia esa ciudad junto al río Missisippi. Era el ruido del Maquech cortando la corteza delgada de madera que le sirve de alimento. Me sorprendí tanto que abrí los ojos y ¡¡¡pazzzz!!! ví este rostro, nunca imaginado antes, aceitunado, geométrico, con pestañas gigantes y cejas de un tono canela imposible de comparar. Era una mujer.

Me ardían los párpados por el desvelo y disimulé la inquietud que me trajo esta visión, pero el sonido se repitió una vez más. Entonces miré descaradamente. Busqué la fuente del chasquido y ví las dos manos de mi compañera de vuelo sosteniendo un libro de Kafka y ocasionalmente flexionando con tensión uno u otro dedo, tronando sus delgados huesos y provocando ese sonido singular.

La ví y me vio en un segundo perturbador. Tiene los ojos color café decafeindo. Pensé que se estaba encabronando por mi irrupción. Levanté mis dos manos y repetí el mismo movimiento que ella. Para mi sorpresa, el sonido de Maquech salió de mis huesos. Luego nos reímos y le conté en inglés la historia de esta joya maya, aprovechando cada segundo para aspirar su perfume –por cierto, es lo mejor que me ha pasado desde que recuperé el olfato–. Luego de hablar del escarabajo entramos a hablar del miedo al vacío u Horror vacui.

Ella se llama Isabella, es italiana, de Taormina, Sicilia, tres años menor que yo. Licenciada en filosofía y en periodismo. Viste mezclilla azul y botines color marfil, blusa de seda color perla, manga larga, botones al frente y cuello triangular; sueter negro y lentes para sol marca Carrera, aferrados a su cabello castaño. Hoy la voy a ver.

Isabella tiene dedos de Maquech y ella dice que yo también.

Antimio Cruz

El pájaro Toh

August 3, 2008

«Treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis…» se escuchaba en el segundo piso de la desfibradora de henequén, la voz atiplada de Gabriel Dávalos, quien con los ojos cerrados, vuelto hacia una de las paredes del cuarto de máquinas, contaba hasta cincuenta para después tratar de encontrar a sus siete compañeros de juego, antes que tocaran la columna central habilitada como base.

Oscurecía y apenas eran visibles las imágenes en movimiento de los muchachos, entre diez y doce años, que se escondían en armarios, en los quicios de las puertas, entre los rollos de pencas de henequén diseminados en el piso, o detrás de las columnas de madera que sostenían la techumbre de lámina del viejo edificio.

Al terminar de contar, Gabriel se volvió rápido hasta la columna central desde donde escudriñó los rincones y los lóbregos pasillos que desembocaban al amplio vestíbulo. Todo permanecía en silencio. Asido a la columna, giraba en torno a ella, aguzando los sentidos. Nada se movía. Pasaron dos largos minutos sin que escuchara sonido alguno, salvo el de los grillos que acentuaba su desesperante soledad.

Inquieto, sin despegarse de la columna, se escuchó gritar: «¿Dónde están? Los estoy esperando» Y continuó esforzándose por distinguir a sus amigos entre la oscuridad que se volvía más densa por momentos.  Nada los delataba y Gabriel comenzó a preguntarse qué pasaría. Sintió temor de la soledad, de las sombras, del silencio. Con la voz quebrada insistió: «¿Dónde están? Salgan» Pero no recibió respuesta.

Gabriel frisaba los diez años. Era delgado de complexión. Destacaba entre sus compañeros por su tez blanca, sus ojos aceitunados y su despierta imaginación que concebía escenarios fantásticos para ubicar sus aventuras que a todos cautivaban. Pero en aquel momento de soledad inesperada se sentía angustiado. Un sudor frío brotaba de su frente. ¿A dónde habían ido sus amigos?

Tenía la sensación que las sombras distorsionaban y volvían fantasmagóricos los objetos a su alrededor. Escudriñaba los sonidos que se amplificaban en su mente hasta desesperarlo. Escuchaba con especial lucidez el canto de los grillos, el leve y ocasional crepitar del edificio, el siseo apenas perceptible de la brisa. De pronto, como surgido de una magistral partitura, le pareció escuchar un sonido fuerte y grave de prolongada duración: -toooooooh- que le enchinó el cuerpo y le puso los pelos de punta. Se repitió dos, tres, hasta cinco veces el gutural sonido que lo dejó pasmado.

La soledad, la oscuridad, el sonido inesperado aunado al recuerdo de cuentos de aparecidos relatados por Juan Ihuit la noche anterior, lo hicieron bajar despavorido los escalones y correr sin detenerse hasta transponer las puertas de su casa. Llegó pálido, sudoroso, palpitante hasta la cocina donde su madre preparaba la cena y se sentó a la mesa sin delatar su presencia. Sentía como si fuera a salírsele del pecho el corazón agitado. Las sombras de la noche eran apartadas apenas por la luz amarillenta de la lámpara de petróleo, y Gabriel las escudriñaba angustiado, temiendo la aparición entre ellas del causante del estruendoso sonido. La voz tranquila de su madre lo sacó de sus meditaciones.

-¿Desde cuándo estás aquí? No te sentí llegar. Vienes sudoroso y pareces angustiado. ¿Qué tienes? –Lo interrogó ansiosa.

-No me pasa nada. –Respondió apresurado, tratando de mostrarse sereno. Ella, sin embargo, intuyó una nueva travesura de Gabriel. Su ánimo alterado la puso sobre aviso, predispuesta a una mortificación más. «¿Por qué será tan inquieto?» Se preguntó, y sin llegar a ninguna conclusión se dijo preferirlo así, lleno de vida y entusiasmo que pasivo o mediocre.

– Jugábamos a los encantados y corrí mucho, por eso vengo sudando.

Doña Laura sonrió y retornó a su interminable trajín. Gabriel permaneció intranquilo, absorto ante la oscuridad densa, escudriñándola con el morboso recelo (acaso también deseo) de ver aparecer tangible y horrible (porque forzosamente debería ser feo, abominable) el ser capaz de producir tan impresionante sonido. Nunca había escuchado algo similar ni recordaba que sus compañeros hubieran relatado asunto parecido. Cuando escuchó el impactante sonido en la desfibradora de henequén, le fue imposible ubicar su procedencia para identificar a su autor y nadie podría quitarle de la cabeza que quien fuera capaz de emitir semejante sonido, tendría que ser necesariamente algún ser enorme y deforme, una criatura sobrenatural, horrible, parecida tal vez a los monstruos de los relatos de Juan Ihuit.

Al establecer la referencia recordó a sus compañeros de juego, quienes al parecer habían desaparecido misteriosamente y no sabía de ellos. Se estremeció al pensar que pudieran haber sido presa del monstruo aquel que tan sonoramente se manifestara.  «¿Se los habrá comido?»  Su fantasía daba forma a los momentos dramáticos cuando el ser enorme (lo imaginaba ya de cinco metros y medio de altura, con piel rugosa y ojos flamígeros) moviéndose como en cámara lenta, caminaba detrás de sus amigos a quienes apresaba uno a uno con sus manazas y les masticaba la cabeza o algún otro miembro, descuartizándolos. Lo veía saboreándose y escurriendo sangre entre las comisuras de sus colmillos.

-¡Noooo! –Gritó horrorizado sin poderse contener, propiciando que doña Laura volteara presurosa y lo abordara apremiante.

-¿Qué sucede, Gabriel? ¿Te duele algo?

-No, mamá, -contestó de inmediato-. Imaginaba que un monstruo se comía a Juan y a Mario, y grité sin darme cuenta.

