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Entrega a domicilio

August 3, 2008

Frente a la tienda donde trabajaba mi madre, en la calle Carlos Cuaglia, vivía Nicole Kline, una americana de 19 años que dejó la Universidad de Florida para venir a trabajar como traductora en Cuernavaca.
Yo tenía 10 años cuando la conocí, como parte de mis eventuales servicios de mensajero y repartidor de la tienda.
Una tarde de julio yo era la única persona disponible en la siempre ajetreada tienda “Chilpancingo”, por eso mi madre me mandó a la casa de Nicole, con dos litros de leche; despreocupada, como quien manda a su hijo a la parte baja de la alberca.
Yo estudiaba quinto de primaria en la Veinte de Noviembre, una escuela de gobierno ruda, por decirlo de algún modo. Algo que me distinguía de mis amigos era que yo sabía inglés porque una vecina, la señorita Porras, tenía un acuerdo económico con mis padres para darnos clases particulares a mí y a mi hermana Adriana, lunes, miércoles y viernes, con unos casetes y libros de los gemelos Castor y Pólux.
Cuento este detalle del inglés porque cuando llegué a la puerta de Nicole vi que había una frase escrita aproximadamente a un metro de altura. Algo que los adultos posiblemente no leían inmediatamente, pero que mis ojos captaron desde que me paré enfrente y que me hicieron pensar en el título de una película que estuviera por empezar.
“You are not your own fortune teller”
Primero me dio mucho gusto saber que podía entender completa la frase, por lo menos gramaticalmente. Después, cuando la leí por segunda y tercera vez, en mi mente infantil o prepuberta, apareció la imagen de que ahí vivía una gitana, por eso de la palabra “Fortune”.
Como ocurre con los pensamientos de los niños, la idea que ocupaba mi atención se desvaneció sin que me diera cuenta, se cortó de manera súbita porque me entró otro pensamiento inquietante. Concretamente me di cuenta de que me estaba ganando de la pipí, o sea que me estaba orinando.
Toqué la puerta con un poco de desesperación, temblando. Me urgía pasar al baño y no me había dado cuenta de esta presión hasta que se empezaron a poner frías mis costillas con un sudorcito inconfundible. Este tipo de olvidos urinarios me habían sucedido recientemente dos veces en la Veinte de Noviembre y por lo menos una maestra, Aranzazú, ya me había identificado por ese detalle.

Cuando la americana o gringa abrió la puerta traté de aparentar calma y le dije de manera muy formal “¿Me permite pasar a su baño, señora?”. Sin esperar respuesta estiré los brazos, prácticamente aventándole los dos litros de leche. 

Ella se quedó callada pero levantó la mano para apuntar en dirección a la puerta del baño. Todo lo demás me valió madres. “¿Quién puede pensar en Dios o la Virgen cuando sientes que te gana y no llegas”, me había dicho un día la maestra de quinto.

Entré corriendo, cerré la puerta y bailando—temblando me bajé la bragueta. El resultado no fue exitoso. La mitad de la pipí cayó en mi pantalón y el resto en el w.c. A mis costillas se les quitó el sudor frío, pero al mismo tiempo mi pecho se fue desinflando desilusionado y también, ahora lo sé, desmoralizado.
Recién empapado volví a despertar, es decir que sentí como si volviera a despertar. Tomé un pedazote de papel higiénico para secarme, me tallé y presioné la mezclilla pero no conseguí mucho. Entonces busqué un espejo para revisar cómo me veía.
Un espejo grande, detrás de la puerta, me devolvió la imagen con una mancha infame en mis jeans de rayas rojas y azules –bien setenteros, como me gustaban—. Me lamenté de no tener un sweater para amarrármelo a la cintura, aunque en mi escuela amarrarse el sweater era cosa de maricas.
Creo que tardé demasiado, pues Nicole tocó la puerta.
—¿Estás bien?— preguntó con su acento gringo.
—Sí, ya voy— contesté mientras trataba de recordar el camino que recorrí desde la puerta de entrada. Me senté en la tasa y comencé a observar el lugar donde estaba.

Era un baño grande, viejo, lleno de plantas y de muchos objetos raros: caracoles con semillas adentro, flores secas y pequeños cuadritos con dibujos a lápiz de mujeres desnudas. Había también dos relojes viejos y muchos frascos de vidrio empañado con líquidos de diferentes colores. En medio de todo eso estaba yo, orinado.