-¡Qué ocurrencias las tuyas! ¡Mírate, estás empapado… y tienes fiebre! –Dijo al tocar su frente llena de sudor-. ¿Qué te sucede, hijo? –Preguntó preocupada.

-Nada, mamá, no tengo nada. –Pretendió calmarla fingiendo una serenidad que no tenía.

Presa de la desesperación su madre no atinaba a comprender por qué su hijo parecía ausente y angustiado. ¿Qué le ocultaba? ¿Por qué sudaba copiosamente? En vano trataba de recordar algún indicio de enfermedad o dolencia con síntomas semejantes.

-¿Te mordió algún animal? ¡Dime, por Dios, qué te sucede! –Se desesperaba, mientras él buscaba en vano la excusa que pudiera tranquilizarla. Se resistía a decirle de sus aprensiones sobre el monstruo y menos de sus sospechas, hasta cierto punto fundadas, de que éste pudiera haber liquidado a sus compañeros.

-No tengo nada, no te preocupes. Corrí mucho y me siento muy cansado. -Pretendía actuar con indiferencia.  

-Hijo, sabes que puedo entender cualquier cosa, por grave que sea. Puedes confiar en mí. No me angusties con tu silencio. -Suplicaba doña Laura al borde de la desesperación. «¿Por qué las madres serán tan dramáticas e insistentes?» Se preguntaba incómodo Gabriel, al no saber qué contestarle. Él mismo no estaba seguro de lo acontecido. No le constaba nada, aparte del estruendo que creyó haber escuchado, y cualquier cosa que dijese podría enredar más su ya de por sí enredada percepción de los hechos. Sería, además, denigrante para él aceptar que actuaba por miedo. ¿Qué hacer? ¿Cómo dejar de sentir esa angustia y cómo explicarla sin salir tan mal librado?

-No tengo nada. No me pasa nada. ¿Me crees? -Se le acercó, le besó la mejilla como último recurso para convencerla, y logró su objetivo. Su madre lo atrajo hasta su regazo con la ternura única que sólo las madres saben prodigar en los momentos difíciles, y Gabriel se abandonó en ella hasta sentirse gratamente reconfortado.

 

 

Pasados aquellos primeros momentos de ansiedad y desasosiego, de pie en el umbral de su casa Gabriel observaba las escasas y dolientes luces que hendían la oscuridad, no más de diez, como luciérnagas trémulas atrapadas en los ventanales de las casas de el Chino, de Mario, de Don José Seba y de los demás vecinos que vivían en las inmediaciones del campo de béisbol. Eran las ocho de la noche. Nada se distinguía a más de diez pasos. Los contados transeúntes acostumbrados a los accidentes del camino, lo recorrían diligentes identificándose entre sí sólo por el sonido de sus pasos o por sus carraspeos repetidos para anunciar su presencia. Aparte de ellos y de los ocasionales mugidos del ganado, ningún sonido extraño interrumpía el interminable concierto de los grillos.

Todo parecía normal. Sin embargo la ansiedad se le agolpaba en el pecho pugnando por salir. Permanecía con la mirada fija en el horizonte repitiéndose mentalmente el sonido sordo que pretendía escuchar en el entorno y se confundía con sus palpitaciones cada vez más aceleradas: «toooooh, toooooh, toooooh» La imagen del gigante en movimiento con el que asociaba el sonido aparecía proyectada al fondo de la noche en ráfagas brillantes e intermitentes. Sudaba… Sabía que aquella proyección partía de su mente, pero se recreaba en ella con fascinación hasta fijarla por completo en la oscuridad.

Perdió la noción del tiempo y se entregó a su fantasía.  Imaginó ver cómo el monstruo llegaba hasta la casa de El Chino y penetraba en ella por la azotea de teja que se deshacía sin mayor resistencia debajo de sus pies. Buscaba entre los escombros hasta encontrar a los moradores maltrechos, los agarraba con sus manazas toscas y peludas, y saciaba con ellos su voraz apetito. Destruía a puntapiés las paredes y continuaba su marcha hasta la casa siguiente donde repetía su destructora actuación. ¿Cuándo cambiaría de rumbo para llegar hasta él, y cómo evadirlo?

No atinaba a responderse.  

¿Y si pudiera dominarlo? ¿Si lograra encontrar algún botón oculto en su cuerpo, una palanca, el interruptor que controlara sus pensamientos si los tuviera, y pudiera guiarlo para evitar que destruyera como hacía ahora? Tener un ser imponente como aquel a su servicio para realizar las agotadoras faenas de emparejar caminos, tender vías para los carruajes, transportar los fardos de henequén, pero sobre todo para pasearse montado en sus hombros y apreciar el paisaje desde esas alturas, ante el asombro y la envidia de sus compañeros… Tener en él a un amigo poderoso que le allanara sus dificultades, era una fantasía que se planteaba de pronto como posible y fascinante. ¿Quién otro podría tener un monstruo a su servicio? Nadie, sólo él. Y contempló cómo se desvanecía de entre las sombras la subyugante figura ennoblecida ya por su posible disposición a ayudarlo.

¿Habría en verdad un monstruo merodeando Kanachén o era un alma en pena quien produjo el estruendo? Juan Ihuit decía que los aparecidos gustaban de las noches oscuras como aquella para llamar la atención de los humanos, y se manifestaban de diferentes formas. Unas veces como personas enfundadas en túnicas blancas deshilachadas, flotando

entre los árboles, precedidos de gritos lastimeros. Aunque también en forma de animales salvajes como perros negros con intensos ojos rojos y fauces babeantes. Algunas veces era en la figura de Luzbel, con cuernos y cola puntiaguda, tratando de seducir a incautos con promesas de riquezas fabulosas. Otras más como repugnantes muertos en descomposición, deambulando sin rumbo, en continua pena.

¿Cómo se le podrían presentar esa noche? Se estremeció ante la posibilidad de verlos en cualquiera de las formas imaginadas. Una leve brisa fría agudizó su percep-ción del entorno. Su madre continuaba en la cocina y él se sentía más solo cuanto más se adentraba en sus ensueños.

 

 

«Lo que buscas no está en las sombras de la noche, cierra los ojos y lo tendrás de inmediato. Tu invocación ha sido escuchada. Déjate conducir… relájate» Se sorprendió de sus pensamientos que no atinaba a comprender si eran suyos de verdad o se los dictaban. ¿Pero quién? «Relájate» insistió la voz interior. Pero le era imposible hacerlo cuando todos sus sentidos estaban tensos, excitados de más.

 

Permanecía con la mirada fija al frente, taladrando la oscuridad, obsesionado en descubrir al ser aquel de quien sólo conocía la voz. ¿Lo había escuchado en verdad o sólo lo había

imaginado? «Relájate»  «¿Y qué sucederá si lo hago?» Se preguntó de inmediato al establecer una comunicación mental consigo mismo. ¿Era consigo mismo?  «Y con quién más habría de ser» Se contestaba.  «Conmigo, con quien soy y en quien te niegas a creer» «¿Eres el diablo acaso?» «Podría ser. ¿Te gustaría que lo fuera?»  «Nooo!» Lo interrumpió con vehemencia. «¿Por qué no? No cualquiera tiene el privilegio de escucharme ni la oportunidad de saber sobre las cosas ocultas que siempre han intrigado a los humanos»

 

¿Qué era aquello? ¿De dónde provenía la voz que sentía suya pero que no correspondía a sus pensamientos? Su escaso conocimiento de ‘cosas del más allá’ lo descalificaban para un diálogo semejante, y menos en su mente.

«No te martirices. No eres tú sino yo quien habla, escuchó nuevamente. Sé que anhelas conocer la ciudad pero tus padres no han podido cumplirte ese deseo. Yo podría volverlo realidad si quisieras»

«No, no, yo no puedo pensar ni en el diablo ni en cosa que se le parezca; Cruz, Cruz, que se vaya el diablo y venga Jesús» Repitió exaltado. Gabriel movió hacia todos lados la cabeza con intención de apartar de su mente aquellos pensamientos insanos. Estiró los brazos, dio pequeños saltos, parpadeó insistente y se sintió de nuevo en dominio de su persona.

Aquella voz no era más que una mala pasada que se hacía a sí mismo para tratar de explicarse los momentos de pánico sufridos minutos antes en la desfibradora, y que inexplicablemente se prolongaban de más. O al menos así era más conveniente creerlo. La vida no contenía, no podía contener ese tipo de experiencias que Juan Ihuit relataba de continuo y que parecían asaltarlo cuando más necesitaba tranquilidad para desentrañar el misterio.

¿Qué sucedía? Nunca antes había experimentado ansiedad semejante. Él era (al menos había sido hasta esa misma tarde) un niño feliz, espontáneo, a quien no preocupaban misterios ni embrujos. Pero ahora parecía embrujado.

Lanzó una última mirada a las luces distantes y regresó a su asiento en la cocina. Doña Laura permanecía en su inacabable labor, pero atenta a los movimientos de su hijo.

-¿Te sientes mejor? -Preguntó al reanudar el diálogo interrumpido.

-Sí, mamá, la brisa me ha refrescado. Ya no sudo.

-Me quitas un peso de encima. Llegaste muy alterado y supuse que te habrían golpeado o, peor aún, que te hubiera mordido algún animal.-

-No, mamá, venía sudando -se sinceró- porque oí un sonido fuerte y raro en la desfibradora que me asustó mucho.

-¿Un sonido raro? -Se interesó doña Laura- ¿Cómo era?

-Muy fuerte, y se repitió por todo el segundo piso de la desfibradora. Lo escuché hasta cinco veces en la oscuridad como si viniera de otro mundo. Se oía así: (Gabriel enlazó sus manos hasta formar con ellas un cono y las pegó a sus labios para amplificar el sonido) «toooooooh» «toooooooh» «toooooooh». -Imitó el sonido que lo había paralizado.

-¡Ah!, vamos, -exclamó divertida su madre-. Escuchaste el canto del pájaro Toh que vive en la noria del corral. Es un pájaro hermoso que siempre canta al alba, a medio día y al anochecer. Es del tamaño de un loro y su plumaje brillante, de color verde azuloso o azul verdoso. Tiene dos largas plumas en la cola, rematadas en un círculo blanco cada una de ellas, como si fueran dos ojos que mueve como el péndulo de un reloj. No es un pájaro malo, sólo misterioso y escurridizo. Su canto recuerda al hombre que debe agradecerle al dios Chac sus bendiciones cotidianas.

El semblante de Gabriel fue tranquilizándose conforme se adentraba en el relato de su madre y encontraba la explicación lógica al sonido que tanto le mortificara. Se sintió defraudado al pensar que llegó a imaginar a su autor como un monstruo de cinco metros de alto o como el diablo, cuando apenas era un pájaro insignificante, por lo que cuestionó de nueva cuenta a doña Laura.

-¿Estás segura? Yo no creo que un pájaro pueda hacer el ruido que escuché, tan fuerte y tan grave: «toooooooh» -volvió a producirlo.

-Sí, estoy segura. Pero no es tan estruendoso su canto, es más bien áspero, tal vez enigmático, inesperado, distinto a los trinos de los pajarillos, pero no tan impresionable como dices. Creo que estabas perturbado por alguna otra causa y por eso te pareció intenso. Si quieres, mañana podríamos escucharlo al amanecer, junto a la noria. ¿Despertarías?-

-¡Claro que sí! -Exclamó jubiloso-. ¿Tú lo has visto? -Volvió a preguntar.

-Sí, varias veces, cuando tu papá nos ha llevado al cenote Chel há.

-¿Por qué yo no lo he visto?

-La última vez que fuimos a ese cenote tú eras muy pequeño. No creo que recuerdes mayor cosa.

-¿Cómo es el cenote? -Preguntó interesado, y su madre comenzó la descripción de aquel lugar que se antojaba mágico a la fantasía del niño y disipaba su angustia que lo había hecho soñar con el monstruo y los aparecidos:

-En el principio, cuando los hombres aún no aprendían el arte de la alfarería y carecían de vasijas para guardar el agua que el dios Chac les enviaba desde el cielo, éste ordenó a la naturaleza a través de un conjuro, abrir oquedades en las piedras para formar las sartenejas donde pudiera almacenarse el líquido. Así se hizo y los hombres acudieron a ellas agradecidos, a calmar su sed.

-Pero allí bebían también las fieras y pronto las sartenejas resultaron lugares peligrosos, donde seguido encontraban la muerte los seres más débiles. Animales pequeños, hombres descuidados, niños y mujeres morían destrozados por los animales salvajes. No era eso lo que el dios Chac quería para sus hijos de la tierra. Él pretendía beneficiarlos y las sartenejas habían propiciado el fin de muchos de ellos.

-Entonces, en otro momento de inspiración, el dios Chac expresó un conjuro más prolongado y la tierra se abrió en algunas partes hasta exponer sus entrañas por las cuevas inmensas llamadas cenotes. Éstos ponían a disposición del hombre y sus familias manantiales subterráneos donde tendrían privacidad y estarían protegidos de las fieras y alimañas. El hombre vivió tranquilo, a salvo desde entonces, y pidió al dios Chac un recordatorio para agradecerle sus bondades.

-Éste ordenó entonces al pájaro Toh que hiciera sus nidos en las hendeduras de los cenotes y cantara al amanecer, a medio día y al ponerse el sol, para recordarle al hombre que a esas horas debería agradecerle por el agua.-

Gabriel estaba fascinado. Su despierta imaginación lo remontó de inmediato en el tiempo hasta situarlo como personaje central de una tribu que habitaba una caverna. Se vio de pie con los brazos cruzados ante un centenar de súbditos aborígenes, luciendo un penacho de plumas vistosas y una capa de piel atigrada. Al escuchar desde las profundidades de la caverna el canto del pájaro Toh, se hincó para rendir pleitesía al dios Chac y sus súbditos lo imitaron: «Somos tus hijos, venerable Chac, quienes te invocamos para cumplir tu mandato. Gracias te damos, ¡Oh, Gran Señor!, por habernos resguardado de las fieras y por entregarnos este manantial que sacia nuestra sed y nos mantiene limpios. Te prometemos cuidarlo siempre y venerarte por tu bondad» Juró solemne junto a la hoguera que mantenía cálido el ambiente y alejaba a las fieras y alimañas. Su rostro abstraído hizo sonreír a mamá Laura.

-¿Ya estás soñando de nueva cuenta, Gabriel? –Y lo volvió a la realidad con el beso de las buenas noches.

-Ya quedamos, mamá, me despiertas a las cinco de la mañana. Espero que no se te olvide. -Recordó al retirarse a su habitación, mientras doña Laura apagaba la luz del quinqué. La oscuridad de la noche los envolvió de nuevo en sus aposentos y el silencio se agigantó, acotado apenas por el canto de los grillos.