Me acerqué a la puerta para intentar escuchar dónde estaba la gringa y calculé que podría salir rápido hasta el vestíbulo sin que me viera.

Me tomó dos minutos decidirme. Tenía que salir sin bajarle a la palanca del baño para no hacer ruido. Aspiré y me moví superrápido.
Abrí la puerta, identifiqué rápidamente la salida y me apuré a cruzar un pequeño vestíbulo donde sólo había una mesa con un mantel que tenía soles pintados, unas sillas negras de madera y una lámpara de piso.
Llegué a la salida y abrí gritando una despedida: “Gracias señora”. Cerré rápido y comencé a bajar las escaleras cuando oí que ella abría su puerta detrás de mí.
Primero me hice buey sin voltear hacia atrás, pero luego ella me pidió detenerme y, de la manera más ilógica, sin sentido de lo que llaman instinto de supervivencia, paré mi carrera.
—Todavía no te pago— gritó Nicole con una voz que parecía de irritación.
—¡Ah! Sí. De veras— respondí mientras intentaba esconder mis piernas entre los barandales.

Creo que esa fue la primera vez que la miré detenidamente. Era rubia, lacia, delgada, tenía brazos largos, caderas bien marcadas y tetas que se dibujaban claramente, a pesar de la poca luz de la escalera. En conjunto, era una amenaza.
Me pidió subir para pagarme y yo le dije que no porque mi madre no me había dicho cuánto era.
El pantalón comenzaba a picarme cuando me di cuenta de que ella ya venía bajando la escalera. De un brinco me separé del barandal y me senté en un escalón con las piernas juntas.
—¿Qué tienes? – dijo mientras se flexionaba y sentaba junto a mí. Yo me quería ir corriendo, pero no me levantaba y sólo esquivaba su mirada. —¡Ah! Eso.
Cuando dijo la frase supe que me había visto el pantalón manchado. Me paré como un resorte e iba a abalanzarme corriendo escaleras abajo.
—Espera, espera, no te vayas – Con sus brazos largos me alcanzó y jaló, sujetándome contra su pecho. Me quedé temblando de nervios. –No tengas miedo. Vamos a llamar a tu mamá para decirle que te quiero enseñar unas fotos de Estados Unidos ¿Quieres?—
La verdad es que yo tampoco quería volver a la tienda con los pantalones mojados y que me vieran mi mamá y todos los clientes. Me daba pena pensar en las caras que pondrían.
No respondí nada. Nicole me soltó y luego rodeó mis hombros con su brazo.
—Ven. Sube. Algo se nos va a ocurrir.
A los dos minutos estaba yo sentado frente a la mesa del mantel de soles. Vi que su decoración era muy diferente a la de mi casa. Era algo así como hippie, cortinas con estrellas estampadas, algunas imágenes hindúes con varios brazos y otras figuritas talladas en madera.
Me preguntó mi nombre, se lo dije y me pidió esperar a que llamara a mi madre.
Se paró cerca para hablar por teléfono, entonces la vi por segunda vez. Era muy bonita. Diferente a todas las mujeres con las que yo normalmente trataba.
Piel rosa, nariz delgadita, ojos verdes muy claritos y dedos como dulces suaves. También tenía unos aretes que me parecieron demasiado gruesos para el resto del cuerpo.
—Creo que voy a adoptarte las próximas dos horas— Dijo sonriendo mientras volvía a la mesa.
—¿Tú eres gitana?— Le pregunté porque fue lo primero que se me ocurrió. Me acababa de acordar del letrero de la puerta.
Ahora que pienso en mi pregunta me doy cuenta que, en ese tiempo, no sabía nada de gitanos, pues el físico de Nicole no coincide con el de aquellas mujeres de poderosa mirada.
—No soy gitana. Soy una gringa que escribe poesía. Pero si tú quieres te leo las cartas, ahora estoy aprendiendo.
Yo pensaba que eso era pecado, pero mi curiosidad era más fuerte, así que le dije que sí quería.
Trajo una baraja y me pidió sacar 56 cartas con la mano derecha. “Sólo saca una carta cuando sientas calor al pasar la mano sobre ella porque si no la lectura no sirve”, dijo.
Yo no estaba poniendo mucha atención al juego porque seguía mojado y el pantalón me picaba, pero además ella me ponía nervioso. Era muy bonita y yo no podía dejar de pensar en eso. Me le quedaba viendo a la nariz y en cómo se movía suavemente mientras respiraba.
—Creo que no te estás concentrando. Mejor te traigo unos pantalones para secar los tuyos junto al boiler—
Obviamente yo no quería quitarme los pantalones, y menos frente a ella, pero acepté cuando me trajo un pants y me dijo que yo podía poner a secar mi propia ropa.

Me fui al baño y me desvestí mirando a la puerta del espejo. Puse mi pantalón en un gancho junto al boiler y la ropa interior en una bolsa, porque esa no quise tenderla.

Al regresar al comedor ella estaba barajando de nuevo las cartas y me preguntó si me gustaba alguna niña de la escuela. Le dije que sí y cómo era. Saqué las cartas y, después de unos minutos me dijo que desafortunadamente no salía en la lectura.

Me preguntó si había otras niñas que me gustaran y cómo eran, pero ninguna salió en sus diferentes lecturas.

Al final, Nicole torció la boca, hizo los ojos bizcos y dijo que no era muy buena con las cartas, así que guardó su baraja.
Me ofreció un té con hielos y me comenzó a platicar de su ciudad, Clearwater, rodeada por el Golfo de México y la Bahía de Tampa. Creo que también dijo que vivía cerca de un parque con lago, o algo así.
Luego me dio unas fotos y me preguntó si quería que me tejiera una pulsera. Como le dije que sí sacó unos mecatitos y comenzó a tejer tres hilos, con nudos, a los cuales le iba intercalando piedras negras y azules.
En eso estábamos cuando se puso a llorar despacito. Se limpió la cara y sonrió diciendo que se había acordado de su novio, “bueno, ex novio”. Un chavo mexicano, de Michoacán, con el que había terminado meses atrás. Él se quedó en Estados Unidos, dijo.
Lo que más me impresionó fue que, hablando para sí misma, comenzó a decir que ella lo iba a esperar, que no importaba qué hiciera él o a dónde fuera, ella siempre lo iba a querer y a esperar que él regresara y que iba a cambiar todas las cosas que tuviera que cambiar para que pudieran volver a estar juntos.
Yo la estaba escuchando y comencé a sentir algo muy raro por ella, por una parte pensaba que su ex novio seguramente era un pendejo que no se daba cuenta que la estaba haciendo llorar. Luego pensé que a mí me gustaría que alguna vez alguna mujer tan bonita me llegara a querer así, a toda prueba, sin rendirse. Y al final algo en todo eso me dio lástima, porque tuve la certeza de que no iba a regresar con el chavo que tanto quería. No sé por qué pensé eso, pero así de clarito lo pensé.
Estiré la mano y se la puse en el hombro para que se tranquilizara. Quería darle un beso, pero no me atreví.
Ella se volvió a frotar los ojos y sonriendo me dijo que ya estaba la pulsera. Me la midió y me dijo que la muñeca de mi mano era bastante gruesa para mi edad y que seguramente iba a ser un hombre muy fuerte. Me puso tres nudos y, mientras yo estaba revisando el adorno, me agarró la cara con las dos manos abiertas y me dio un beso en la mejilla.
Me espanté un poco y le dije que ya tenía que irme. Fui por mis pantalones y salí dándole la mano y las gracias. Esa noche tuve un sueño con ella. Fue un poco cursi porque la veía embarazada, sentada en un sillón, y escuchaba una canción en francés que no puedo recordar por más que me esfuerzo.
Nicole regresó a Estados Unidos seis meses después. Yo no volví a su casa más, pero a veces contestaba el teléfono y ella me saludaba con mucho cariño y me preguntaba por mis novias, antes de pedir algún encargo de la tienda.
Cuando se me rompió la pulserita la guardé en un pequeño costalito que siempre traigo en la bolsa. Entre los 15 y los 23 años mi deporte favorito fue cortejar turistas extranjeras, aprovechaba el inglés, pero nunca volví a sentir ese sentimiento combinado de deseo y compasión que sentí con Nicole Kline.
Tuve muchas aventuras, hasta que una noche, como si el genio de un frasco me hubiera escuchado, cobré conciencia de que estaba en un cuarto de hotel, en Guanajuato, con Nicole desnuda en mi cama, apenas dos horas después de encontrarnos, algo ebrios.
—¿Cómo debemos llamar a esto?— le pregunté hechizado por su cara.
— Hope— respondió antes de la tormenta de besos.