La noche se volvió más densa y cubrió el pequeño poblado de Kanachén. Desde las alturas, donde seguramente los observaba el dios Chac, sólo se percibían pequeños puntos amarillos, como luciérnagas fijas en cada uno de los hogares.

 

 

 

Acostado en su hamaca, Gabriel dio rienda suelta a sus ensueños prehistóricos. Se vio de nueva cuenta ante sus súbditos que no eran otros sino sus compañeros de juego: Juan Ihuit, el de mayor edad que recién había cumplido los trece años y relataba siempre cuentos de aparecidos y almas en pena, era el brujo de la cara blanquecina, ataviado con una piel negra de cabra y collares de guijarros de colores en el cuello, brazos y tobillos que (con un fémur humano en la diestra) describía círculos en el aire, alrededor del gran jefe, mientras emitía sonidos guturales ininteligibles.

Carlos, su mejor amigo, de su misma edad y similar estructura física, en ese sueño fantástico lucía avejentado pero noble, envuelto en una piel blanca de cabra. Era el padre de Azul (prima de Gabriel en la vida real, de apenas ocho años), la joven más agraciada del conglomerado. Ella vestía una túnica confeccionada de ayate y pétalos azul plúmbago. Era la sacerdotisa encargada de alimentar con copal los sahumadores, para aromar la gran caverna durante las ceremonias.

El Chino, su rival eterno en los juegos cotidianos de la hacienda, mocetón de once años, moreno, de pelo hirsuto y negro como sus ojos pequeños y agudos, de frente angosta y mandíbula prominente, era el rebelde del clan. En su fantasía, Gabriel lo identificaba con el nombre de Chon, quien se negaba a cumplir los mandatos del dios Chac. Se mantenía a distancia en el extremo opuesto del cenote, al frente siempre de seis seguidores incondicionales. Una piel negra enredada en la cintura cubría su desnudez y destacaba su incipiente musculatura.

Ernesto, Mario, Antonio, Pedro y Dionisio, los amigos más cercanos a Gabriel capitaneaban los guerreros del clan. Llevaban como distintivo una pluma de faisán sujeta a la cabeza con una diadema de cuero del mismo color de sus taparrabos.

Concluida la ceremonia, el jefe tomó asiento en el trono, una gran piedra plana situada en la parte superior de la caverna desde donde dominaba hasta las rendijas más ocultas. Llegó hasta él Mario (que respondía al nombre de Mar), quien después de hacer una reverencia le dijo unas palabras al oído.

El jefe volteó contrariado hacia el grupo capitaneado por Chon (que permanecía apostado a la entrada de la caverna), levantó su mano diestra empuñada y lanzando un grito estruendoso bajó corriendo a su encuentro, seguido de su séquito preparado para la contienda. Con el impulso que llevaba se abalanzó sobre Chon y rodaron ambos por el suelo, observados por los integrantes de los dos bandos que tomaron posiciones.

El jefe y Chon permanecieron luchando, golpeándose con manos, rodillas y pies, girando siempre, revolcándose tomados del cabello y mordiéndose, arañándose, tratando de dañarse lo más posible. Así permanecieron por varios minutos sin levantarse hasta que sus fuerzas mermaron y dejaron de moverse, pero sin soltarse.

«Ha, ha, haaaaa» gritaba Gabriel, cuando de repente sintió a su madre que lo abrazaba y le decía con ternura:

-Cálmate, hijo, es sólo una pesadilla. Despierta, despierta… -Y lo acunaba en su regazo. Gabriel abrió los ojos rojos, exaltados, y se asombró de encontrarse en los brazos de mamá Laura y no enredado con el chino Chon.

-¿Qué soñabas? -Preguntó cariñosa mientras acariciaba los cabellos revueltos de su hijo, tratando de calmarlo.

-Peleaba con el Chino porque no quería hincarse ante el dios Chac cuando le dábamos las gracias por el agua y el cenote. -Respondió entornando los ojos y volviendo a sumirse en aquel agitado sueño. Doña Laura sonrió y lo arropó, segura que continuaría prendido a su fantasía.

«Aaahoooo, aho, aho; aaahoooo, aho, aho» Gritaban entusiasmados los integrantes del clan, levantando los brazos empuñados y danzando alrededor de los contendientes, sabedores que de ese encuentro surgiría un nuevo monarca o se consolidaría el mandato de Gabriel.

Perpetuados en aquel desesperado abrazo, jadeando, revolviéndose, con el último aliento el jefe logró soltarse de su adversario y tomándolo de los cabellos aporreó su cabeza contra el suelo una y otra vez, hasta dejarlo inconsciente.

Soltó el cuerpo exánime y dejó escapar un grito ensordecedor mientras sus partidarios lo imitaban, lo levantaban sobre sus cabezas en triunfo y lo paseaban por la caverna mientras los partidarios de Chon el Chino, cabizbajos, arrastraban a éste fuera de la cueva.

A partir de entonces, durante la noche, todos danzaron alrededor de la fogata festejando el triunfo de su jefe.

 

 

 

La mañana se anunciaba en el canto de los gallos y en el débil resplandor del horizonte, fresca, legañosa, cuando mamá Laura despertó a Gabriel minutos antes de las seis.

-Levántate, hijo, tenemos poco tiempo para escuchar el canto del pájaro Toh. Vístete pronto.-

Gabriel se incorporó de inmediato al escuchar el nombre del causante de sus miedos. El recuerdo de aquel sonido tosco y lacerante más asemejado al lamento de un alma en pena que a los trinos armoniosos de las aves, leves y frágiles, lo puso en movimiento. Se vistió presuroso, se despabiló con el agua fresca que se echó en la cara y llegó radiante hasta su madre.

-Ya estoy listo. ¿Vamos? -Preguntó animoso.

-Vamos. -Respondió doña Laura.

Tomados de la mano cubrieron los escasos cien metros que los separaban del corral. Llegaron al portón, levantaron la pesada aldaba, abrieron y penetraron topándose con cientos de reses de todos tamaños echadas en el suelo, resoplando y mugiendo algunas, pero las más calmadas y rumiando.

El fuerte humor del ganado y el estiércol los detuvo de momento. Era arriesgado aventurarse a pasar por en medio de los animales, no por su bravura sino porque al ser tantos fácilmente podrían tropezar con alguno y caer, y ser aplastados por aquellas imponentes moles de carne. Optaron por bordear hacia la izquierda, avanzando despacio a escasos centímetros de la barda, inclinándose a veces sobre alguna res echada, hasta llegar al muro blanco que circundaba la noria.

Aguardaron en silencio. Sus corazones latían agitados más por encontrarse a escasos centímetros de los cuernos puntiagudos del ganado, que los movían impensada-mente, que por el esfuerzo hecho para llegar.

Se recargaron en el muro y esperaron pacientes. Los ojos vivaces de Gabriel escudriñaban las ramas de los árboles que se perdían entre la penumbra, en busca del enigmático pájaro Toh. Volteaba también, inquieto, hacia uno u otro lado del corral, gozando el espectáculo del mar de testas puntiagudas y la morbosa emoción de verse situado entre ellas.

Poco a poco fueron definiéndose los objetos del paisaje y el ganado comenzó a inquietarse. Mamá Laura, sonriente, estoica, soportando los penetrantes humores, el pavor que le producían las enormes agujas cuatas de las astas en movimiento continuo, miraba con ternura el arrobamiento de su hijo y esperaba ansiosa que no le defraudara el alado morador de la noria.