Desde entonces y hasta ahora estamos juntos, por fortuna.

Antimio Cruz

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Isabella tiene dedos de Maquech

August 3, 2008

La noche del domingo 1 de junio la crucé escribiendo, sin dormir, en el cuarto 4416 de este hotel que está frente al Millenium Park. Lo puedes ver como a 200 metros del Museo de Arquitectura y a medio pulmón de la lujosa calle Magnificent Mile.

A la mañana siguiente sólo reuní fuerzas para llegar a tiempo al vuelo 1521 de American Airlines, útil para viajar de Chicago a San Luis Missouri y aterrizar a tiempo para desayunar.

El caso es que me desplomé junto a la ventanilla 19A y me disolví en un sueño sobre cebras y guepardos antes de despegar.

Estaba todo envuelto en mi sueño africano cuando algo de afuera me empezó a jalar; era el sonido de un chasquido tan suave que no sabía si era escuchado o imaginado.

No quería abrir los ojos, pues estaba muy muy muy cansado, de verdad, pero registraba cada medio minuto ese delicadísimo sonido “cick-click”… “cick-click”… “click-click”… Creo que no hay palabra en castellano para decir exactamente qué era, pero sonaba como cuando alguien tiene las uñas medio largas y las hace tronar una con otra, es un sonido muy específico, sólido pero suave.

Me resistía a abrir los ojos, pero sabía que el sonido venía del asiento al lado mío. Me quedé pensando mucho, escuchando cada cierto tiempo ese “click-click”…”click-click”… y entonces le di al clavo… Ese es el sonido que hace el escarabajo de Yucatán que se llama el Maquech. No se si lo conocen, es un escarabajo color madera que venden vivo en las tiendas de artesanías, le ponen en la espalda piedritas brillantes de fantasía y una cadenita, de modo que se cuelga –vivo– como prendedor. Antes decían que era símbolo de longevidad, que se alimentaba de aire y que vivía un siglo. La verdad, se alimenta de madera. Una vez, cuando éramos chicos, mi papá le regaló uno a Zuzú.

Era exactamente ese ruido extravagante, suavecito pero sólido, el que yo percibía dentro del avión, volando hacia esa ciudad junto al río Missisippi. Era el ruido del Maquech cortando la corteza delgada de madera que le sirve de alimento. Me sorprendí tanto que abrí los ojos y ¡¡¡pazzzz!!! ví este rostro, nunca imaginado antes, aceitunado, geométrico, con pestañas gigantes y cejas de un tono canela imposible de comparar. Era una mujer.

Me ardían los párpados por el desvelo y disimulé la inquietud que me trajo esta visión, pero el sonido se repitió una vez más. Entonces miré descaradamente. Busqué la fuente del chasquido y ví las dos manos de mi compañera de vuelo sosteniendo un libro de Kafka y ocasionalmente flexionando con tensión uno u otro dedo, tronando sus delgados huesos y provocando ese sonido singular.

La ví y me vio en un segundo perturbador. Tiene los ojos color café decafeindo. Pensé que se estaba encabronando por mi irrupción. Levanté mis dos manos y repetí el mismo movimiento que ella. Para mi sorpresa, el sonido de Maquech salió de mis huesos. Luego nos reímos y le conté en inglés la historia de esta joya maya, aprovechando cada segundo para aspirar su perfume –por cierto, es lo mejor que me ha pasado desde que recuperé el olfato–. Luego de hablar del escarabajo entramos a hablar del miedo al vacío u Horror vacui.

Ella se llama Isabella, es italiana, de Taormina, Sicilia, tres años menor que yo. Licenciada en filosofía y en periodismo. Viste mezclilla azul y botines color marfil, blusa de seda color perla, manga larga, botones al frente y cuello triangular; sueter negro y lentes para sol marca Carrera, aferrados a su cabello castaño. Hoy la voy a ver.

Isabella tiene dedos de Maquech y ella dice que yo también.

Antimio Cruz

Corazón de menta

June 18, 2008

El 24 de mayo de 1994, amaneció lloviendo en Baden-Württemberg, en el sur de Alemania. Desde la ventana vi una corriente de agua  golpeando las banquetas de piedra y haciéndose nudos en el arroyo del pueblo de Schwabisch Hall.

Tenía que salir corriendo para comprar los diarios españoles antes de que Pablo, Vérbel y la señorita Zahn me ganaran los tres juegos que, a las nueve de la mañana, arribaban al Hotel Principal, en el “Zentrum”.

Si llegaba tarde, era posible pedir los periódicos prestados, pero eso significaba esperar hasta la noche, intervalo que para mí era demasiado largo desde que comenzaron a aumentar las noticias sobre México: en enero con el levantamiento del Ejército Zapatista y en marzo con el homicidio de Luis Donaldo Colosio.

Amaneció lloviendo, como decía, y me puse el abrigo negro de lana, no impermeable, al mismo tiempo que descubría, sobre la mesa del antecomedor, un puñito de corazones de azúcar.

Lucía dormía en mi habitación. Ese mediodía era su cita semanal con el psicoanalista y yo esperaba cambios bruscos. De manera sutil, pero persistente, me había dejado germinar la idea de que me dejaría de un momento a otro. La etapa más reciente del distanciamiento la palpaba por un marcado cambio de pasión hacia ternura; algo más parecido al amor filial o paternal.

Tomé un corazón blanco y me supo a menta. Eché dos más a la bolsa de mi abrigo y, con el paraguas en la mano, salí por los diarios.

Las casas de madera, piedra y teja, levantadas en medio del bosque, escurrían agua dulce por  todos lados, igual que mi sombrilla negra.

El sentido de urgencia por llegar al Hotel Principal y la secreta angustia que me provocaba el inminente abandono de Lucía, se desvanecieron un poco al pasar frente a la casa de Ingrid, la psicopedagoga que me recibió cuando llegué becado al Instituto Goethe.

Impasibles ante la lluvia, con una fuerza opuesta a la gravedad, se levantaban frente a la casa de Ingrid cientos de tulipanes amarillos, con líneas rojas que partían desde la base de sus pétalos.

Ya he dicho que la mañana era lluviosa, pero la firme elevación de las flores me hizo consciente de que en ese momento la lluvia era tenue y sin brisa.

Eran cientos de tulipanes, tan juntos que parecían una alfombra. Dentro de la casa de Ingrid escuché la risa de la pequeña Vírgil y de otros niños. No vi a nadie, pero me desconecté unos segundos y me imaginé, acostado entre los tulipanes, escondido, escuchando las risas de los niños alrededor y sin querer moverme.

Luego, en mi ensueño, la escena cambiaba. Me veía cruzando un campo lleno de esas flores de color nectarina o de color durazno maduro y llegaba hasta un gran árbol con sombra. Al rodearlo veía a Lucía, de espaldas, mirando al norte.

Un ruido mío la hacía voltear y mirarme de lleno con sus ojos verdes, absolutamente llenos de luz. Yo daba un paso atrás y tropezaba, caía de espaldas sobre los tulipanes y sentía el agua fría en la base de sus tallos.

Entonces desperté del ensueño o recobré la lucidez al escuchar la voz de Ingrid llamándome en alemán desde la puerta de su casa.

-¡Leonardo! Pasa a tomar algo caliente ¿Qué haces ahí parado?- Me gritó mientras intentaba usar la mano como un altavoz.

-Voy por los periódicos- Le respondí también en alemán, levantando al mismo tiempo la palma de mi mano y enseñándola de frente como despedida.

-Hace rato pasó Vérbel en su bicicleta, así que date prisa si quieres un juego de diarios completo- dijo la maestra rubia como colofón a ese diálogo.

Volví a mi caminata entre agua, sintiéndome abrigado, protegido por la sombrilla, por el abrigo, pero también por el pueblo.

Entonces tuve un encuentro extraño.

Al cruzar una de las pocas calles con  semáforo vi un automóvil color gris plomo y en él, sentada en el asiento del copiloto, distinguí a Beatriz Alonso, la editora que me rechazó decenas de cuentos en México. Siempre recurrí a ella porque era la mejor, pero también porque soy necio.