Gabriel permanecía expectante, atento a todos los sonidos, cuando de pronto surgió de las entrañas de la noria el gutural sonido esperado: «tooooooh», que le iluminó el rostro y le hizo encaramarse de un salto sobre el muro contenedor, para tratar de ver en las profundidades al misterioso personaje alado.

-No, espera, -lo detuvo su madre-. No hagas ruido, déjalo cantar libremente, después saldrá a la luz del día. Ten paciencia y no te muevas.

El pájaro dejó escapar sus guturales lamentos ocho, nueve veces, y salió después majestuoso a posarse en una rama justo encima de la pareja. Los primeros rayos del sol se quebraron en su brillante plumaje verde azuloso, y el pájaro expandió el pecho para liberar una vez más su sonido peculiar.

Gabriel permanecía arrobado, hipnotizado por la majestuosidad de aquel pequeño ser mitológico que, ceremonioso, movía su larga y reluciente cola como el péndulo de un reloj.

Los minutos pasaban insensibles para el niño que permanecía estático, embelesado ante su nuevo descubrimiento, cuando desde el lado opuesto se escuchó otro canto gutural. Gabriel volteó el rostro y en su mente se dibujó una vez más la imagen tosca y terrible del monstruo de la noche anterior.

Mamá Laura dijo relajada:

-Es otro pájaro Toh que también saluda al sol esta mañana.

¿Sería?

 

Glosario

Henequén: Variedad de agave o sisal.

Penca de henequén: Hoja carnosa de la planta.

Dios Chac: En la mitología maya, dios de la lluvia, dios del agua.

Cenote: Cavidad subterránea, caverna, gruta con manantial.

Chel Há: Palabra maya; se traduce como “agua clara”.

Hamaca: Red que cuelga por los extremos y sirve de cama y columpio en ciertos países.

Ayate: Manta rala de maguey. 

Copal: Resina que se extrae de diversos árboles de las regiones tropicales. Sirve como incienso.

Sahumador: Perfumador, vaso para quemar perfumes.

 

Gregorio Sosa Sauri

La Valkiria

August 3, 2008

 (De la novela Susana Ortega de Fuentes)

 

Opuesto al Mario Antonio insensible que el raciocinio hacía desprender de los pesares de Susana, existía el otro Mario Antonio seductor de presencia varonil, con canas prematuras que le servían como pase de abordar entre cierto sector femenino, ameno y con ímpetus sensuales, quien guardaba como prenda preciosa en lo más íntimo de sus recuerdos un encuentro amoroso en Bogotá en el que se mostraba experto en el arte del galanteo y en la improvisación; prácticas a las que al decir de Susana era refractario.

 

Eran pasadas las doce de la noche. Al llegar al hotel apeteció una copa en el bar antes del baño tibio. Habría como veinte juerguistas en grupos pequeños situados cerca de la barra donde Mario Antonio tomó asiento. Un conjunto de piano, trompeta, batería y saxofón tocaba un “jazz” lento que lo atrapó de inmediato. Seguía el ritmo con ligeros movimientos del cuerpo mientras paladeaba el escocés en las rocas cuando sintió la necesidad de voltear hacia la parte más oscura del bar, al fondo, donde en una mesa apartada se perfilaba una cabellera rubia sobre un rostro femenino de formas indefinidas.

Un haz de luz daba un toque misterioso a la figura que se adivinaba bella e interesante. Estaba sola. Se quedó mirándola y ella se inclinó en un leve saludo-invitación al que Mario Antonio respondió de inmediato. Cruzó entre las mesas pero antes de llegar ella se irguió dejando entrever un rostro afilado y una figura de guitarra que le entusiasmaron. No mediaron palabras. Se le ajustó al cuerpo, ciñó la frágil figura y se dejaron llevar por la cadencia. «Olía a rosas» El contacto con su cuerpo duro y tibio avivó los perros dormidos de Mario Antonio, pero la penumbra, el total abandono de la desconocida en sus brazos y el ritmo cansino los mantuvo acurrucados en la mullida y confortable anatomía femenina, siempre al acecho. Terminada la melodía siguió otra y otras más, hasta la una y media de la mañana sin que hubieran dejado de sentirse unidos sin hablarse. No era necesario hacerlo, habían respondido al instinto animal sin proponérselo. Mario Antonio le preguntó al oído: «¿vamos?» Ella asintió con un leve movimiento.

 

A la luz del vestíbulo quedó asombrado de su belleza: ojos de intenso azul, nariz respingona, labios finos delineados y barbilla hendida. Veintiocho años cuando más y un ligero dejo de cansancio en la mirada.

 -No puedo ir más allá. -Se detuvo ella al llegar al  ascensor-. No me lo permiten. Has sido muy generoso. Gracias.

-Pero… ¿Por qué no?, -Preguntó intrigado Mario Antonio-. No me dirás que… Se detuvo justo antes de pronunciar la palabra denigrante.

-¿Si soy prostituta?, -completó ella divertida-. No, no lo soy. No me dejan otras personas ajenas al hotel. Te agradezco el interés pero no puedo seguir. -Y se dio media vuelta.

-Oye, -insistió Mario Antonio-. ¿Te podré ver mañana?

-Aquí estaré. -Dijo la enigmática mujer y regresó al bar a ocupar de nuevo su semi oscuro sitial.

Mario Antonio no pudo conciliar el sueño. Su mente evocaba indiscriminada la nariz respingona, el “jazz” inacabable, la negativa, el olor a rosas, la imagen fantasmagórica de la cabellera en penumbra, la afirmación, el cansancio de aquellos ojos azules, la excusa, la trompeta, los parroquianos indiferentes, la invitación, la promesa de mañana… «Sí, mañana… allí estaré».

 

Imposible que en la oficina pasara inadvertido el mal talante de Mario Antonio. Su ceño adusto, la mueca informe que sustituía su sonrisa habitual y la prisa no acostumbrada en él manifestada en el ‘sí, ¿qué más?’; ‘eso es todo’; ‘abreviemos’, inhibía a sus clientes habituados a su trato afable y los apuraba a concluir lo antes posible sus negociaciones. Mal disimulaba su ansiedad por el paso lento de las horas y por el desahogo de una agenda en apariencia interminable.

A las seis de la tarde, al fin, logró concluir la jornada y se encaminó a la barbería del hotel para el retoque que, según su experiencia, sería apreciado por la enigmática desconocida: corte de pelo, manicura, rasura y un masaje ligero en los músculos trapezoides y pectorales, así como en los parietales que sentía tensos. Pensó en una siesta para reponer energías pero la descartó por su creciente ansiedad y optó mejor por un baño tibio de tina que prolongó por una hora, con ensueños intermitentes distorsionados de su experiencia nocturna, en los que seducía implacable a la huidiza valkiria.

¿Quién era la misteriosa mujer? ¿Por qué permanecía sola en un bar a tan altas horas de la noche sin que nadie la importunara? ¿Sería la dueña del bar o la administradora? ¿Por qué le daría entrada durante casi dos horas de ensueño inolvidable para detenerse abruptamente en el último momento? ¿Quiénes le impedirían subir a las habitaciones, el reglamento interno del hotel o la advertencia de alguien que tuviera derechos sobre ella? Sea quien fuere la hermosa desconocida lo cierto era que había demostrado más que interés por Mario Antonio al permanecer unida a él gran parte de la noche.

Era una mujer de mundo, no le cabía duda, humanizada por aquel extraño dejo de tristeza.

Se acicaló con esmero sin poder apartar de su mente la mirada triste que desentonaba en aquel semblante bello que lo había atrapado. Escogió un traje de lino blanco y una corbata discreta en vivos violáceos. Aprobó la figura impoluta, esbelta y distinguida que le devolvió el espejo y salió radiante de la habitación. A las once de la noche llegó al bar que estaba lleno a su capacidad y en vano buscó a la rubia misteriosa.