Me pareció que estaba muy guapa. Prácticamente sin maquillaje, enmarcaba sus cuarenta y un años con cabello lacio, corto, castaño claro; pesado copete del lado izquierdo, blusa con cuello alto y abrigo de lana gris. Del silencio brotó en mi mente la palabra “virginal”, no sé por qué.

Vi todo eso mientras cruzaba la calle frente a ella. Al piloto no lo vi porque un reflejo sobre el parabrisas me impedía distinguir su rostro, aunque puedo asegurar que era un varón.

Verifiqué que fuera ella cuando llegué  a la esquina. Mi mirada fija atrajo su mirada. Levanté la mano derecha y ella levantó la mano derecha. Hizo un movimiento para bajar el vidrio de la ventanilla, pero en ese momento el semáforo cambió y su auto avanzó a toda prisa. Ella pegó su rostro a la ventana, pero en ningún momento volteó hacia el chofer para pedirle que parara.

Pensé que la escena estaba fuera de lugar. Yo estaba en el centro de un pequeño pueblo alemán de 30 mil habitantes, becado, escondido, sin un solo avance en la solución de mis vicios y complejos.

Me había evadido de muchas cosas de mi pasado, del cual salí como un niño con la pierna orinada.

El incidente me provocó curiosidad combinada con angustia. Preferí regresar a casa y olvidarme de los periódicos para evitar un encuentro con Beatriz en el Hotel Principal o en algún otro sitio público. No hay muchos cafés o restaurantes dónde resguardarse de la lluvia en el centro de Schwabisch Hall.

Llegué a la casa con los zapatos mojados. En la carrera descuidada de regreso pisé varios charcos. Cerré el paraguas en el porche y subí las escaleras de madera hasta nuestro apartamento.

Antes de abrir la puerta recordé los corazones de menta y me eché a la boca los dos que me había llevado a la calle.

Al entrar procuré no hacer ruido. Lucía estaba en la regadera y yo me fui inmediatamente al teléfono para marcarle a Michelle Knight, la experta en lectura de tarot. Sabía que en el Distrito Federal eran cerca de las tres de la mañana, pero esa es la hora en la que ella más actividad tiene; la psicomagia requiere rutinas que le permiten concentrar fuerza durante la noche y yo aprovecho ese puente con Michelle siempre que estoy en Europa.

Marqué su teléfono pero nadie contestó y eso hizo crecer el sentimiento de angustia que yo traía… “cómo es posible que nadie conteste en casa de la única persona que conozco que tiene agorafobia y que evita, a toda costa, los espacios abiertos”, me repetía mentalmente.

Era muy tarde o muy temprano en México para que Michelle no estuviera en casa.

Me quedé trabado marcándole. Repetí la marcación cinco o seis veces, sin dejar que pasaran cinco segundos entre uno y otro intento, como cuando llamaba a la oficina de Lucía y ella no me contestaba. Me di cuenta de que estaba sintiendo por Michelle una especie de sentimiento de celos, como el que sentía por Lucía. Evidentemente mi corazón estaba hecho un desmadre, entre mi novia, mi maga y mi ex editora.

-Llamaron del Hotel Principal buscándote- Dijo Lucía, detrás de mí, al salir de la regadera con una bata de toalla blanca y su cabello negro suelto.-Les dije que ibas para allá porque pensé que buscarías los periódicos.

Yo dejé el auricular del teléfono en su lugar y disimulé calma.

-¿Dijeron para qué me buscaban?- le pregunté mientras me daba cuenta de que yo todavía traía puesto el saco y estaba escurriendo agua en la sala. –Hace mucho que Jürgen, el recepcionista, apenas me saluda cuando entro al vestíbulo.

-Parece que alguien de México vino al pueblo y dejó un libro para ti.- respondió Lucía mientras se acercaba por la espalda al sitio donde me había sentado para hablar por teléfono.

Me puso una mano en el hombro y luego me besó en la mejilla. “Te quiero”, escuché al mismo tiempo que sentí vapor tibio de su ducha.

El cabello húmedo de Lucía, recién salida del baño, me hizo pensar en mi propio cabello húmedo y frío, mojado por la lluvia.

-Hoy en la noche quiero que cenemos juntos en la calle, en el griego de las ensaladas- me dijo la hermosa criatura desviando ligeramente la mirada. Giró suavemente su metro y medio de estatura y, con lánguidos movimientos de gata, se volvió  a encerrar en el baño.

Yo volví a sentir la muerte chiquita del abandono físico y el temor punzante de que de un momento a otro su ausencia se volviera permanente.

Cuando llegamos de México, ambos becados, éramos dos egos maltratados que buscábamos reposo. Luego nos volvimos confidentes y amantes. Después peleamos consecutivamente hasta el grado de que nada nuevo nos contábamos para no darle armas al otro.

-¿Para qué quieres que cenemos en la calle?- Le pregunté junto a la puerta cerrada.

-Quiero platicar contigo, pero mejor en la noche, con más calma-

Iba a preguntar de qué quería hablar, pero mejor me quedé con la cabeza apoyada en la puerta, oliendo el vapor perfumado que salía tras la larga ducha. Era un aroma a violeta y jazmín, según pude distinguir.

-Voy por el libro. Te veo en la noche- dije y ya no esperé respuesta.

La curiosidad me hizo sobreponerme a la angustia y crucé el pueblo hasta el Hotel Principal. Llegué a la recepción escurriendo agua. Me di cuenta de lo desarreglado que estaba al toparme con la mirada severa y elegante de Jürgen. Acomedidamente me quité el abrigo y lo colgué en una percha antes de acercarme.

-Un hombre que venía de prisa dejó este paquete para usted. Creo que no sabía su dirección precisa pero tenía alguna referencia de que usted nos visita con frecuencia- Dijo el recepcionista nacido en Dusseldorf.

-¿Vió usted si alguien lo acompañaba?

-No.

-Perdón que insista pero ¿no vio si alguien lo esperaba en su auto o en el porche?

-Nadie lo acompañaba en el auto rentado. Un volvo color gris plomo, por cierto-. Remató su frase con un movimiento de brazo muy formal con el que me extendió el libro, que más bien parecía un folleto, pues tenía menos de 25 páginas. Evidentemente Jürgen lo había revisado, a pesar de no entender español. Era un volumen de poesía llamado Pasión y canto de Estefanía de la Luz, escrito en Baja California por Flora Calderón Ruiz. En la portada tenía un dibujo del desierto y en su interior un solo poema subrayado:

                                   Como una promesa

                                                           Volverán los descarnados

                                   Abre la puerta golpean

                                                           Ciento cuatro años de mariposas

 

Leí el poema inmóvil. Di media vuelta, tomé mi abrigo y, tras resguardar el libro bajo mi sweater verde botella, volví a cruzar la lluvia hasta mi casa.

Al llegar era casi el mediodía en Alemania y cerca de las cinco de la mañana en México. Nuevamente le marqué a Michelle y, afortunadamente, la encontré. Le conté la ensoñación con tulipanes, el encuentro con Beatriz Alonso y mis últimos días de angustia con Lucía.

-Está muerta- Me dijo Michelle interrumpiendo mi soliloquio.

-¿Quién?- Le dije reaccionando como si me hubieran golpeado el estómago.

-Tu amiga Beatriz está muerta. Estoy segura porque lo sentí inmediatamente. Creo que le pidió a alguien que te llevara ese libro y posiblemente sí la viste, pero ella está bien muerta.

-Esto no me gusta Michelle. La verdad no me siento muy bien físicamente. Mejor luego te hablo- Le dije y tras mandarle un beso colgué.

Me paré, di vueltas por el departamento varias veces hasta que me eché a la boca un corazón de menta. Luego tomé el librillo que me habían dado y, tras mirarlo, empecé a escribir un cuento largo sobre el desierto del norte de México. Acabé en la tarde, cuando ya no llovía.

Lucía vino por mí y en la cena me dijo que estaba embarazada, que íbamos a ser padres. Nos abrazamos el resto de la noche.

Al día siguiente, otras llamadas telefónicas al D.F. me confirmaron que Beatriz Alonso había muerto meses atrás de cáncer en la matriz. Sentí que era un deceso injusto.

Algo había terminado en ese momento y otra cosa había empezado, como una vela que toma fuego de otra vela casi extinta. Desde entonces, la visita de Beatriz en ensoñaciones se hizo muy frecuente y detonó una fuente de escritura que todos los días me acompaña y cuya energía sólo es comparable con el nacimiento de la pequeña Lucía, esta niña que duerme a unos pasos de mí, abrazando a su madre.

 

Antimio Adrián Cruz Bustamante