-Tenemos una convención de vendedores de seguros de vida en el hotel y hoy es su último día. Nuestros clientes habituales nos disculpan en ocasiones como ésta pero mañana estarán aquí. -Fue la respuesta del barman entre el parloteo interminable de los parroquianos.

-¿Recuerdas a la señora rubia que estuvo anoche en aquella mesa? -Gritó para hacerse oír.

-¿A Viky? ¡Cómo no! Es nuestro talismán pero hoy no vino. Cuando tenemos eventos grandes ella desaparece. Mañana de seguro estará de nuevo con nosotros. -Y lo dejó de una pieza.

Se sintió ridículo con su elegancia inmaculada en medio de tanto currutaco advenedizo que parecían reír del plantón que le habían infligido. Salió apresurado hasta el vestíbulo y, dominando su primer impulso de regresar a su habitación (desvestirse, acostarse para sufrir alguna comedia televisiva de acedo humor gringo doblada al español), pidió al botones más cercano le consiguiera un taxi.

-Llévame a un buen bar. -Se escuchó decir.

-Con gusto, patrón, vamos al ‘Pepe’s, -contestó el chofer.

«No puedo creer lo que me está sucediendo, reconoció molesto. Que me ilusione con una cara bonita y decida conquistarla para llevarla a la cama, pasa. Pero violentarme y buscar un escape, algo que la sustituya al no encontrarla, está fuera de orden» Pero no rectificó. Llegó al Pepe’s, un bar pequeño, elegante, de alfombra roja y muros claros recamados en dorado, barra discreta, piano y de nueve a diez parroquianos. Tomó asiento junto a la barra y pidió ‘chivas en las rocas’. Uno, otro, otro y otro hasta perder la cuenta y empezar a navegar en el azul plúmbago de unos ojos tristes, enredado en una cabellera rubia que se desmadejaba hasta formar, con él en medio, un ovillo que se convertía luego en capullo, en crisálida, en mariposa azul triste de nariz respingona y barbilla hendida.

 

Le despertó de pronto el sonido insistente del teléfono que descolgó y contestó en automático. Oyó su voz ronca, lejana, desconocida.

-Son las siete de la mañana, Señor Fuentes -escuchó una voz melosa por el auricular-. Tenemos un día espléndido con 18 centígrados a la sombra. Esperamos lo disfrute. Baay…

«¿Qué ha pasado?» Se preguntó Mario Antonio al incorporarse en el lecho que aún no reconocía y tentar a su lado el trasero desnudo de una mujer dormida. Todo en su entorno parecía dar vueltas. Cerró los ojos para tratar de encontrar a su yo interno que creía perdido. Sentía náusea, sed y un fuerte dolor de cabeza. Se levantó para ir al baño y tuvo que volver a sentarse porque no se podía mantener en pie. ¿Qué había pasado? «¿Quién es esta mujer? Ayúdame a recordar, Dios mío, y haz que se me quite este mareo insoportable» Puso todo su empeño en forzar su memoria y no llegó más allá del nombre del barman, Ramón, que le aconsejaba prudente: «Las chivitas son muy buenas, patrón, pero hay que saber pastorearlas» Después sólo la mirada azul y la cabellera… volteó como impulsado por un resorte hacia la dormida desconocida y apreció entre las sábanas una cabellera oscura revuelta.

Un dejo de nostalgia y desencanto se sumó a su caudal emocional. Titubeante fue al baño y hasta entonces se percató que permanecía vestido con su traje de lino manchado de carmín. Miró en el espejo su figura deprimente, humillada, y sintió un estallido de rabia que le fue devolviendo poco a poco la razón. Se desvistió y tomó una ducha fría que le hizo temblar hasta recobrar el equilibrio. No recordaba mayor cosa del Pepe’s pero se había recuperado. Era él nuevamente: Mario Antonio Fuentes Díaz.

Despertó  con delicadeza a la mujer desconocida quien permanecía ofuscada aún por los vapores etílicos, la pasó al baño, la ayudó a vestirse y la puso en la puerta con cien dólares en la mano. Bajó al restaurante. Pidió zumo de toronja frío que apuró de un solo trago, y, otro vaso más grande con la aprobación benévola del maitre d’hotel. «Es inconcebible que no recuerde nada», continuaba su martirio, ajeno al trajinar continuo de meseros y comensales. Veía y escuchaba como a través de filtros que parecían distorsionar la realidad, volviendo grotescas, deformes a las personas y los objetos así como los sonidos que le parecían todos ásperos y graves. Se sentía hinchado, deforme, maltrechos estómago, garganta y cabeza que amenazaban con estallar.

-Si el señor lo desea puedo traerle un remedio efectivo para evitar su malestar, -escuchó apenas la voz solícita del maitre, y, a poco, ingería a sorbos un brebaje verdoso y amargo. Pidió un teléfono para cancelar su agenda del día, dejó veinte dólares al servicial mesero y regresó a su habitación para dormir el resto del día.

 

Mario Antonio despertó a las ocho de la noche con ímpetus nuevos. Repasó los acontecimientos a partir de su encuentro con la rubia del bar y concluyó que lo invertido hasta entonces le facultaba a buscarla una vez más. A las once de la noche volvió a cruzar las puertas del bar Imperial enfundado en un traje deportivo claro. Los mismos músicos, tal vez quince clientes diseminados en torno a la minúscula pista de parqué y, al fondo, la misma figura enigmática emergiendo de la penumbra. Se dirigió a ella de inmediato y

tomó asiento a su lado.

-Lamento  no haberte  encontrado  ayer  como acordamos -dijo a manera de saludo, al entregarle una orquídea amazónica. En la penumbra adivinó la sonrisa de agradecimiento.

-Gracias, es un gesto delicado. -La aceptó y la prendió a su pecho-. No vine ayer, por el tumulto. Dispénsame.

– ¿Quieres bailar?

El conjunto iniciaba una melodía acariciante.

-Preferiría platicar antes un poco si no tienes inconveniente.

-¿Para interrogarme? -Preguntó ella coqueta.

-No precisamente, diría mejor que para compartir tu atmósfera de misterio y alimentar un poco mi ego maltrecho con la envidia que despierte entre los asistentes.

Los parroquianos, ensimismados en sus particulares asuntos, parecían sin embargo ajenos a la pareja.

-Si así lo prefieres -contestó ella indiferente.

-Ayer un taxista me llevó al bar Pepe’s. ¿Lo conoces?

-Sí -respondió ella al instante-, es un lugar tranquilo. ¡No me dirás que tuviste algún problema! -Se interesó vivamente.

-No, en absoluto -dijo él, dueño del momento-. El problema fui yo que por alguna razón incomprensible me afectó de más no haberte encontrado, y bebí como un estúpido hasta embrutecerme. Bueno… creo que lo bruto lo traía desde antes. -La hizo reír-. Mi preocupación es no saber qué pasó después del octavo jaibol. No supe qué hice ni dónde estuve y, me apena confesarlo, desperté junto a una dama desnuda que para mi infortunio no tenía el pelo rubio (aceptó ella de buen grado la alusión con una incipiente sonrisa.) No sé dónde la recluté ni cómo, ni qué hicimos. Ella tampoco me dijo porque la despedí medio dormida cuando la descubrí esta mañana a mi lado. Perdóname estas confesiones en aparente fuera de lugar pero fueron motivadas por tu ausencia.

-¿Ahora yo soy la culpable? -Preguntó divertida.

-Total e irremediablemente culpable -Mario Antonio se puso solemne-. Y estás condenada a soportar en tiempo y forma al afectado y a ‘desfacer’ (como dicen los clásicos), las inconveniencias que tu ausencia me ha causado. Enumeremos: Primero, el mayor desencanto infligido a mi ego, quien al no poder soportar el desengaño se ha desquiciado actuando incoherente y se ha puesto una papalina de padre y señor mío. Segundo, eres culpable del malestar físico y mental sufrido por el afectado, al ingerir éste sin control bebidas espirituosas en exceso que en otras circunstancias no habría ingerido. Tercero, te es imputable también la distorsión de la libido del afectado al buscar por tu ausencia refugio en los brazos de una ‘Magdalena’ en ejercicio. Cuarto, eres culpable de mi falta laboral por este día y en consecuencia también de los posibles inconvenientes que me pudieran resultar por ello. En resumen, no tienes escapatoria posible esta noche. Has sido juzgada y sentenciada sin derecho a apelación.

-Podríamos convenir en que la ausencia de la acusada pudo ocasionarle dichos estropicios o más -le siguió ella la broma-, pero da la casualidad que ésta se ha presentado con un amparo de la autoridad judicial que mantiene en suspenso cualquier acción coercitiva en su contra. Por lo tanto, señor fiscal convertido en juez, jurado y afectado, son improcedentes sus argumentos y sanciones, lo conminamos mejor a la concertación pacífica de las partes si usted desea mantener alguna relación de entendimiento entre ellas.

Había empatado los cartones dando entrada de buen talante al galanteo de Mario Antonio. Éste, como perro de caza que olfatea la sangre de su presa, se aprestó de inmediato al ataque.

-Tiene usted toda la razón. Nada mejor que concertar. Distinguida dama -dijo solemne:- ¿Puedo llamarla Viky?

-No tengo inconveniente si así lo desea, aunque pudiera llamarme también Atenea, Melibea, Antonieta, Lucrecia, Juana o Domitila -prosiguió el juego.

-No, Viky es más propio, más cercano a la apócope de vikinga o de valkiria, que de cualquiera de ellas serías inmejorable embajadora. Viky, ¿sería mucho pedir que me destinaras la noche entera? -la acorraló con la pregunta directa.

El semblante hasta entonces relajado de la enigmática mujer se puso tenso, afilado, y se contrajeron sus arcos ciliares al aguzar la mirada. Sin perder compostura, ganada ya por la espontánea actitud de Mario Antonio, procuró sin embargo continuar el juego.

-Las concertaciones, señor, llevan siempre orden y método, no se vale quemar etapas. –Sentenció-. Su petición resulta prematura. ¿No le importaría bailar? –Se levantó decidida.

No admitía réplica su actitud y Mario Antonio la complació de inmediato. Se enlazaron los cuerpos moviéndose al ritmo de la melodía. Poco a poco se abandonó ella y descansó la cabeza en el hombro fuerte del varón. Algo en su actitud pasiva despertaba sentimientos de ternura en Mario Antonio. «¿Está tensa y temerosa o es sólo una falsa apreciación?» A una melodía siguieron otras… sus miembros se fueron amoldando como sus pensamientos al ritmo cansino que servía de pretexto para gozar los roces y el humor de sus cuerpos.

-¿Cuál es el número de tu habitación? -preguntó ella de improviso, al oído.

-El trescientos cuarenta y ocho, tercer piso. –Contestó él, también al oído.

-Déjame en la mesa y vete. Enseguida te alcanzo -dijo ella decidida.

Mario Antonio pagó la cuenta y salió. A los pocos minutos llegó ella presurosa. Sin mediar palabra le tendió los brazos y lo besó apasionada.

-No puedo hacer el amor. Sólo quiero disfrutar tus caricias -le advirtió al comenzar a desvestirse.

-Espera entonces. -La tomó por atrás apartándole el cabello para descubrir el fino cuello, mordisquear el lóbulo de sus orejas, aprisionar sus senos y bajar las manos hasta el pubis…

De improviso se abrió la puerta con violencia y entraron pistolas en mano dos hombres que lo apartaron con furia y lo encañonaron.

-¡No, déjenlo, él no tiene culpa! -Gritó la Valkiria, frenética.

-Está bien, -contestó uno de los gorilas-. Pero acompáñenos, por favor, señora. -Y se perdieron por el lóbrego pasillo.

Al día siguiente apareció una nota debajo de la puerta de la habitación de Mario Antonio: «Perdóname, soy la esposa de un poderoso traficante de drogas. Nunca te veré más. No me busques porque te harían daño. Recuérdame como yo te recordaré siempre. La Valkiria.»

Gregorio Sosa Sauri

Cuento

July 16, 2008

No aburras a tu amada con flores.

Para escenas de horror las notas de La Marcha.

Amárrala a la cama, quítale despacio las medias como si tocaras un

[arpa.

Rasúrale el pubis y muéstrale el espejo:

las heridas se encuentran.

No le digas que sus caderas son melancólicas como cena de navidad

sino festivas como vacaciones de Semana Santa.

Ahorra diminutivos;

cosa, trapo seco, reina de las Oceánidas, suenan bien.

Dile que la amas la vida de un instante

que su piel es de agua y bebe de sus ánforas

líquidos tragos lentos,

que sus huesos te abren el apetito y cómetela.

Mastícala despacio, gozará más tus dientes.

Háblale fuerte para que escape del cuento.

Haz que vomite todos los sapos, y por las dudas,

arroja lejos esa flama verde

de príncipes caídos en desgracia.

 

Margarito Cuéllar

Leporino

July 14, 2008

Acaricio la cajetilla de cigarros. Pincho mi dedo en sus cuatro esquinas y decido fumar el último en toda mi vida. Lo clavo entre mis labios y al encender el cerillo veo, como en carrusel, las mejores estampas de nuestra fallida relación. Me detengo en la más luminosa: baño de baldosas verdes con dos tragaluces que lo cruzan por lo largo; Citlali saca el envuelto de papel aluminio que escondía en el dobladillo de su falda, analiza los dos cigarros y me da el menos maltratado. Me explica que primero debo pasar mi lengua por el filtro, o de lo contrario, puedo padecer la carraspera flemosa del maestro de historia. La cortina de su labio se abre y una serpiente sale a tocar la punta del cigarro, luego se dobla hacia atrás y desaparece. La imito torpemente. Ella ríe. Observo su boca con el asombro de la primera vez. Guarda el cigarro en su puño, se acerca a mí. Cuando siente el reflector del tragaluz iluminarle el rostro se detiene cerrando los ojos. El labio superior parece estar enganchado a un hilo invisible que lo levanta como holán sobre sus dos dientes frontales. Espera a que mi inspección termine mientras su gesto se frunce trágicamente, veo de pronto un rostro leporino, me espanto. Enciendo un cerrillo, abre sus ojos, me sonríe. Chupa su cigarro y saca el humo lentamente contra las franjas de luz. Estoy fascinada con el olor de las volutas al desenroscarse. Fumo. Al terminármelo pienso, igual que entonces, que no puede ser el último. Acaricio la cajetilla.

Ximena Peredo

Porno star

July 12, 2008

La quiero mucho y ella lo sabe. Reta con frecuencia mi inteligencia. Provoca muchas risas, aunque me diga malas palabras o me recuerde a mi madre como si fuera un día festivo.
Es una niña mujer estudiante. Tiene el cabello largo, tan negro y tan lleno de vida como su cuerpo. Viste como se le antoja en el momento, tiene sus afiches de anarquista y de libre pensadora.
Bebe cerveza como cosaco, ha probado todas las drogas desde los quince años. Sus ex novios han querido hacer el amor con ella. Pero como virgen le tiene miedo al dolor de la primera vez.
Fuma marlboro rojos a cada instante. Me gusta pasear con ella y enseñarle a descubrir la noche. Le encanta retar los excesos.
Hemos bebido en los antros gays, en puteros de mala muerte, donde los oportunistas la ven extrañados cuando entra y pide una cerveza.
Bebemos hasta cansarnos o hasta quedar dormidos. He dormido en su casa, nos hemos besado y por primera vez ha hecho el amor.
Me dice que siempre voy a ser una persona importante en su vida. Ya lo sabía. Despertamos y seguimos bebiendo, con la boca pastosa, con muy poca memoria de lo pasado las noches anteriores.
Visitamos hoteles de paso cuando cierran las cantinas. Lo importante es seguir en la vorágine de la botella.
Descubrí hace poco su afición por las películas de adultos. Los viernes y sábados pasan soft porno por los canales de cable. Tiene sus programas preferidos. Dice masturbarse y pensar en mi mientras los esta viendo.
Últimamente la imagino como una porno estar. Seguimos bebiendo. Hicimos el amor en el carro de su padre, mientras los transvestis ofrecían sus servicios en medio de la lluvia.
El vodka y el jugo de uva juegan muy buena posición. Afuera del bar donde los vidrios del carro se empañan, no tenemos dinero para ir a un hotel o para comprar mas cerveza.
Solo esta botella, la mejor de su cosecha. Sus pantalones no estorban. Ella se los quita con destreza. Sube en mi. Siempre pensé en la incomodidad del volante. Pero esta vez nuestros músculos están completamente relajados. Termino y tiro el condón a la calle.
Se que ella aun no conoce la palabra orgasmo conmigo. Pero espero esta noche, cuando vea su porno programa y se masturbe, siga pensando en mi.

Gerson Gómez

El zacatito platicador

July 12, 2008

Para David Hipólito

 

Hay sitios obscenos para desayunar, comer o cenar. Uno en especial siempre provoca malestar estomacal. Está ubicado a espaldas de mi anterior trabajo. Lo atiende un tipo bastante crecido en carnes, pero más, en egolatría.

Con mucha frecuencia las cuentas salen alteradas, vulgares caballazos, pero si estas entrado en cerveza, no prestas atención a la cuenta.

Sales aun campante diciendo gracias al ladrón, por haberte asaltado de manera impune.

En ese lugar acordó Claudia nuestra reunión. Pido agua mineral con limón y le agrego sal. Leo en la espera a Octavio Paz.

La luz blanca, implacable, golpea los ojos con demasiado orgullo. Espero no se retrace mucho mi anfitriona. Admiro la puntualidad de los ingleses, su manera de beber, pero jamás en mi vida podría vivir en un lugar tan oscuro y húmedo. Sería como vivir en el precipicio.

Romualdo llega con su cara de adolescente en busca de la próxima aventura. Siempre he tenido la duda del tipo de choro utilizado para llevar a la cama a las chicas. Lo hace con tanta facilidad, las envuelve como boa, poco a poco las devora y las engulle.

Muchas mujeres lo consideran carita. Debió ser profesional del fútbol. Tiene una condición atlética muy fuerte. Anda en busca del último orgasmo dice. Río cómplice.

Música congelada esta en los monitores. Romualdo espera a David Hipólito. Lo Recuerdo bien. Un excelente pintor. Pasan los minutos y mi anfitriona no llega. David si lo hace. Trae un cuaderno con grabados de Zarazua.

Llevo cuatro semanas sin beber. Pero los acompaño a la casa del presentador cultural de televisión.

En el nombre del cielo os pedimos quebrada, pues no puede andar, con la peda atorada. Aquí no es panzón, sigan adelante, pues no puedo hablar no vaya a ser una mamada.

Cuatro caguamas Carta Blanca. El agua mineral en envase desechable es para mí.

David acaba de llegar de REAL DE CATOCE. Nos invita a visitarlo, quiere llevar allá a los actores de la vida cultural de la ciudad.

Aun ando lampareado. Tomo asiento sobre unos libros y libretas del compa. Me vale madres. David y su zacatito platicador.

Ya no le hace al perico, es muy caro, y muy adictivo. Trato de no pensar en eso. Podria hacerse de agua mi nariz.

Zacatito platicador me mató una vez. Quise hacer el amor con mi entonces novia, la primavera nocturna, pero cometí el error de tomar 18 victorias.

Fumar dos churros completos en el carro de mi también ex compa. En casa de ella, no me pude sostener el estomago y devolví toda su habitación, mientras ella intentaba ponerme cachondo diciendo cosas al oído.

Pero el zacatito platicador es mágico dice David. Le creo.

Ya habrá otra mujer con quien probar mejor suerte, quizá en REAL DE CATORCE, encuentre la muerte chiquita.

 

Gerson Gómez

Noctámbula

July 12, 2008

La muda nocturna habla y cuenta

Una verdad que no hace ruido
es lo único que calla un poco los rumores

Los rumores de tu presencia
Antes de que me invadas en la cama

Y que en la oscuridad también te piense

En las sabanas imantadas de 20° de frió

 

Me aguardas en la oscuridad

Esperas esa hora precisa del tiempo para atacar

La noche, llena de silencios y de sigilosos susurros mentales

Que te nombran

Que te llaman

Allí es donde vives.
Allí es donde quiero ir, donde lo que existe desaparece en la ausencia de luz

En el horroris Vacuis Brillas

 

En lo sereno de una cama y sus resortes

Se sienten los pasos

Los mismos disturbios de siempre

Y yo corro a ti

Busco aferrarme al refugio que me proporciona pensarte

 

Laura Alicia Fernández Cruz

Ruta 131

July 12, 2008

A esta desconocida la he llamado Priscila, para que aunque sea tenga un nombre en estas líneas.

Se ha levantado del asiento con el objetivo de bajar  y debido a su corto short  ha dejado en la silla plástica la marca sudorosa de sus piernas, muy coqueta ella desde la puerta del transporte colectivo quizá ignora lo mojado de sus nalgas o pretende no darle importancia.

Mientras tanto Joaquín, que sale de mi (de mi ser más retorcido) mientras todavía esta fresca la huella de sensualidad, se dirige a la silla, acerca su rostro lo más posible y cerrando los ojos se regocija al oler profundamente el  resbaladizo sudor que en el asiento  dibuja una figura femenina que por cierto, ya ha bajado del camión y  se dirige con paso seguro hacia su destino.

Joaquín juguetea con sus dedos sobre el mojado asiento.

El camión va casi vacío  y quizá por eso la gente ignora estos hechos como si fueran sólo fantasmas que respiran las ajenas presencias de otros.

Son las 3 de la tarde y a pesar de que el aire ha secado casi por completo los mojados trazos de la cadera de Priscila, Joaquín dispone a hacer suyos los restos de humedad, tratando de alinear cómodamente su trasero sobre las sutiles líneas de salitre que desaparecen al compás de una mujer a lo lejos.

Comprendo estos hechos, mi silla esta caliente, 35 o 40º de temperatura  hace que a cualquiera le suden sus partes, así que es mi turno de bajar no sin antes cerciorarme no haya evidencia, rastros de mi existencia en la Ruta.

Laura Alicia Fernández Cruz